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Mar 02
2008
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Casquitos de guayaba, flan y turrón de maníEviado por Dmis in literatura, cuento, cuba |
"Casquitos de Guayaba, Flan y Turrón de Maní" *
Demis Menéndez
Cierro el ojo bueno. Tía Sarita llega a casa, me saluda con un beso pegajoso y me alborota el pelo. Extraño, no intentó tocarme el pito, ni dijo «oye la tienes grande». Me escondo de ella en el patio y abro el ojo bueno nuevamente. Los colores cambian. Las telarañas empiezan a brillar y de pronto, como cada día, descubro que el mundo es hermoso. Cada movimiento de la naturaleza visto con mi ojo bueno es simplemente único.
Paso atrás. Tengo dos ojos como la mayoría de la gente. Uno bueno y otro malo. Aclaración. El malo es un ojo normal: pupila, retina, iris. El otro es de cristal: con una leve desviación que además me hace bizco. Los adultos sin embargo me dicen, «no te molesta el ojito malo» y yo cierro mi verdadero ojo malo para verlos llenos de colores vivos. El doctor también le dice a Sarita, «el niño no puede coger tanto sol, el ojo malo puede expandírsele».
Ella me llama para probar de su mermelada. Tía me quiere mucho, lo sé. Por eso siempre la miro con el ojo bueno para verle el alma cuando se le enciende. Se le pone de color naranja y empieza a soltar destellos en dorado. Ella no es mi tía porque no es hermana de ninguno de mis padres, pero igual se lo digo. Ella me cuida desde hace mucho.
Cuenta la leyenda que un día ella no tenía donde vivir y se coló en el patio de la casa. Cuando mamá la descubrió por la mañana, le dio de comer, le regaló ropa en desuso y la dejó dormir en el sofá. Me dijo, «nene, esta es tu tía Sarita» y cuando le di el primer beso le sentí olor a papas podridas. No dije nada a mamá. Poco a poco aprendió por un libro a hacer casquitos de guayaba, flan y turrón de maní. A papá no le importaba mucho y casi ni se dirigía a ella. Solo le gritaba «Sarita tráeme las chancletas» y tía ejecutaba con rapidez o «hazme café» y ella se lo hacía. Mis amiguitos antes me comentaban que sus padres decían que nosotros teníamos una criada y me visitaban para comprobarlo.
Ella a veces me dice de salir. Nos vestimos y luego nos vamos. En la calle mi ojo malo siempre ve la ciudad sucia y a los perros con sarna. Veo los edificios descascararse, los pasillos con peste a orine de gato y a la gente gritándose. O maltratándose. Tía me ha dicho que la ciudad está así porque nadie la cuida. Yo nunca le digo nada porque ella también tira papeles donde quiera. Y se molesta por boberías. El ojo malo me da dolores de cabeza, sobretodo por los payasos que trabajan en el acuario, por las guaguas y por el calor. Cuando eso sucede, cierro el ojo malo y abro el otro. Con el bueno, la ciudad tiene las paredes cubiertas de enredaderas que no dejan abrir las ventanas, las calles son ríos que a veces inundan un poco las casas, pero la gente lo disfruta. Cuando miro solo con mi ojo bueno los perros no duermen fuera y los gorriones invaden cada recoveco.
Tía me sacude. La ciudad se transforma de nuevo en esa neblina atorándose en mi garganta que me cambia la voz y parezco más grande. Ella me pregunta porqué no hablo y no respondo. «Muchacho habla». Niego con el dedo. Luego vamos a las tiendas y ella se asombra que no pida ningún juguete, ni me antoje del par de patines de cinco ruedas. Ella lo que no sabe es que con mi ojo bueno, los juguetes son piedras de distintas formas y colores. No me interesan las piedras, son muy aburridas.
El ojo bueno me permite entrar primero que los demás niños al parque y me asegura parte del botín de las piñatas. Le dije una vez a ella, «tía, este ojo es un milagro» y cerré el ojo malo. Me sorprendió descubrir como su pecho empezó a ponerse oscuro como cuando se entra a una cueva. «¿Por qué te pones triste?» y ella respondió que no lo estaba. Pero la seguí mirando con el ojo bueno y vi su corazón apretándose, lloraba por dentro y gritaba de ardor. Ella pensaría que mi ojo bueno era como una bola de colores que podía partirse en cualquier momento. Yo le iba a decir, con mi ojo malo vi a papá por última vez y aunque las tardes no siempre son tristes, lo sé, con el ojo malo también vi como a mamá se le enfrió el cuerpo en la bañadera. Pero tía no comprende esas cosas porque es bruta, eso lo repetía papá.
De regreso a casa me obliga a comer pastel de queso. Con el ojo bueno aquello parece un pedazo de plastilina; con los dos ojos a la vez parece una mezcla de fango con aserrín y con el malo, simplemente un pastel de queso. Cierro el ojo bueno y trago de tres mordidas. «Así me gusta». Nos apuramos. Hay días que los malos recuerdos vuelven. Por suerte el ojo bueno los transforma en paisajes blancos donde juego a no dejar marcas en la nieve y río y río de mi tía cayéndose de rodillas, la fusilo con boliches, la empujo por tonta, por bruta y por quererla mucho y ella suplicando piedad me agarra para darme un abrazo calentico. Yo lo acepto porque yo no tengo a más nadie. Y damos vueltas juntos. El sol a veces derrite la nieve y aprovechamos para correr por la hierba, saltar un poco la suiza, lanzar un platillo y subir bajar del árbol. Pero eso se olvida y ya.
Llegamos a casa, ella directo a ver la novela y yo para el cuarto. El ojo bueno me regala un cuarto inmenso y colorido. Una cama del tamaño de un estadio. Flores colgando del techo, las lámparas y en los rincones. Descubro amigos de ocho patas o cuatro alas y pepitas de oro flotando en el aire. Siento un olor a vainilla y a cedro, a laguna con patos, crisantemos enormes y lluvia salada, nubes de goma, disparos sin ruido y silencio. Mucho silencio.
Entonces voy frente al espejo. Me pregunto por qué si miro solo con el ojo bueno, el maldito espejo no me devuelve una imagen mía. Cierro el ojo bueno. Mi figura en el cristal es estirada y flaca, granos alrededor de la nariz y el pelo naciendo bien atrás en la frente. Abro los dos y me transformo en una mosca verde o un animal peludo con granos cerca de la nariz, el pelo bien atrás en la frente. Algunas veces me asusto porque siento los pasos de mi tía cerca. Si me ve así, se muere del miedo. O peor, me aplasta como a un bicho.
Aún frente al reflejo, cierro el ojo malo y todo se queda oscuro. Así se ve la muerte desde adentro, estoy casi seguro. Me tiemblan las muñecas y aguanto las lágrimas. El ojo malo ha visto a mi tía agarrándome el pito, «oye la tienes grande» y cuando ella lo acaricia mucho tiempo, el ojo bueno me enseña que las mujeres tienen el cuerpo hermoso. Un olor como nada entre las piernas. Y dulzura en las líneas de las manos. La naturaleza hace cosas increíbles.
Agarro la tijera. La aprieto fuerte porque está fría y entonces presiono con una de las puntas al ojo malo, «sale, sal de ahí». El ojo bueno no deja de regalarme olores suaves, sabores desconocidos debajo de la lengua y sonidos muy lejanos. «Sal de ahí te dije» y empujo suavecito hasta tocar fondo. Escucho los pasos de tía muy cerca y mi nombre a punto de salirle de bien profundo del pecho. Me pide que salga, tanto tiempo sola la asusta, igual que a mamá e igual que a mí. En mi mano una pasta caliente se me enreda en los dedos y casi no me deja separarlos. El ojo bueno me deja escuchar una canción que tía me canta con la boca bien abierta, los brazos extendidos sin querer realmente tocarme mientras chorros de nieve le brotan de su cara. Se arrodilla frente a mí igual de eufórica. Igual de temerosa. En el piso, el brillo de una semilla plateada, inevitablemente, me hace cerrar mis dos ojos buenos.
* Publicado en el libro de cuentos El Niño Puede (Editorial Unicornio, 2006), Cuba



