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Blog de Cuba Underground

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Mar 02
2008

Londres no está lejos

Eviado por Dmis in literaturacuento

Dmis

 

LONDRES  NO  ESTÁ  LEJOS *

 

 Demis Menéndez

 

 

"Te amo, pinga". Quedó con la respiración abierta y esperé porque seguro diría algo más. "Te amo". Eso lo sabía o al menos me lo había hecho creer. "Entonces salta conmigo" y él, "tengo miedo, mucho miedo". Se quedó mirando la lámpara colgada al centro de la habitación. Cruzó las piernas sobre la cama. Empezó a hablarme de que antes yo no era tan rebelde, ni gesticulaba tanto, ni me atrevía a dormir en los parques. Después dijo que no quería morir, ni siquiera si así cambiaran las cosas. "De todas formas vas a morir" y preferí acariciarle la frente a tener que terminar la frase con un silencio brusco, la palabra muerte siempre deja esa marca de temblores en la columna o las muñecas. Le dije que la historia la escriben los cobardes con lo que dejamos hecho los radicales. Él continuó observando la lámpara y luego diluyó la mirada en algún punto entre el espejo y las fotos de Slash, Hetfield y Manson.

 

"¿Recuerdas cuando nos conocimos?" Se puso de pie. Empezó a trazar un circuito de vueltas uniformes, lo ideal para ponerme más nerviosa. Le dije que sí, que si no hubiese sido porque esa noche te enredaste con Vicky, menos mal que ella se fue para Suiza y al fin publicó su libro de lesbianas y él, que ese tipo de libros solo se publican en países del primer mundo y le respondí que para eso luchábamos, para cambiar lo que está mal. Traté de acorralarlo con "antes eras más valiente", no por sus ropas camufladas y sus tres tatuajes, ni por irse varias veces de su casa o por romper el parabrisas a un carro de la policía, sino porque fue el tiempo en que me demostró cosas que simplemente no estaban funcionando como la mayoría deseábamos, y otras que cuando funcionaban bien las desaparecían.

 

En eso de hablar del pasado se interpuso lo de que linda eras cuando tenías el pelo largo o cuando aún tenías pelo y otros discursos nada que ver con la conversación. Se acercó para darme un beso y no me atreví a rechazarlo. Ya conocía la historia. Adentro, muy en silencio, le agradecí porque alguna vez me hizo el amor en un parque a las nueve de la noche, sin importar la lluvia, los intrusos, los policías y por sacarme de las drogas y por ayudarme a entenderlo mejor. Muchas gracias.

 

Nos miramos de nuevo. Pudimos conquistar el mundo si ese hubiera sido el objetivo y es que descubrimos cierta química rara que nos permitía hacer lo que quisiéramos. Él me había explicado hace mucho tiempo que no podíamos equivocarnos. La idea de hacerle entender al mundo que siempre alguien lo esta manipulando casi siempre termina con la propia manipulación desde otro punto de vista. Quizás peor. A veces no lo entendía, pero me bastaba verlo gesticular o contemplarlo durante las noches, cuando le daba vueltas al próximo artículo que publicábamos en Internet bajo seudónimo.  Ahora mismo no lo entendía, le pedía que me acompañara, ese salto sería el punto final de nuestra carrera, con eso se firmaban todos nuestros actos y el futuro de muchas de las personas que en algún lugar nos seguían. Pensé en gritarle que era un cobarde, era la única manera de convencerlo, aunque sea hacerlo pensar en algo más concreto, pero la negativa era evidente y repetitiva. Él estaría pensando que yo siempre lo confundo todo, desde el principio era una de sus frases preferidas para referirse a mí y dijo que lo menos importante ahora era morir. Entonces me temblaron la columna y las muñecas. No dije nada. Quizás hasta temía que yo hiciera algo sin consultarlo a él y lo asalté con lo de "cualquier decisión que yo tome no va a ser improvisada" y suspiró y suspiré también porque aquello fue como un bostezo que se extendió a mi boca.

 

Se acercó a mis labios, luego bajó la mano hasta el ombligo. Estiró los dedos hasta rozar el vello de mi ingle. Rara costumbre esa de afirmar que allí yacía una fuente de placer. Yo reí mientras me acariciaba y dejé que me tocara más profundo. Los rayos del sol empezaron a filtrarse por el cristal de la ventana, se incrustaron en el espejo y aunque amanecía, en el aire quedaban restos de la madrugada húmeda. Extendí la mano hasta la mesa de noche, él insistía con su lengua más adentro y alcancé a hacer girar el disco de Korn.

 

 

All I want in life is to be happy, happy

All I want in life is to be happy, happy.

 

 

"Ya no quiero vivir más" dije y él se detuvo. "Ya esto lo discutimos" y seguí atacándolo con que ahora yo soy la culpable de que tengas miedo. No dijo nada. Contempló de nuevo la lámpara y yo me inventé que tal vez esa era una representación bastante fiel de cómo se vería él segundos antes de saltar al vacío. El cristal de la ventana empezó a cubrirse de rocío. La ciudad, desde aquella altura, pareció nublarse. "No podemos quedarnos sin hacer nada" y él prefirió esquivar mi voz, cerrar los ojos y hacer un gesto de acidez con la boca. Supe que vendría un "te amo". Los hombres se vuelven débiles en los momentos decisivos. "Te amo."  Pensé en recordarle todo lo que me habló en los últimos meses y mostrarle nuestros textos en Internet. No podía aceptarlo, era cuestión de ser consecuente con los ideales y pude decirle que no todo se logra predicando pero él lo sabía, me lo había dicho millones de veces.

 

"Cojones, la vida es una..." pero no me dejó terminar porque me conocía, después de esa frase vendrían los golpes contra las paredes, los cabezazos en el closet, "mira esto, ¿no se parece a Londres?", y me acercó a la ventana y yo, "por lo menos a la de los documentales y, ¿dónde está el Big Ben?". Permanecimos en silencio varios minutos, en los cuales detallé como nunca lo había hecho su nariz y el color de sus ojos, "tengo hambre" y me tocó un poco más abajo de la cintura. Miré el reloj, era muy temprano para comer algo en la calle. Me vestí para ir a la cocina. Él seguiría detallando Londres desde mi ventana, un hombre soñador nunca le pone límites a su imaginación: coloca trajes y sombreros a los más conservadores, mejora el transporte y termina el metro, trae el Palacio de Buckingham, la Scotland Yard, el Támesis.

 

En la cocina, la humedad se hizo más evidente. Preparé algo rápido. En ese momento haría cualquier cosa por él, hasta dejar de escribir o de llorar. Puse el desayuno sobre la mesa de la cocina. Nunca, ni siquiera enfermo, comía sobre la cama. Hasta en eso me había cambiado. Huevos fritos y tostadas con mantequilla para él. Para mí, café de la noche anterior y dos tostadas. Hubiese puesto velas e incienso de haber sido de noche. Le grité desde el otro extremo del pasillo y no me escuchó.

 

Caminé hasta la puerta del cuarto, pero me detuve cuando advertí una de las cortinas de la sala caída sobre un búcaro roto en pedazos. Sentí la brisa filtrarse por debajo de la puerta. Me prometí que si él me lo pedía de nuevo, no haría nada. Abrí la puerta, el agua de la ducha se sentía solo un poco por encima de la música. "Ya está el desayuno". El cuarto me devolvió un silencio solo entrecortado por la gaita de Jonathan Davis. Miré la ventana. Desde esa altura se podía ver casi toda la urbe y allí, trazado sobre el rocío en la ventana, un "te amo" me dio una sensación de «después de la guerra te tomaré en mis brazos y te haré el amor». Londres se iba disipando con el calor del sol: el té de las cinco, las libras esterlinas y las noticias de la BBC. El baño estaba vacío, también el cuarto y por nada del mundo me asomaría a la ventana entreabierta. Ni siquiera por él, coño. Cualquier cosa menos inclinarme a esa ventana.

 

 *[cuento publicado en el libro ¿Cómo le crecen los senos a las niñas? (Editorial Letras Cubanas, 2004) de la colección Pinos Nuevos]

http://www.cubaliteraria.cu/evento/filh/2005/cobertura/12/comolecrecen.htm


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