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May 10
2008
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Eviado por Dmis in literatura, cuento, cuba, arte |
"E-mail"
«Me voy de este país y parece que me estoy muriendo» me dijo y sentí algo de envidia. No por el viaje sino por la muerte. Ese día antes de irse a la misión en Guatemala estaba muy triste, como sólo la había visto pocas veces. Nos abrazamos y sus pechos se estrujaron contra el mío. Los sentí ponerse duros y no dudé en hacerle la propuesta. Se le hicieron agua los ojos. Yo apreté los labios y se lo repetí porque sí la deseaba. Jennie también quería y no dudó en aceptar.
Dos horas después estábamos desnudos y cada cual intentaba lo mejor en contra de la tristeza. Le lamí el sexo hasta que me ardió la lengua. Tres orgasmos y tantos golpes en la espalda y la cabeza como para derrumbar El Morro. Ella me bailó un poco. No pudimos contenernos y lo hicimos como si no fuésemos a vernos nunca más. Le pedí parar, dejar algunas cosas bien claras y echar unas lagrimitas por el futuro y por nuestra suerte. Brindamos con un vino que nos había regalado el Nemo y nos hicimos una foto. Luego se fue. La lloré durante la noche y la mañana.
Nunca le mencioné que no iría a despedirla. Eso del aeropuerto le dan a uno ganas de correr hasta la escalera y montarse a como sea en aquel artefacto. Igual, me imaginé las manos de tanta gente batiendo el aire como banderas y el ruido de las turbinas liquidando los intentos de nombres lanzados en dirección de la pista. Mi Jennie estaría sentada, aguantando esa lágrima en suelo natal y apretando con las manos el borde del asiento para no mostrarlas a través de la ventanilla.
Las primeras noches las padecí junto a Humberto Eco, trancado en el cuarto y casi sin comer. Pensé mucho en ella. La decisión de viajar o esa rara obligación de cumplir. Este país casi no merecía tanto sacrificio. Ni siquiera Guatemala lo merecía. Mientras tanto, Eco me habló desde los setenta con una vitalidad que asustaba. Tomé notas que podrían servirme para la tesis y me juré enviárselas.
Alguno de esos lunes me encontré con Sadi y me comentó que ya se sabía algo de la gente por allá. «Tu Jennie y mi novio tienen un correo común. Están bien, un lugar llamado San Marcos, cerca de la costa del Pacífico y la frontera mexicana». Entonces me asomé a las olas rompiendo contra el arrecife, la espuma formándose en nubes capaces de bloquear los rayos solares y Jennie asustada del ruido inevitable que resulta de ese poder. Sentí como si fuese ella, la brisa mojada que casi no me permitía mirar el horizonte y temblé porque conozco sus ansías de navegar ese océano. Sadi me dijo que su novio le había enviado una foto de la bienvenida y prometió hacérmela llegar con la dirección electrónica.
El primer correo de Jennie llegó antes que Sadi me mandara la foto: «niño mi amor, qué locura esta!!! cómo estás tú?... ahora ya sé cuándo no hacen falta las palabras... no imaginas cómo se ve el mar desde el cielo, cómo aparecen de la nada las montañas, esa selva verde entre las nubes... casi me muero en el aterrizaje... no comments... este es el dominio de mi brigada médica, bmcsanmarcos@intelnett.com ... pásalo a los amigos y a nemo, por favor escríbeme pronto. estoy trabajando un mundo y eso sin ti, no tiene sentido. te necesito un poco más que antes y más. T´Q´. un beso grande. jnn.»
No logré responderle al instante, aunque era lo que hubiese hecho casi mecánicamente. Lo leí varias veces y cada vez me pareció más largo. Lloré un poco. Por la distancia y porque la muy cabrona había cumplido su promesa de viajar primero que todos.
Caminé hacia el mar. Desde el muro del Malecón traté de imaginarme frente al Pacífico. Necesitaba sentirme cerca de ella. Me dejé salpicar por las olas y que el viento me golpeara suavemente en la cara. Cerré los ojos unos minutos y me volteé. La Habana seguía sentada. Desmoronándose sin apenas darse cuenta. La miré con los ojos húmedos y me dio más dolor no verla cambiar ni siquiera así. La recorrí por la línea del muro salpicado por el agua, por los pocos edificios que se dejaban ver sobre el primer horizonte de casas. Miré los balcones apuntalados. Los cristales de los hoteles nacidos durante los noventa. Ese extraño híbrido entre autos antiguos y modernos interactuando sobre el pavimento. Y toda esta gente que no se cansa de ser la misma de hace tantos años.
Bajé del muro y escribí en la cabeza la respuesta al correo de Jennie... Niña tu ciudad no te recuerda. Perdió aquel brillo que alguna vez descubrimos sentados sobre tu azotea, ¡nos recuerdas? (sin signos de admiración ni pregunta) fumándonos aquellos cigarros que tú sabías torcer magistralmente (cuando aún había por supuesto). Las gaviotas partieron en busca de sardinas a otros mares. Hoy descubrí una mancha de petróleo y grasa flotando hacia nuestras costas: era inmensa, casi como para tenderle una trampa a todo el Vedado, Centro Habana y el Cerro. No te hubiese gustado verla. Me salpicó los ojos y no logré quitármela ni con agua ni con jabón. Ni siquiera lo intenté. Me gustó de pronto saberme inútil. Con miedo. Y elegí quedarme un poco ciego. Niña, T´X´. dms.
Llegué a la casa. No había corriente y por eso no encaré la máquina. Me senté frente a mi Eco y me negué a abrirlo. No estaba listo para otra detonación en mis cimientos. Telefoneé a Nemo y me salió la contestadora. Le dejé un susurro que bastaba para imaginarme en peligro. Me quedé dormido apretando aquella foto hecha el último día y creo que no soñé.
Cuando desperté, la computadora estaba encendida y tenía un nuevo mensaje de Jennie. Me contaba un poco sobre el local donde vivía: «...un refrigerador a dos temperaturas, con vegetales frescos, frutas y yogurt. una cama doble para mi sola y esperando a ver si me sorprendes. un televisor al que le instalarán cable próximamente... la gente de acá es muy bonita y me miran muy raro... a veces me asusto, sabes como soy de paranoica. hace un poco de frío y según dicen, empeorará... igual, ya tengo dos abrigotes que me regalaron. habrá poco tiempo en estas primeras semanas and it will get worst. he visto aquí unas estatuas de barro que se verían muy bien junto a tu cama... (están perfectas para romperlas). T´Q´. jnn.»
Esta vez percibí que le iba bien. Decidí escribirle algo que no le diera posibilidades de saberme triste: «Niña... La Habana resiste a fuego abierto. Yo me dejo envolver en esa madeja que nos hace parte de una manada de invencibles. Inmortales. Y como quien lo quiere, asisto a vislumbrarme con ese brillo del alba... No te preocupes, no nos extrañes, abre esas alas y salta, lo que es arriba será abajo y viceversa, vuela... La tesis avanza. Me encontré con Sadi, la novia de Hansel y me contó de ustedes. Tu familia está bien aunque desde que te fuiste no he hablado con ellos, tú los conoces mejor. Yo estoy regular, sin vueltas, sabes que no resisto estar solo, por suerte mi cama es personal. Pronto espero encontrarme con Nemo y escribir alguna cosita juntos... te la envío si sale como de costumbre. Acá se te extraña mucho, octubre se hace cada minuto más largo. T´Q´M´, dms.»
La vida estaba más rápida. Pruebas de control del mes. Dos conciertos imposibles de perderse el fin de semana. Nemo no aparece. Sadi me llama y coquetea con esa voz inevitable de erecciones. La invito a un té y a una película y me deja embarcado. Me lamento de ser tan predecible. Me deprimo porque pierdo la conexión de correo.
Nemo me telefoneó y yo no estaba. Me aventuré a su casa y era él quien no se encontraba. Su viejo me dijo que hace una semana no se sabe de él. «Una amiga de ustedes llamó y dejó dicho que no nos preocupáramos». Analicé cada una de sus probabilidades y ninguna me pareció lógica. Aunque el Nemo no seguía una lógica para nada. Podría estar con esa loca de Ximena o atendiendo nuestras plantas allá en el Cotorro. Podría estar internado en un hospital o en una estación de policía. Podría estar muerto. Pero nuevamente ninguna me pareció lógica y las descarté.
El viejo me invitó a una cerveza. La casa del Nemo seguía oliendo a papel periódico, a tinta de zapatos y a carne rusa. Mientras bebía, detallé la decoración y me asombré de cómo cambian las perspectivas. Los muebles de nuestra infancia. Los retratos de los abuelos ucranianos. La apariencia melancólica, como a Oficina del consumidor, de la sala. Observé los almanaques celosamente enlosados en aquella pared del comedor. Uno a uno a partir del año 89, el año de aquel suicidio. Y me pareció aberrado esa disposición hacia el dolor. Y la agonía de ese pórtico de papel conduciendo a ningún rostro. A ningún recuerdo. Descubrí en las paredes cómo fue que Nemo había adquirido esa increíble capacidad de abstraerse del ruido. Reconocí la semilla de su genial inteligencia. Entendí, como no lo había logrado antes, la naturaleza de nuestra amistad. Y supe que no quería perderlo.
Revisé los libros y los retratos colgados en el pasillo hacia la cocina. Roídos por la humedad. Desechados en ese corredor hacia la nada. Al olvido. Recorrí, una por una, la colección de Sputnik, dispuestas en serie y emplazadas con cierta psicosis en la parte superior del librero. Levanté la cabeza y miré a los ojos de Lenin en aquel marco bronceado. Y creo, se los vi vacíos. O quizá defraudados. Me dio pena por él porque no necesitaba más mentiras ni más acusaciones. Lo descolgué y puse la foto entre el bulto de revistas.
El viejo me brindó otra cerveza con el pretexto de no beber solo y preví que le urgía un nuevo testigo para su muerte. Su hijo se había cansado de recibir botellazos en el lomo. Y de perdonarlo. Después de ésta vendría el alcohol, unos chicharrones y caja y media de cigarros. Yo le aconsejé en silencio comprarse desde ahora una lápida de mármol con una frase bien cursi. Rentar un servicio de arreglos florales y una misa especial. Y que escribiese el testamento a ver si el Nemo podía ser feliz, que se lo merecía desde el maldito día que nació. Me largué mientras el viejo fue a buscarla.
Encendí la computadora en cuanto llegué al cuarto. Y tocaron a la puerta. Era Sadi «vine por el té y la película». No objeté por miedo a meter ruido en el sistema. Y por la soledad que ya era evidente. Los hombres siempre tenemos problemas con quedarnos solos.
La dejé pasar. Se sentó en la cama y discretamente miró las paredes. Intenté la conexión y tuvo efecto. Ella estaba a mis espaldas, «voy a escribirle a Jennie y le digo que estás aquí» y escuché su sonrisa, su voz que era una erección espontánea «mira para acá». Pensé que nunca me gustaron las cacerías. Ni Tom & Jerry. Ni siquiera el queso. Pensé, la muy puta sabe cómo hacer las cosas. Después tuve la certeza: las mujeres siempre saben como hacerlo. Rocé la elevación del pantalón. Era más simple sucumbir que intentar una evasión. O evadir el intento. Apagué la computadora.
Cerré los ojos cuando ella se agachó frente a mí e imaginé las olas del Pacífico rompiendo justo contra el muro del Malecón. Una y otra vez. Una y mil veces. Tuve el temor de que mi ciudad no aguantase tanto empuje. Tanto ir y venir. Agua y salitre y viento golpeando sincronizados contra mi muro. Cronometré las próximas escapatorias y supuse que no tendría importancia ver caer el último reducto que nos quedaba para sobrevivir. Qué tanta preocupación por presenciar la muerte de la decadencia. El paternalismo y las ideologías. Así sería mejor. De un solo zarpazo de mar y todo deshecho. Por eso cuando abrí los ojos y le vi al techo abrírsele un orificio en el centro y las estrellas estaban alumbrando una noche que sólo podía ser real de esta manera; solté un grito que probablemente hubiese llegado a San Marcos, aquel lugar cerca de la costa del Pacífico y la frontera mexicana y que mi Jennie habría escuchado. Me sostuve de la cabeza de Sadi por la nuca. Tenía mareos y muy poca fuerza en los tobillos. La miré. Su boca era ahora, eso, eso que todo hombre desearía besar. Y eso hice hasta que me fue inevitable respirar.
Nos acostamos juntos y ella se conformó con descansar sobre mi pecho. Le leí algo que pensé le podía interesar de mi Ecología. Y se durmió al instante. Le besé la cabeza y la llamé Jennie bien bajito, le acaricié los pechos y las nalgas.
Los próximos correos que le envíe a Jennie se limitaban a adjuntarle fragmentos de mi tesis: «Estoy supercogido con el trabajo... casi no duermo pensado en lo bien que me está saliendo... Sadi manda saludos y el Nemo, dicen se exilió en el Escambray en casa de unos viejitos... te imaginas. Yo casi ni salgo entre (pró)tesis e (hipó)tesis. Estoy muy flaco, dicen los socios que necesito atención de una doctora. Besos. dms.»
La verdad era otra. Sadi no para de venir a casa. Prepara cenas con servilletas de tela y jazz. Me llama cuando está listo y antes de comer, no puede evitarnos los orgasmos. Si alguien llama dice que no estoy. Ya me desapareció el libro de Eco y constantemente me cambia la contraseña de la computadora. No sé que hacer con ella, aunque me gusta.
El día de nuestro tercer aniversario, Jennie escribió: «Niño... esto está cada vez peor, este pueblo es una avenida con bocacalles cerradas y rodeada de cerros, la gente casi no sabe hablar y llueve demasiado, pero qué manera de sentir el aire menos denso... solamente de no pensar en tantos héroes me basta para excitarme... ayer vi un arcoiris que nacía en una colina y llegaba al mar, le hice una foto que pienso mandarte con alguien... no sé como te ha ido últimamente, no cuentas mucho, pasa algo? no me preocupa pero me ocupa. felicidades muchas. y muchos besos donde tú sabes. jnn.»
El mensaje tendría unos minutos de enviado. Despegué nuestra foto del espejo. La miré e increíblemente casi había olvidado su rostro. Me acerqué y le descubrí dos lágrimas saltándole de las pupilas. Se veían como vidrios adornando sus mejillas. Me fijé mejor y su blusa estaba húmeda cerca del pecho. Salí a la calle. Necesité que Nemo apareciera por la esquina. Que me chiflara. Tenía que desahogarme. Llamé a su casa y su viejo no vaciló en invitarme a una tercera cerveza.
Fui corriendo. La puerta estaba entreabierta. Él estaba borracho, tendido sobre la mesa y una Hustler, edición especial para homosexuales. Viejo cabrón. Hijo de puta, sin exclamación ni pregunta. Mariconsón. Fui al refrigerador y cogí mi cerveza. Me la bebí de un golpe. La garganta me ardió mucho. Sonó el teléfono y no respondí. Por la contestadora supe que había sido el Nemo pidiéndole disculpas al padre. Por irse de la casa. Por no entender lo de la vejez. Por ser tan egoísta. Y me molestó tanto eso que agarré la botella y se la reventé en la cabeza al viejo. Al principio no pasó nada. Suspiré, no sé si por el fracaso o la desesperación. Y cuando lo iba a intentar nuevamente, vi como un charco de sangre se iba formando bajo su axila derecha. Volví a suspirar, esta vez por el Nemo y por mí mismo. Antes de irme, rompí algunas vajillas. Zafé los cuadros de las paredes. Y limpié lo que había tocado. Le di un beso en el cuello al viejo y me largué.
Le escribí a Jennie: «El Nemo está mejor... el mala madre del padre resultó ser un maricón del carajo, ayer lo enterramos después de catorce horas de velorio. Por suerte, no me alcanzaron las lágrimas hasta el final... el Nemo me pidió que escribiera algo para la despedida y adapté el Cómo reconocer una película porno del Segundo Diario Mínimo de Eco a la situación. No me preguntes cómo, sólo lo hice. La policía tiene detenidos a dos tipos que lo visitaban a menudo cuando Nemo no estaba... La ciudad está peor: la electricidad, el transporte, la sequía... Hoy tuve tu cuerpo entre mis manos, flirteé con él en mis recuerdos, lo pinté en mi techo, lo colgué en los percheros, lo guardé en los bolsillos y en las gavetas y bajo la almohada, lo extrañé cuando me abandonó sin despedirse. ¿Cuánto va a durar tu ausencia? esto ya no resiste sin ti... Besos, T´X´... dms.»
Sadi llegó muy cansada y pidió algo de comer. Hice huevos revueltos con espinaca, congrís y boniatos fritos. Mientras comía me preguntó por Jennie. «Desde cuándo no sabes de ella» y en su voz reconocí un tono que suele ser peligroso sobre todo en las mujeres. Pude haberme callado. Haberme sentado frente a mi tesis y sellarme los oídos con el último disco de Apocalyptica. Pero no lo hice. Le mentí para evadir la responsabilidad que acarrea la verdad. Me pasó un diskette y sugirió ver la foto. Lo cogí y temblé. Temblé por miedo a que el Pacífico arrasara con la costa de Centroamérica. Que aquella selva de pronto pereciera en un incendio. Y que ese arcoiris prometido por Jennie fuera una ilusión de peyote. Un arranque de euforia o de nostalgia. Temí por mi Habana, por su Habana y por la nuestra, que la pobre ya no aguanta tantas incriminaciones y tanto turismo. Dudé del conocimiento de Eco. Desmentí mi tesis, incluida prótesis e hipótesis.
Ejecuté el doble clic sobre el ícono y resultó que no abrió. Busqué con la vista aquella última foto pegada en el espejo y no me reconocí en aquel muchacho junto a Jennie. Sadi estaba a mis espaldas y la escuché gemir. No me atreví a voltearme. Ni siquiera traté de mirarla en el reflejo del monitor. No estaba dispuesto a enfrentar aquella frustración. Conmigo bastaba. Y ella no comentó nada acerca de la foto. Le devolví el diskette sin atreverme a mirarla. Recogió algunas ropas y se fue.
En el mensaje que envió Jennie esa misma noche dice que casi no puede dormir. Últimamente sueña con estar parada en el borde de su azotea. Yo estoy cerca, en un butacón roto, leyendo algo de Bukowski. Ella lo detesta tanto como yo al helado. Desde allí ella ve como alguien desde un edificio cercano mueve una mano como despidiéndose. Mira alrededor y descubre que sobre cada edificio, azotea o antena de televisión, alguien agita su mano. Algunos baten una bandera cubana y otros simplemente dejan que el viento les mueva el pelo a su antojo. De pronto se da cuenta que ella también tiene una bandera en la mano y la agita con tanta fuerza que a mí se me vuelan los poemas de Bukowski. Después, la persona sobre la azotea más cercana se deja caer al vacío y cada uno, incluso ella, se lanza abajo. Se despierta justo antes de reventarse contra el pavimento. Dice que en el asfalto está escrito con tiza: PATRIA O MUERTE. Ni siquiera terminó con una despedida.
Esa madrugada soñé con Nemo. Él venía con una botella en la mano y me brindaba un trago. Yo aceptaba. Caminábamos juntos por aquella Habana Vieja que ya no lo parecía tanto. A veces, nos sentábamos en el piso y bebíamos otro trago. Pisamos los charcos. Rasgamos de tanto andar los bajos de los jeans. Llegábamos a la Bahía. Nos subíamos en el muro y le gritábamos al Cristo «cabrón, danos más que tu pan diario de cada día». Estábamos borrachos mi mejor amigo y yo. Y eso me gustó. De pronto yo miraba a Nemo y se parecía mucho a su viejo. Dentro del sueño vaticiné que Nemo iba a terminar de alcohólico, maricón y asesinado. Muerto por mis propias manos. Y al instante lo tenía cogido por el cuello. Él con la lengua afuera y casi morada pedía perdón, «yo tengo la culpa» y yo lo apretaba más y más.
«Niña... estoy volviéndome loco... tú sabes, la ciudad muere a medianoche... el periódico no llega... el murmullo corre más rápido que las transmisiones por satélite... las palabras prohibidas terminan por publicarse sólo en diccionarios bilingües o guías turísticas... parece que llueve y nada... más calor... estoy más tranquilo, parece que mi huracán aplaca, se deja echar por tierra... me levanto, camino, diviso cosas que me gustan, que huelo y me excitan... pero sabes como uno se complica, como uno se enamora y ciega... si beso, ataco... si ataco, transo y muerdo intercambio saliva sudor semen y las cosas cambian... sabes como me gusta complicarme, atravesar el miedo, desgarrar, vivir la muerte y tentar al diablo... me gusta eso y me gusto demasiado... soy egocéntrico, cínico, letal... escribo y miento, pretendo y sufro... estoy bien niña, demasiado... soy feliz porque me lo invento... me tengo a mí y a los otros que me tienen y te tengo... soy feliz mi vida... te quiero, vuelve coñooooo. T´A´ con todo. dms.»
Nemo llamó temprano. Yo estaba leyendo y él decidió venir. Tocó por mi ventana. Lo dejé entrar y se acostó a mi lado. «Ayer soñé contigo» me dijo y la claridad de la ventana justificó que me cubriera la cabeza. Pensé que por nada le iba a contar de mi sueño, ni por ser mi mejor amigo. Ni siquiera porque cada hombre merece saber la verdad. «Habías sido tú quien había matado al viejo». Fue inevitable sentir aquella cerveza rasgándome la garganta. El frío carcomiendo el sudor de mi mano. El puño apretándose en ese ataque lanzado contra la testa del viejo y la laguna de sangre bañando los pedazos de cristal ámbar. Abrí los ojos debajo de la almohada, aguanté la respiración y luego saqué la cabeza. «¿Qué coño es eso Nemo?» y él aplicó su defensa lúdica para casos de emergencia. Su sonrisa me golpeó en el hombro, «sigue durmiendo comemierda» y me cubrí para suspirar. Para pedirle disculpas a Nemo que sí las merecías.
Yo lo oí llorar. Levantarse y patear mis zapatos. Golpear con el puño las paredes. Descargar su furia contra su pecho. Lamentarse de no ser lo suficientemente nada. Sentí el miedo en el temblor de su llanto. Su voz que fue apagándose hasta quedar afónico. Luego escuché la puerta cerrarse y un silencio que duró mucho.
«niño, las convicciones se quiebran como el hielo... aquí se dice que si se nace con espíritu de árbol, en ese lugar uno se muere. ayer me dijo un anciano que yo era un árbol. tuve miedo de no poder verte más... recordé la última noche en la habana y no pude más que masturbarme... tres veces... esa vez, estoy segura que de alguna manera lo pensaste: sería nuestra última vez... hoy nos dijeron que regresaremos en cuatro días. suficiente como para recapitular estos meses aquí (tú deberías empezar con los tuyos de allá)... he rechazado las tantas propuestas que tengo. instructora de baile tradicional. masajista o geisha, da igual, en un hotel en Ciudad Guatemala. profesora en una facultad. ¿qué elegirías tú?... de todas maneras quisiera saber tu (pro)posición. nos vemos muyyyyyyyy pronto. te amo, jnn.»
Ahora la tesis se había jodido. Primero pensé en Sadi. Ella no se iba a sobreponer a esto. Nemo no estaba en casa, una tía me dijo que andaba para lo del testamento. Eco me acechaba desde la cama y Jennie desde el espejo. Yo estaba exhausto y no podía pensar mucho más.
Los próximos tres días fueron como un ensueño. Venía de comer algo en la cocina y terminaba vomitando en el lavamanos. Pensaba en alta voz y de mi boca solo escuchaba mi Eco. La gente tocó a la puerta y no me atreví a abrirla. El teléfono sonó sin detenerse hasta que lo desconecté.
La tercera noche, Sadi abrió con una llave que se había hecho. Yo me había sentado en la silla giratoria hacía más de seis horas. Y había llorado. Y me había orinado. Me preguntó qué iba a hacer. Me miró a los ojos y probablemente los haya visto vacíos. O muertos. Tal vez supo que ya no me importaba. Me preguntó mil veces miles de preguntas. Se desnudó. Me abofeteó par de veces. Zafó mi portañuela y no reaccioné. Me mordió el muslo. Se metió los dedos entre las piernas y los puso bajo mi nariz. Al final, me golpeó con el puño por el tabique. Sangré un poco y luego se marchó.
A eso de las dos de la madrugada volvieron a tocar la puerta. Debía ser alguien bastante conocido. Grité que pasara y Nemo entró casi borracho. Traía una botella de vodka finlandés y algo de comer. No me moví. Se quedó mirándome seguramente por la sangre en el rostro. Y por las lágrimas y el orine. Abrió la botella y me apretó por la rodilla. Me brindó de un vaso. Luego se recostó a la cama y no habló más. Cuando amaneció estábamos en la misma posición. Con los ojos aún abiertos. Pensando cada uno en nuestros viajes y nuestras muertes. Y porque a pesar de tanto, aún estábamos cumpliendo nuestra promesa de morir en esta isla.
Sadi telefoneó y Nemo le mintió con lo de que yo dormía. Luego Nemo nos preparó desayuno. Encendí la computadora y me senté dispuesto a seguir con la tesis. Estábamos cansados, a mí me bastaba con saberlo cerca.
Entonces recibí el e-mail de Jennie. Dudé en leerlo. Me separé del escritorio y bebí un poco de café. La respiración me apretó el pecho en un suspiro profundo. Me volteé hacia Nemo y espero que haya comprendido mi mirada. Las lágrimas y el orine. La verdadera naturaleza de nuestra amistad. No habíamos dormido y los ojos se me cerraban. Confié en su inteligencia y que al final lo entendiésemos: sólo nos teníamos a nosotros.
«niño, el mar se abrió entre tú y yo... detrás de este amanecer seguramente sobreviven las florecitas que te prometí sembrar. el tiempo ajusta. yo no me cuestiono las decisiones del azar. te respiro intacto. te sé invencible y poderoso. lo eres. de todas maneras este globo gira más rápido que´l carajo... cuba es lugar de amores y muerte, pero sobretodo de muerte... ayer desandé estas calles pensando en mi habana, la tuya, la nuestra y ambos sabemos lo hermosa que es, y ahora, lo sé como nunca... la habana no cree en lágrimas... ahorita te cuento cómo logré quedarme estacada en el aeropuerto, mirando las turbinas del avión encenderse y llevarlo lejos... dentro se iban tantas utopías y tantos muertos... y lo sabes... sadi me contó con detalles, sin comentarios, ella te quiere mucho... no dejes de escribirme que lo necesito. te amo. jnn.»
Sadi volvió y Nemo decidió dejarnos solos. Logré ponerme de pie con mucho esfuerzo. La miré e imaginé que la agarraba por el cuello, ella no podía respirar y me acordé del sueño con Nemo y de cuando golpeé a su viejo. Ella pediría perdón mientras yo sentía su respiración escaparse entre mi agarre. No me sentí mal. Más bien recordé el alivio.
No se atrevió a moverse. Sabía bien la gravedad de los actos. Las mujeres siempre lo saben. Percibí la humedad de la casa y de la isla. El hedor de la ciudad haciéndose evidente en cada uno de mis recovecos y mi cristalería. Los ruidos del hambre apoderándose de mi estómago. Ahora tenía las mismas ganas de apretarla como a Jennie. De olerla y lamerla. Me acerqué y ella no dudó en abrazarme. Así nos quedamos como si hubiese regresado de una misión en Guatemala, un lugar llamado San Marcos, cerca del Pacífico y la frontera mexicana. «Te extrañé un universo» me dijo y me aseguré de que la vida me había ofrecido el milagro de vivirla. Miré la foto de Jennie en el espejo y miré a Eco en la solapa de su libro «yo también» y ella hizo más fuerte el abrazo y se pegó a mi oído «Nemo me explicó otra versión de lo de su padre» y no pude más que apretar las muelas porque no necesitábamos tanto sufrimiento. Ni nuevos mártires. Adentro, supe muy bien lo que Jennie ya sabía: La Habana se descascara y muere.
Y si no, yo la mato.



