| 
     
Inicio arrow Anónimo Literario
Entrevista a Alberto Guerra Imprimir E-Mail
escrito por Kirenia Legón López   

Alberto Guerra: auténtico hasta en los sueños.Por Kirenia Legón López 

Me gustaría haber sido barrendero de Quinta avenida. Envidio la pasión, la calma con que lo hace, el vecino más feliz de mi barrio. Antes de ser escritor fui pintor en los turnos de clases de las escuelas primarias y secundarias donde estudié. Pintaba por encargo, evitaba el trabajo en el campo siendo el responsable del mural, jefe de emulación o cualquier cosa donde se pusieran a prueba mis habilidades. Llenaba libretas con historias de karatecas en rivalidad, que eran apreciadísimas por mis compañeros y por los profesores. Pintaba, elaboraba el guión y un par de amigos se encargaban de colorear y de cobrar la lectura. Después, con ese dinero nos fugábamos al pueblito más cercano y nos hartábamos de batidos de plátano y de cigarros.     

Cuando estaba en primer año de la carrera en el Pedagógico (estudié Licenciatura en Educación, especialidad Historia y Ciencias Sociales) traté de hacer lo mismo, pero sin resultados. Los tiempos cambiaron, Alberto Guerra, me dije, entonces dejé a un lado el dibujo y me puse a escribir. Un par de aquellos textos llegó a  la profesora Fátima y ella me pidió que pasara por su casa con dos cajas. La excelente profesora de Historia de Cuba puso en mis manos toda la colección Huracán, más de doscientos libros que consumí en las vacaciones. A partir de entonces leo y escribo con conciencia de escritor y se lo agradezco en el alma. Si a esto le añades que desde pequeño fui martirizado por las novelas radiales que escuchaba mi madre en alta voz y los cuentos que nos narraba mi vecina para palear los apagones en los años sesenta, puedes tener una idea más clara de mi formación. Pudiéramos agregar que cierta noche en la beca proyectaron Tiempos modernos, de Chaplin y el proyeccionista dejó la película y el proyector, ahora no recuerdo por qué razones. Un grupo de muchachos, entonces, aprendimos a manejar aquellos artefactos y nos repetimos Tiempos Modernos unas quinientas veces. Este hecho, sin dudas, me volvió artista. Más que escritor, más que pintor, yo era un niño que soñaba despierto a tiempo completo, pero volvamos a mi juventud en la universidad. Una aburrida tarde de sábado, Mireya de La Torre en el programa Conversando habló del Encuentro Nacional de Talleres Literarios en Bayamo y enseguida me levanté del butacón. La cámara recorrió  grupitos de escritores que se leían entre sí, se detuvo en los carteles que identificaban a los miembros del jurado, mostró un plano amplio del Hotel y fue suficiente, quise estar entre ellos. Entonces, Mireya dijo que en cada Municipio del país había una Casa de Cultura y en cada Casa de Cultura un asesor literario encargado del taller. El Municipio de Cultura de Marianao me quedaba en la esquina, así que todo dependía de mí. Pero en el primer encuentro con el asesor, éste, delante de los talleristas recomendó que me dedicara a otra cosa porque según su modesta opinión yo no era escritor. Puedes imaginarte el impacto de semejante juicio público. Caminé a la parada de la guagua con tremendo nudo en la garganta. Era el tipo más triste del mundo. Cuando quieras destruir a alguien que empieza hazle un juicio público, fulmínalo desde el poder, es la manera más baja de destruir al prójimo que puede concebirse. Y lo triste, lo más triste, es que no sólo me ha pasado a mí, que soy hombre y pude soportarlo. Hace poco un periodista, desde el poder que brinda su página en Granma, la emprendió con el libro de una joven escritora de provincias. ¿Puedes concebir abuso semejante? Lo penoso es que ese tipo de personas son incapaces de enfrentar a los de mayor posición, entonces la toman con los débiles, ya sea desde el pequeño puesto en una Casa de  Cultura o desde el periódico Granma. Pobres tipos. Pero siempre algún justo te salva, siempre. Ya estaba a punto de montar la guagua cuando sentí que me llamaban, eran dos mujeres, me senté a escucharlas. Niño, no le hagas caso, dijeron, a nosotras nos gustó tu cuento. A ellas quizás deba que no haya dejado de escribir. Más adelante, Rito Ramón Aroche, el poeta, especie de socio y maestro de contemporáneos como Carlos Alberto Aguilera, Antonio Armentero, Caridad Atencio y Alberto Guerra (negarlo sería impropio) fue capaz de hacernos ir hasta su casa y sugerirnos lecturas ausentes por completo de las librerías y de las bibliotecas públicas. A él debo parte de mi formación, como también a la Biblioteca del Centro Alejo Carpentier y a los talleres literarios. Creo que si no hubiera pasado por esos lugares no hubiera escrito los cuentos de la manera en que los hice, aunque de la misma manera me vi influenciado por Tiempos Modernos, de Chaplin, como ya te expliqué. Viéndola tantas veces comprendí que el arte era un asunto muy serio. Con Chaplin aprendí que se podía llorar y reír al mismo tiempo con una misma historia. Esto es vital en la escritura de ficción. Cuando el joven Dostoievsky terminó de leer Pobre gente a un par de amigos ellos se echaron a reír y dijeron, Triste que es Rusia. Así me pasó con Chaplin en sus Tiempos Modernos. Otro a quien debo muchísimo es a Julio Cortázar, me enseñó, con el cuento La Noche Boca Arriba, que en Literatura es posible la libertad total, luego con Rayuela la filosofía del asfalto, la poética de la ciudad; Borges me permitió advertir que se puede aparentar seriedad mientras se está jugando todo el tiempo y que el lenguaje es una herramienta para utilizar del modo más sencillo siempre y cuando haya algo sustancioso que contar. Ernesto Sábato me dijo que entre el mundo mágico y el mundo físico no existen divisiones, que la poesía es algo más que escribir versos y que es posible alcanzarla en la escritura de ficción. Carpentier, por su parte, que desde aquí, desde este patio y con nuestros argumentos podemos ser grandes escritores.  Rulfo, que si no hay nada que decir hay que saber parar a tiempo, y que la sinceridad con los lectores es el más preciado atributo con que cuenta un escritor. Las influencias son muchas y variadas, lamento hablarte sólo de escritores y de Chaplin, pero se me haría muy largo el listado.

Blasfemia del Escriba es mi único libro. Primero lo fui publicando en las revistas, año tras año sus cuentos fueron pastos de concursos literarios, y luego, cuando lo creí prudente, preparé el libro. Pero no puedo quejarme, un par de esos cuentos han sido versionados en la televisión, otros han sido traducidos a varios idiomas, sin que, para mi buena suerte, me haya apoyado en indecorosas influencias. Por mi parte creo que tengo suficiente con tratar de concebir historias sustanciosas, personajes que resulten eficaces, profundidad en los contenido y cierta audacia formal; el resto, esos temas fundamentales que deba tener, lo dejo a los críticos. Aunque, para decir la verdad, ya debo preocuparme. Hace poco leí en la contraportada del libro de otro escritor que éste, como yo, se preocupaba por el azar. Maldita suerte la mía, hasta escribe muy parecido. ¿Te imaginas? Dos escritores preocupados por un asunto tan singular y escribiendo con los mismos presupuestos. Inconcebible. Un artista debe tratar de ser auténtico hasta en los sueños, por tanto, estoy obligado a cambiar temas, estilo, enfoques, por causa de ese parecido. Ojalá el otro, el clonado, lo comprenda alguna vez. No obstante, como vivimos en un país de pura indigencia crítica, el otro sobrevive muy bien mientras yo tengo que esforzarme. En nuestra Literatura está ocurriendo como en cierta música, se exagera según la coyuntura, pueden premiar a un artista menor hasta la saciedad. Es como si prefirieran a Elvys Crespo, Juanes, Riky Martín o a Ricardo Arjona por encima de los verdaderos músicos. Algo así como una conspiración donde los inteligentes no están de moda y uno, pobre mortal frente a su paginita en blanco, no puede hacer otra cosa que esforzarse más. Tres veces más, sobre todo el que escribe para no morir. Los seres humanos sabemos que tarde o temprano vamos a morir, también sabemos que en vida podemos estar muertos, entonces algunos hacen cine, fotografía, teatro, pintan o escriben. Según Octavio Paz, la lucha contra el olvido es la condición que mejor define al artista y los escritores no estamos excluidos. Un escritor de verdad escribe para no morir, o lo que es lo mismo, para permanecer. La prueba es Dostoievsky, Balzac, Flaubert, personas mucho más vivas que los vecinos más gritones del barrio o que los escritores que más trampas hacen para promocionarse. Ellos, los grandes, permanecen probados por el tiempo; y nosotros, los vivos,  tenemos que conformarnos, a duras penas, con advertir nuestra eficacia lejos de donde estamos. Esa es la única manera de medir nuestra posteridad. Porque quienes conviven con artistas tardan mucho en advertir su importancia, les cuesta trabajo ubicarlos en su justo lugar; los ven comer, hablar, caminar y eso los emparenta con cualquiera. Entonces, el maltrato es lo más probable. Pero aunque abunden zancadillas, trampas y otras miserias afines a la Ciudad Letrada, si publicas y registras el corazón de los lectores, los dioses siempre estarán de tu parte. O lo que es lo mismo: no vas a morir.Un escritor lo es a tiempo completo aunque sea fogonero de un barco mercante. Es un asunto mental, un escritor debe trabajar siempre, observar siempre, rumiar historias aunque no las escriba jamás. Ese es mi caso. Luego, cuando lo crea posible, a escribir donde sea, pero si es en mi casa, frente a la computadora, mejor. La inspiración, al modo romántico, no existe; yo creo más en la disciplina, en la conciencia de que tengo que escribir porque hay personas que necesitan de mí, y porque yo lo necesito. Los escritores debemos tener bien guardados un almacén de sentimientos y de técnicas para cuando llegue la hora, combinarlas y tratar de escribir como los ángeles. Entonces, como te decía, porque los inteligentes no están de moda, prefiero aquellos textos que muestren una persona inteligente detrás. Uno ve cada libro publicado y cada escritor premiado y promocionado, que luego termina deprimiéndose. Resulta increíble la cantidad de libros que se publican en el mundo actualmente, la cantidad de concursos, la cantidad de premiados. Es algo que espanta. Publicar ha dejado de ser un acto pudoroso, para convertirse en puro narcisismo. Cualquiera tiene un libro publicado, cualquiera se cree con derecho a brillar. Entonces vienen las confusiones, si has publicado eres importante, si has ganado el concurso tu libro es importante, si te han dado cierta medalla, estás legitimado ante los ojos de un público que no tiene otro remedio que aplaudir. Sin embargo, a pesar del río revuelto, las aguas siempre toman su nivel y al final logran salir a flote quienes realmente han escrito algo perdurable. Hace poco pregunté en mi casa a un grupo de amigos canadienses, cuales eran los escritores que me recomendaban de su país y tardaron muchísimo en responderme. Apenas pudieron detenerse en un par de nombres. En Cuba, contrariamente, estamos repletos de escritores; se escribe mucho, y se publica mucho. Ya no se sufre tanto, un escritor termina un texto y sale publicado enseguida. Antes no; comparado con los años noventa, la situación ha cambiado. Pertenezco a una generación que se abrió paso a golpe de concursos literarios, y de publicar en plaquettes. Ahora las provincias tienen sistemas de publicación y editoriales prestigiosas. Muy bien, se está publicando muchísimo y ha aparecido una nueva generación literaria.  El sistema de concursos se ha triplicado; la televisión y el resto de los medios participan de las estrategias promocionales, a los escritores se les estimula, se les considera y llegan a creerse su papel, como es mi propio caso. El público lector se multiplica y es capaz de reconocernos, esto es sumamente importante, pues en décadas anteriores ser escritor era prácticamente una desgracia, una persona de cuidado. Ya no. Hay un salto real, un cambio cualitativo a favor de la cultura. No obstante, la Literatura no sólo es su parte exterior, diría que más importante resulta lo que se escribe en los libros, cómo se jerarquiza la vida literaria, a quiénes se les brinda la debida promoción, quiénes son los jurados y los críticos que califican con honestidad, qué libros realmente valen la pena, qué escritores, qué cuentos, qué poemas, qué novelas deben incorporarse al sistema de estudios escolares. Por ejemplo, como le sucede a otros colegas, llevo unos tres años prediciendo a quien toca el Premio Nacional de Literatura y llego a considerar desafortunado el sistema que se emplea para considerar los Premios de la Crítica. En fin, creo que en la zona cualitativa nos queda mucho camino por recorrer. De lo contrario, repito, podríamos continuar con ciertos evidentes facilismos donde, por ejemplo, un funcionario puede creerse que es crítico, que le sabe mucho a la Literatura y, porque se porta bien, porque parece buena persona, se abogue  el derecho de aupar hasta el delirio a un escritor en detrimento de los otros.Y en cuanto a la realidad abundan por estos días, muchísimas opiniones mediocres acerca de este asunto. Han llegado incluso a establecer listados de escritores realistas  y no realistas, antologías, artículos, donde los primeros, es decir, los realistas, quedan muy mal parados. Esto es un error, una actitud provinciana que está costando caro. Muchos jóvenes escuchan a estos  embaucadores y luego tardan en descubrir que las esencias literarias están en otra parte, no en definir si eres un escritor realista o no. Los escritores son grandes o pequeños, eficaces o mediocres, pero jamás serán buenos porque se desapeguen o tengan en cuenta su inmediatez. En mi caso, como soy un hombre libre de ataduras y no me dejo llevar por las tendencias en boga, eso depende de la historia que desee escribir. La realidad, Kirenia, siempre hace acto de presencia en la obra de cualquier escritor. Si es malo, aunque trate de enrarecernos  con flores amarillas y fantasmas, vamos a saberlo por la manera en que colocó las palabras y por la profundidad con que abordó su cuentecito o su novela. Estoy seguro que con criterios semejantes Miguel de Cervantes, James Joyce, Tomas Mann la pasarían muy mal entre nosotros. Resultaría mucho más efectivo para las Letras nacionales encontrar tipos auténticos, que escriban con las vísceras a flor de piel, con demonio, con garra, con bomba, y no perdernos en esos contratiempos. El gran escritor es realista y no lo es, el gran escritor funciona siempre. 



Comentarios (0)Add Comment

Escribir comentario
quote
bold
italicize
underline
strike
url
image
quote
quote
smile
wink
laugh
grin
angry
sad
shocked
cool
tongue
kiss
cry
smaller | bigger

security code
Escribe los caracteres de la imagen


busy
 
@2008 Cuba Underground. Todos los derechos reservados.