Así es ágil, sagaz, informativo, acompáñenos, 180 minutos de música, noticias y algo más, dice Franco Carbón y Dantino apaga el radio. Se sienta adormilado en una silla. Amasa su barriga y unos testículos que alguna vez fueron para algo.
La vieja prepara la mesa, saca unos mantelitos de papel verde, abre una bolsa de yogurt de soya, friega unos vasos plásticos, corta unos panes, despierta a Dantino, que se ha dormido en una silla, muy cerca de donde la hija y la nieta examinan meticulosamente hebillas plásticas, calcomanías plásticas, perlas plásticas y pedazos de plásticos inservibles que ha traído una vecina con la idea de confeccionar futuros collares y manillas para vender. El viejo quiere acostarse, acabar de roncar a plenitud, tocarse bien el rabo y que lo dejen tranquilo, pero esas estúpidas obstruyen el camino a su cama, a su cuarto que es también el de ellas. La nieta sube el volumen de Buena Fe, que se distorsiona en una grabadora Audiosonic arreglada muchas veces, rota pero ahí, haciendo bulla en el pedacito de casa llamado sala, muy cercano a la cocina, a un refrigerador americano marca Norge: grandísimo, ocupa mucho espacio igual que el viandero lleno de jabas vacías, algunas papas podridas, dos tomates y un pepino.
La vieja termina de arreglar la mesa, trae un solo vaso con el yogurt y los panes cortados. Dantino con mucha hambre corta la tortilla, revuelve el yogurt, va al cuarto y se pone una camiseta (por pena con la vecina) a pesar del intenso calor del fibrocen a las 6 de la tarde, cuando el vapor del día comienza a salir. La vieja se sienta, empiezan a comer acompañados por la Buena Fe distorsionada. A la vieja le comienzan a picar las manchas de la espalda, con tanto trabajo no ha podido echarse la crema. Dantino se atraganta y mira con sus espejuelos excesivamente bifocales el pan que se está comiendo. La vieja se rasca con el espaldar de la silla de hierro donde está sentada. La vecina sigue gritando con asombro por las mierdas plásticas que ha traído. La nieta pregunta a Dantino si le gusta la música, éste responde con la boca llena que sí. La vieja vuelve a revolver el único vaso de yogurt donde ha cabido la bolsa entera. La hija tiene el primer collar de su quincalla preparado.
Dantino come con una mano y con la otra masajea los testículos, la pinga se le va parando y toca con los pies a la vieja, que saborea su parte del pan con tortilla, se relame los dientes, pensando en el rabo de Dantino. La nieta prepara un pulso con pedazos de un tubo de pasta de colores, el calor sigue azotando y llegan los vecinos a hablar por teléfono. La vieja les hace un espacio en la pequeña mesa aunque no deben tocar el mantelito verde de hospital. Dantino y ella trabajan en el Hospital Ortopédico, él, analizando las mierdas de los pacientes en el laboratorio, ella, cosiendo las ropas de los enfermos y los médicos.
La hija anuncia que recojan ya, que tienen que ir a lavarse la cabeza. La vieja antes le dice que apague el fogón, que no gaste gas, ya lo apagué, mentira, lo estoy apagando yo ahora. La vieja se levanta y revisa las cazuelas. Dantino le pide otro pan, ya no hay tortilla, no hay más aceite. La nieta sale con el champú y la toalla a la terracita.
La vecina propone irse y volver (ya sin mierdas plásticas) para hacerle un peinado novedoso a la nieta. La vieja no encuentra otro pan que tenía escondido, le pregunta a Dantino, el viejo ya se durmió sobre el mantelito verde. Suena el teléfono, hija y nieta entran chorreando agua a ver quien es. No es para ellas, es para Marylin la del fondo. Los gritos llenan la calle, el espacio tan sucio que separa las casas. La cola afuera llega hasta la esquina. Tocan a la puerta, la vieja abre rascándose las manchas de la espalda, las de los brazos y la cara.
Dantino aprovecha que la vecina se ha ido y va para el pequeño pedazo llamado cuarto y se acuesta. Ahí está su escaparate (que divide el espacio entre cuarto y sala) cerrado con llave, hay gavetas en el suelo, unas encima de otras, una mesa plástica para televisores que no se usa, con las rueditas para arriba, un radio sintonizado en Radio Reloj, son las 6:30, cuadros que colocó la nieta de Paulo FG, Titanic, Moncada promocionando el desodorante Axel. La parte llamada cuarto está dividida por las camas, la más grande la de Dantino y la vieja, otras dos más pequeñas para la hija y la nieta, una especie de tarima repleta de las mierdas plásticas que recogen por las calles: hebillas, pulsos de hilo, radios viejos. La vieja encuentra otro pan y lo prepara con azúcar. Va y despierta a Dantino y le da la mitad. El viejo se ha quedado encuero. La vieja le dice papi no seas así y tápate con algo. Busca la llave del escaparate, saca una sábana y tapa al viejo cuyo rabo ha logrado pararse. Se comen el pan y llenan la cama de azúcar. Dantino se destapa, se vuelve a poner el short y sale maldiciendo a la pequeña sala. La nieta grita para que la hija no le hale tanto el pelo. Dantino vigila la cola del teléfono, y recoge los pesos de cada llamada. La vieja ordena la mesa, el vaso manchado ahora de yogurt, el plato vacío donde estuvo el pan con tortilla. Deja todo en el fregadero, dobla el mantelito verde y lo coloca encima de las javitas del viandero. Se opone a echar agua en los platos desde un cubo cercano, no hay agua y estas dos gastándola a borbotones allá afuera. Marylin llega pidiendo dos cabezas de ajo, no tengo mi hijita, le responde la vieja antes de que llegue la hija y lo regale todo. Dantino hace señas para que le pida el peso de orita, que se fue sin pagar y la llamaron desde Pinar del Río. La nieta entra con la cabeza envuelta en la toalla. La hija le sigue con varios pomitos plásticos llenos de champú. Dantino decide leer el periódico del día que es una de sus obsesiones: Francisley blanqueó a los del Centro con relevo de Osbek Castillo, España propone retirar sus tropas de Irak frente al rechazo estadounidense, Rosita Fornés finaliza su gira nacional con un concierto en el América, Nueva Declaración del Gobierno revolucionario contra las burdas infamias de la camarilla de Bush, apagones programados para viernes y sábado. La nieta se sienta en la cama y se quita la toalla de la cabeza. Lo salpica todo. El vestidito desgastado se le pega en los senos húmedos. Dantino la mira de reojo refugiado en las páginas del periódico. La hija busca cosas en las gavetas apilonadas. La vieja termina de fregar y de ordenar la cocina.
Son las 7: 15 y siguen llegando a hacer llamadas. Camagüey: 2 pesos el minuto, Santiago de Cuba 4, Granma 6 y Guantánamo 10. Dantino pone el reloj al lado del teléfono y sigue chequeando a la nieta, que se queja del calor, se quiere cambiar el vestido pero hay mucha gente en la casa, mamá tráeme la ropa, se esconde en el baño y Dantino imagina sus piernas lisas, sus senos parados, su pelo suelto y la humedad de su piel. La vieja viene y le dice chico, atiende lo que estás haciendo o vete a acostar. Dantino va para su parte del cuarto y enciende el televisor. En el 6 la mesa redonda, en el 4 lo mismo, El príncipe de los Zorros por el 2 y en el 15, que es la nueva adquisición, una clase de física cuántica para el pueblo, que la cultura no tiene momento fijo. La vieja lo sustituye en la cola, 2 minutos para cada cual caballero. La cola se altera, los vecinos preferidos de la vieja se demoran 4 minutos y medio, otros la recriminan por tanta demora. Dantino quiere dormir pero los ruidos no lo dejan. La nieta sale del baño arreglada, con otro vestidito de andar por casa aunque ahora va a caminar por el barrio a ver que encuentra. Dantino le pregunta ¿a dónde vas?, por ahí abuelo, ¿qué decías papi?, la vieja se ha quedado sorda con tantas llamadas. Un esquizofrénico llama al hospital para reportarse, un homosexual quiere llamar a su novio en Santiago de Cuba, por lo que tendrá que pagar 40 pesos porque quiere hablar 10 minutos, lo que equivale a dos días de trabajo en cualquier lugar sin mucha luz, una gorda va a comunicarse con la panadería más cercana para ver que pasó con el pan porque sus hijos deben desayunar al menos pan con azúcar prieta saborizada, un recluso quiere llamar al Combinado para averiguar cuando le toca entrar porque ha salido de pase, una muchachita universitaria desea llamar a su profesora de alemán para confirmar si el próximo lunes es el examen, una lesbiana que agarra sus varas de pescar y sus latas de carnadas porque la cola va avanzando, quiere llamar a la jevita esa de La Habana Vieja que es su último cuadre. La hija ha encontrado un perfume y lo rosea por los hombros de la nieta. Dantino finge dormir tapado de pies a cabeza pero la cama se mueve rítmicamente y la vieja le pregunta si le pasa algo, él contesta que el olor de la nieta le molesta mucho, ya ella se va, chico, estate quieto, pero la cama se sigue moviendo. La vieja sueña con las peripecias de Abel Rodríguez en las aventuras, porque ese papi está riquísimo. Se empina del vaso de agua con azúcar que se ha preparado, le mira los hombros a Abel, ¡qué bueno está por Dios!, ¿quién tuviera eso entre las manos? Se coloca el vaso entre las piernas, lo aprieta mientras se rasca las manchas del cuello, del pecho, las de la barriga. Va y busca la crema. La nieta sale acondicionada para la caminata, la hija va a despedirla hasta la puerta. El esquizofrénico ha logrado comunicar con el hospital y les da su posición actual, sí, en casa de una vecina. La vieja vuelve a sentarse, aprieta otra vez el vaso entre las piernas, el murmullo de la cola no la deja en paz. Comienza a untarse crema en los hombros, avanza por el cuello, las tetas, masajea las tetas mirando al señor Orsini, es decir, a Abel Rodríguez que es suí dolo, ¡qué bueno está chico!, y se unta en las piernas, las rodillas, los muslos, la ingle. La hija regresa de la puerta y anuncia que le toca bañarse a ella. Dantino lanza un último quejido y la cama queda quieta.
El homosexual habla en directo con su novio santiaguero, ¿qué pinga te pasa chico, cuando vas a venir? Dantino desde el cuarto pregunta ¿qué es eso? La vieja acude, mi vida, tu podrías ser un poquito más educado,¿ eh? Sí señora, sí. La vieja se sienta otra vez pero ya las aventuras se acabaron, de un momento a otro comienza el noticiero: Buenas noches, al saludarlos estamos iniciando la emisión estelar del noticiero de la televisión cubana, ya les presento los titulares. Dantino se sienta en la cama porque las noticias lo obsesionan. La gorda se queja de que el maricón ese lleva como 20 minutos hablando, vamos chico, ¿qué te pasa? La vieja da dos o tres vueltas para ver lo que hace Dantino, que ya se ha vuelto a dormir. El recluso pide que le comuniquen con el Teniente Enríquez, el encargado de sus entradas y salidas. La vieja con recelo le señala el reloj junto al teléfono, después va al refrigerador y se sirve un vaso de agua, tiene la garganta reseca. La hija se mete al baño con sus ropas. Las paredes del baño están cuarteadas, llenas de humedad y moho. Dantino despierta y pide agua. La vieja le lleva, toma mi viejecito, viejecito la pinga chica, que ya contigo no se sabe. Los vecinos recriminan a Dantino por sus palabras soeces, que aquí todo el mundo está para ayudarse, así que cuando quieras cuenta con nosotros, vieja, sí yo lo sé, ustedes han sido mis vecinos de toda la vida. Varias lágrimas corren por la cara grasienta de la vieja, un ataque de epilepsia le sobreviene. ¡Agua, denle agua!, grita la hija desde el baño. Dantino se despierta con los gritos y va a la sala. La muchachita universitaria habla con la contestadota de su profesora de alemán, Hola, ahora no estoy en casa pero volveré pronto, así que deje un mensaje, gracias. La vieja va a la cocina. Dantino la sigue con la mirada, no me pasa nada chico, que tu eres el mismo salvaje de siempre, el mismo comemierda y… Se acaba el noticiero. Las manchas de la vieja se ponen más rojas cuando discute. Dantino regresa a la cama, a ver la programación de hoy por la noche en la televisión, lo mismo por los cuatro canales. La lesbiana trata de impedir que la muchachita universitaria salga de la casa. Se le para delante con las varas de pescar y las latas de carnadas. ¿Cómo te llamas, preciosura? No te importa, tortillera. ¿Caballero pero qué es esto, ustedes no respetan una casa ajena?, a ver, ¿quién es el último de la cola? Soy yo,¿ porqué?, dice la lesbiana con ojos directos. Bueno mi hijita, dale, que ahorita son las 9. La hija se seca evitando tocar las paredes verdes. La vieja se levanta y busca en el escaparate la ropa del día siguiente.
Dantino ronca con sonidos inexpresivos. La hija sale del baño. La lesbiana masajea la jevita por teléfono, mientras una cucaracha camina por sus pies. La vecina de las mierdas plásticas llega preguntando por la nieta. No está chica, y ya es muy tarde, responde la vieja alterada. Mire mi vieja, aquí tiene tres pesos, que yo hablé tres minutos, miente la lesbiana. ¿Y el descarao de su marido?, dice haciendo ruido con las varas y las latas. ¿Quién cojones es ahora, vieja?, grita Dantino desde el cuarto. Nadie viejo, nadie, responde la vieja mirando con ternura al tronco de lesbiana que amenaza con entrar al cuarto y despingar al viejo ese y al que salte. La hija le sale al paso con el pelo mojado, ay mi vida, ¿para qué tanta violencia?, deja eso y vamonos para allá afuera. La vieja se queda atónita mirando a la hija, ¡ay Dios mío, solo esto me faltaba! Dantino se destapa la cabeza. La vecina del peinado novedoso se va, hasta mañana, que duerman bien. Gracias mi hijita. Llega la nieta con el rubio de enfrente, ¿y abuelo, ya está dormido? La vieja no le contesta, acomoda la ropa en los percheros. Dantino vuelve a roncar. Son las 9:30. La nieta ocupa la cama de la hija con el rubio. La vieja apaga la luz, solo se escucha el rumor de la novela y la penumbra se aclara con las imágenes del televisor. El rubio empieza a tocar a la nieta. La vieja se acuesta, empuja sus manos en busca de la pinga del viejo.
Dantino la rechaza, se vira para otro lado y así terminamos, gracias por acompañarnos y tengan todos una noche, muy feliz.
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