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escrito por Nurielis Duarte
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Por Belén
El viejo se teñía hasta el bigote, odiaba sus dientes postizos y fingía que no le dolían los huesos de la columna a cada rato. La vieja siempre tocaba el piano desde una silla de ébano barroca como su gordura. Sus ojos eran un poema que el viejo no leyó ni con sus lentes de aumento.La vieja sabía tejer como todas las viejas, no lo hacía porque era aburrido, porque recordaba a esa Penélope que Homero contó. La vieja perdía mucho tiempo pensando en lo que se olvidaba. Fingía que no le molestaban las costumbres del viejo.Aquella tarde a la vieja también le pareció aburrido tocar el piano. Se levantó de su silla barroca despegando sus nalgas con una agilidad más extravagante que su propia gordura y salió tirando la puerta con un golpe discordante.
Al viejo se le cayeron sus dientes postizos y lloró hasta empapar sus bigotes ahora desteñidos. Fingía que le molestaba las costumbres de la vieja.
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un saludo
dmis