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Casa de las Américas, ron y testimonio Imprimir E-Mail
escrito por Michel Garcìa   

Me bañé temprano, traté de ponerme mi mejor ropa, y salí. Comencé a sortear las guaguas y las gentes, franqueando la distancia que me separaba de la Casa de las Américas. Tenía una cita con dos o tres amigos que me habían invitado. Llegué a 3ra y G y aparecieron muchachas lindas vestidas de ocasión especial que recibían en las puertas. Tenía miedo, era una criatura amorfa que profanaba el lugar sin tener si quiera el derecho de hacerlo. La Casa era de repente un castillo en transición que a pesar de todo me dejaba pasar. Comencé a ver collares de perlas auténticas, trajes franceses especiales para ese día, sonrisas, niños de ambos sexos que serían los próximos escritores jóvenes de este país, quizás hasta premios Casa en un futuro tan cercano y alejado a la vez de mi; yo que estaba muy lejos de las letras y su embrujo. Por demás me parecían indomables. Y en medio de aquellas gentes de clase donde todo el mundo hablaba bajito y pedía permiso, Nancy Morejón bajaba las escaleras majestuosa, Miguel Barnet aplaudía en un rincón y decía secretos a unos amigos, Retamar escondido tras una puerta apareció de repente y se armó un tumulto irrepetible en el salón, le temblaban las manos y casi ni podía saludar. Llegaron Melba Hernández y Armando Hart Dávalos con diez escoltas temblando también, se buscaron sillas especiales, programas de la actividad especiales, refrescos especiales, en fin, todo especial. Mi boca no atrevía a abrirse, hasta mis manos temblaban rumiando en mi mejor ropa para no mordérmelas. El olor en bloque de los perfumes especiales me tenía ahogado. Me escondí detrás de una malanga y desde allí espiaba la puerta, a ver si aparecían mis dos o tres amigos. Ni rastro de ellos. Me habían dejado solo en un castillo con la burguesía latinoamericana. Ya estaba cansado, me sentía como un mendigo y el pecho se me apretaba con la noche que iba cayendo. En el bolsillo estrujaba una invitación que decía 7 PM. Ya eran las 6:50. Debieran estar aquí. Entonces empecé a pensar que no me había bañado bien, que yo no fumaba ni mascaba chicle, que no entendía nada de aquello de figuras cimeras de la literatura americana y que me habían invitado por obligación. Me tapé más con la malanga, la presión me iba subiendo, el corazón latía más rápido y tuve que toser. Como si mi gesto los hubiera movido, como si hubiera sido una señal, los invitados empezaron a subir una escalera en educada fila. Se fue vaciando el salón. Salí de detrás de la malanga, y mis amigos nada. Una muchacha vestida de negro me dijo amablemente suba, por favor, y le obedecí como un robot. Me tapaba con el abrigo mi mejor ropa para esconderla de las miradas especiales. La escalera era larga, y en cada nuevo descanso habían nuevas muchachas que saludaban con cortesía. Me calmé un poco y logré entrar a una sala llamada Ché Guevara con cara de intelectual, casi con asiduidad, y tuve la osadía de sentarme en primera fila, detrás de la prensa. Mis amigos no llegaban, la ceremonia estaba por comenzar. Lentamente el público fue llenando la sala. Por ambos lados fueron apareciendo camarógrafos y asistentes, sacaron rollos de cables y empezaron a encender distintas luces, para probar su intensidad. Un batallón de viejas cuidaba los asientos de la prensa, y acomodaba al resto en sus sillas correspondientes. Me parecieron perras hipócritas de los dueños del castillo. Estaban inmóviles, y conservaban en la cara una expresión de solemnidad muy parecida a cuando se espera dignamente un camello retrasado. Los invitados no dejaban de caminar, hacer ruido de confesiones y mostrar sus especialidades. Otra vez me sentí como una hormiga, un trozo de fango en la bota de cualquier escritor. Algunos escépticos llegaban a la sala y no ocupaban las sillas vacías. Comemierdas, pensé. El ajetreo de las luces continuaba, estuve a punto de salir, de escapar de aquella olla de grillos famosos en busca de aire fresco, pero el ascenso a la plataforma de los castellanos me detuvo. También la esperanza de que aparecieran mis dos o tres amigos. Los especiales hicieron un tumulto en el escenario peor que cualquier cola de coppelia, y esperaron serenamente a que el público hiciera silencio. No lo hicieron, el encargado de las presentaciones tuvo que hablar por encima del murmullo y por un momento pensé que la cultura latinoamericana había perdido la cortesía. Varios intelectuales acudieron al micrófono, y leyeron escuetamente la misma acta para todas las categorías, solo con los nombres del jurado especificado en cada premio. Según éstas, se habían reunido ese mismo día para discutir los galardones, cosa que dudé sin reparos. Comencé a pensar que las figuras de las letras latinas eran unas mentirosas embusteras. ¿Porqué mentir acerca de aquello? Comemierderías de la fama, deduje. Del tumulto salían los elegidos que daban a conocer los premios. Yo aplaudía tratando de matar entre mis manos el nerviosismo y la inseguridad de que era presa. Miraba de vez en cuando atrás, pero mis dos o tres amigos o no habían venido, o se escondían de mi o me habían cogido pa´eso, porque no se les veía por todo aquello. Retamar leyó temblando el acta final de la ceremonia. Por un momento creí que se caería al suelo de tanto movimiento, que perdería la vista y que habría que salir corriendo de allí con él. Pero se calmó y al final del acta estaba sereno otra vez. Dio por terminadas de manera oficial las actividades del Premio Casa y nos invitó a doblar la esquina, hasta la galería latinoamericana, para un brindis con las personalidades latinas que por un momento olvidarían su especialidad. Casi saliendo de la sala vi a mis dos o tres amigos. Corrí hacia ellos, y me explicaron que se habían demorado porque no tuvieron mi suerte a la hora de sortear las guaguas y las gentes para llegar aquí. Bajamos la escalera, ya entre risas y chistes acerca de los famosos, los especiales y sus escoltas. De mis dos o tres amigos Dos se encarnó en ir al baño y me dio su mochila hasta que terminara. Uno se demoró en bajar, al parecer cazando a alguien interesante o sencillamente haciéndose esperar. Tres decidió acompañar a Dos en el baño de mujeres y Cuatro andaba perdido saludando gente, era amigo fiel de las promesas literarias de las que yo estaba demasiado lejos. Dos se demoraba en el baño, acompañada por Tres y la sospecha de que algo rao las unía. Afuera Uno, Cuatro y yo nos desesperábamos, teníamos miedo de que se acabara el ron en la esquina. Al fin salieron, y Dos olvidó por casualidad su mochila, que por cortesía seguí arrastrando en mi espalda sin decirle nada. A la salida Armando Hart Dávalos era ayudado por sus diez escoltas a montarse en un lada, ya sin temblar. Melba Hernández había desaparecido, o esperaba dentro el momento especial para salir. Salimos a la noche fría de 3ra y G, tropecé con Dos y nos disculpamos, Uno y Cuatro caminaban juntos, y Tres iba intermedia, sin juntarse con nadie. Varias figuras nos pasaban por el lado, apuradas o miedosas de coger un catarro por la cercanía del mar. Las invitaciones caballero, dijo Uno y comenzó a buscar en la mochila de Dos, es decir, en mi espalda. Tres había desaparecido con Cuatro, quien se montaba en cualquier tren o se esfumaba en cualquier minuto, o simplemente se escondía detrás de sus rizos a medio crecer y su cara de drogadicto. Aparecieron las invitaciones, las entregamos y nos hundimos en un nuevo bloque de perfumes compactados. En efecto, ya habían repartido la primera camada de ron con refresco y cerveza y nos habíamos quedado sin nada. Decidimos buscar a las meseras y pedirles algo. Pronto nos mandaron lejos, eran unas negronas gordas y apoderadas de los vasos y botellas, enfurecidas por la hora y esta perdedera de tiempo de estar emborrachando a la pila de comemierdas estos que se pasan la vida leyendo libritos. Hicimos un pequeño grupo cerca de las barras, para esperar las próximas bandejas. Nadie hablaba, Cuatro seguía desaparecido y Uno apareció de repente fumando. Salió la negra con la bandeja, siete vasos se perdieron en nuestras manos mientras Dos decía yo no tomo, Uno solo un poquito, Cuatro dámelo todo, Tres yo si tomo y yo hasta que me aclimate. La negra nos miró con cara de boxeadora, pero le hicimos una señal con los vasos que quería decir no nos importa, y entonces sí nos concentramos en nosotros, como protegidos del bloque especial por el ron recién tomado que nos salvaba. Empezamos a darnos pequeños tragos, Dos seguía con la letanía de que no le gustaba, Cuatro había desaparecido (nuevamente), y Uno no hablaba con nosotros, hacía una inspección del lugar a ver si algo le interesaba. Yo me sentía la cara roja, a cada momento un conjunto francés o traje de señor me pasaba por el lado y me hacía estrujar mi mejor ropa. Mis amigos hablaban con tanta propiedad de las fotos de Korda comiendo mierda en su casa, del arte de fotografiar y de los escritores, que me sentí otra vez como un gusano. Tres estaba vestida de tonalidades moradas, claras, oscuras pero al fin moradas. Me fascinaba su sentido del color y la armonía, su cara de bruja pequeña y sus dedos largos. De repente nos confesó que hacía de bruja en una obra de teatro para niños. Dije esto es una coincidencia y me tragué mis palabras en un sorbo de ron. Uno dijo que no le gustaba el teatro para niños, en realidad los odiaba y por eso era maricón y nunca los tendría. Dos se horrorizó en el medio del salón, y empezó su teoría clásica de la libertad personal para ser y decidir. La relación entre el pensar y el ser, según Marx, como ella misma dijo. Pero, ¿y eso que tiene que ver?, acerté a decir yo. Dos dijo nada hijo, ¿qué importa?, ah bueno si, verdad, volví a decir yo porque con dos tragos de ron ya me emborracho, y entonces apareció Cuatro y nos llevó a una sala contigua, a ver unas fotos de modelos franceses que nada tenían que ver con Korda o el Ché Guevara o Fidel Castro, pero bueno así es esto y fuimos. Cuatro y Uno otra vez muy unidos, Cuatro decía que tenía novia pero yo no le creía porque prefería a Uno por encima de nosotros, y Dos lo comenzaba a odiar porque el pájaro Uno era su mejor amigo. Andábamos Dos, Tres y yo viendo las fotos de Francia, y Tres decía que le encantaría ser fotógrafa, después de escritora fotógrafa, de seguro, y Dos con su tranquilidad natural la apoyaba abundando en sombras y texturas, yo hacía silencio y miraba de lejos a las luces y los especiales que formaban un grupo compacto. Entonces reaparecieron Cuatro y Uno, y nos pidieron disculpas por conversar solos. Dos se enfureció y se pegó a la pared, yo sujeté con fuerza su mochila y ahora la desaparecida fue Tres, que se perdió con sus rizos detrás de un negro de rizos aún más largos que los de ella. ¿Qué te pasa?, pregunté a Dos, ¿eres gay?, rematé la pregunta y ella con una sonrisa de maniquí (siempre me había parecido un maniquí) me respondió soy bisexual así que ya tu sabes lo que eso trae. Eso no trae nada, le dije y olvidé el miedo que le tenía a los artistas, y mientras Alfredo Guevara me guiñaba un ojo detrás de Dos, le relaté mi historia de maricón e inseguro, mis días desde que era niño y mi padre me decía inútil, las grandes penas que pasé en la secundaria, mi primer amor fallido del tecnológico, y me daba tres tragos en uno, hasta le pedí otro vaso a la negra de las bandejas, me acomodé bien la mochila, y me quité el abrigo, mostré mi mejor ropa y al diablo con todo. Alfredo Guevara parecía notar mi audacia y el color rojo de mi cara cuando hablaba con Dos, que me seguía preguntando tímida, pero, ¿y a ti no te gustan las muchachas? En lo que eapareció Tres y me callé y salí del grupo, las dejé solas y me fui a la esquina donde Guevara me esperaba y cuando pasé por su lado le tumbé sin querer su perenne chaqueta de los hombros. Discúlpeme Guevara, no fue mi intención. Parecía yo un maldito explorador con mochila y todo, Dos no se daba cuenta y le miré la cara a Guevara, demasiadas arrugas, decidí, y revisé la galería en busca de Uno y Cuatro. No los encontré, de repente estaba solo en un mundo solo visto por mí en los noticieros a la hora de la cultura, ya no había niños sonrientes, entendí que la plebe latinoamericana era la que estaba en aquel salón. Regresé cuando Dos abrazaba llorando a Tres y ésta la secundaba y le decía no te angusties, no eres la primera mujer que se enamora de mí, pero yo no soy gay. Tuve que correr para evitar que Dos cayera directamente al suelo pues con la negativa de Tres y tres tragos de más que se había dado para mitigar las penas, se había emborrachado. Aparecieron (otra vez) Cuatro y Uno con nuevos vasos y cigarros y me ayudaron con Dos. Una de las amables señoritas de Casa buscó un asiento para colocarla. Que pena, pensaba yo, la cultura latinoamericana viendo toda la acción, quizás tomando el suceso como materia prima para sus cuentos. Déjenla tranquila un rato, la amabilidad de la señorita no terminaba. Yo me voy, dijo Tres y le hizo la seña al negro de los rizos inventados. Los invitados abrieron una fila (especial) por donde salió la pareja. Ah, me dijo Tres, y le aclaras que yo no soy tortillera, papito. Yo saqué de la mochila de Dos una libreta para echarle aire, mientras ella roncaba dulcemente. Voy a buscar más ron, dijo Cuatro y Uno y yo nos quedamos solos por primera vez en toda la noche. ¿Y tú que has hecho?, preguntó Uno mientras miraba displicente a Dos que roncaba. ¿Tú que has hecho de qué?, pregunté yo casi con guapería. De escribir chico, ¿de qué va a ser? Ah si, tengo un cuento publicado en una revista Somos Jóvenes del año 2002. ¿Ah si? Sí, ¿no estás oyendo? No porque resulta que yo gané ese concurso solo que no con mi nombre si no con el de una amiga, una analfabeta que tenía 25 años, no así yo que tenía 27 y ya tu ves, por cumplir, por ser formales el cuento ganó y lo publicaron y todo pero no con mi nombre. Ya tu ves, así es este mundo, dije yo adoptando el tono de escritor mundano que estaba muy lejos de ser. Alfredo seguía con sus miraditas y entonces le dije a Uno ¡qué coincidencia!, si, mira que la vida es chiquita y el destino si existe, dijo Uno con unas chispas demasiado evidentes en sus ojos. A lo lejos otro joven le tumbó otra vez la chaqueta a Alfredo Guevara y yo me eché a reír y Uno también. Entonces Dos despertó con lagañas en los ojos y nos preguntó niños ¿dónde estoy? Y le dijimos que este erael preludiodel final que estaba próximo a llegar. Resulta que a aquellas horas el miedo se me había quitado porque mis amigos se comportaban como las promesas y los especiales, eran especiales de veras en aquel grupo de escritores, cantantes, modelos y locutores que ocupaban la galería. ¿Y entonces qué, caballero? Pregunté yo y por poco se me cae el vaso. Ah, entonces ya estás bien, dijo Uno a Dos y se esfumó en busca de Cuatro. Ay, ¿pero porqué se va y me deja sola?, dijo Dos reduciéndome otra vez a la categoría de hormiga con ropa y por casualidad busqué a Alfredo, no estaba, pero en su lugar se hallaba el joven que había hecho lo mismo que yo, es decir, tumbarle la chaqueta al cineasta. Me hizo una seña descarada que quería decir ven, me ericé completo y por primera vez caí en la cuenta de cuanto pesaba la mochila de Dos, aguanta aquí, mijita, le dije y solté la carga. Fui a la esquina, al encuentro con el burgués que me esperaba. Hola niña, me dijo descaradamente. ¿Qué niña de qué? Ah no, disculpa, dijo y me rozó el brazo para erizarme otra vez. ¿No quieres ir afuera? No, estoy con unos amigos. ¿Cuáles? ¿El maricón, el drogadicto, la bruja y la flaca bisexual aquella? Me quedé estupefacto y su enumeración exacta quería decir te vas ahora mismo conmigo. Me fui ya olvidado de mi mejor ropa, tropecé con una butaca, dijo perdón Alfredo Guevara y pensé, “este viejo es el fantasma del cine cubano”. Vamos, dijo Rosseau y lo seguí hasta las puertas de la galería. Oye, pero solo hasta el jardín, si mi niña, solo hasta el malecón donde me sentó encima de él a brincar como un caballo. Allá al frente se veían los famosos horrorizados por tanto descaro y cuando me di cuanta a mi lado estaban Tres y negro de los rizos brincando igual, Cuatro y Uno saltando también y Dos desmayada en la puerta, muerta de soledad. El Rosseau me hacía sentir bien, ¿no te gusta niña?, ¡si niño!, dije y entonceslas olasnos bañaron en el frío de la noche, resbalamos en el muro y en las canecas que había comprado Cuatro, que era borracho y no sé cuantas cosas, pero era parte de mis amigos. Después del brincoteo, la cultura y sus espantos, Rosseau dijo que vivía en Miramar y que llamaba un taxi para armar la fiesta allá. Sí pero hay que buscar a Dos, que está desmayada en la galería, dije yo. Pues vamos, dijo Tres y volvimos al encuentro con las últimas promesas de la noche. Dos nos dijo: me habían dejado botada caballero, verdad que ustedes son los mejores…Ay niña, cállate que nos vamos para Miramar, dale, recoge ya, dijo desenfadado Uno abrazando a Cuatro frente a las porteras de la Casa. Yo no tengo nada que recoger y no voy para ningún Miramar, ustedes son unos vendíos y yo me voy en la 174. Ay hija, haz lo que quieras, total, ya esta actividad se acabó y orita nos botan. Hey, llegó el taxi caballero, anunció Tres. Dame un beso Rosseau, y se lo di cerrando la puerta del taxi. Por la acera Dos caminaba lentamente y a lo lejos Alfredo Guevara se tiraba su chaqueta por encima de los hombros y dejaba este castillo en transición, aunque no era para sortear las guaguas y las gentes a una hora tan impropia, como yo.


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