Plusvalía.
La moneda tenía el sol por una cara y una pirámide por la otra. El cajero la tomó con agrado, marcó tres números en la caja, envolvió las compras con papel de plástico y devolvió la moneda.
Nadie pareció advertir el saqueo.
“Esto es una estafa”, dije.
XXX me miró sorprendido: “Qué sabrás tú del valor de cambio”.
Entonces ya salíamos de la tienda, y justo ahí se me ocurrió que yo también debería probar.
“Vale”, dijo XXX sin al menos añadir “mucho cuidado”.
Traspasé la fila de detergentes, llegué al mostrador y pedí al empleado todo lo que vendía. “¿Cómo TODO lo que se vende?”, preguntó confundido. Despacio le enseñé la moneda milagrosa y comprobé con alivio como el rostro del hombre se relajaba en un gesto tranquilo. “Déjenos su dirección por favor, vuelva pronto”, dijo.
¿Eso dijo o no habré entendido nada? Empecé a gritar eufórico, a lanzar paquetes de los estantes, a formar y deformar torbellinos. Vi llegar sorprendidas a las autoridades, les solté como pude que no era mía la culpa. “¡El culpable es aquel! ¡Ese! ¡El sujeto del taparrabos con la crucecita en la espalda!”. Me arrastraron como a un loco y me encerraron en esta camioneta. Y echaron la moneda por la ventanilla.
Ahora no grito. XXX me mira con tristeza.
Yo mismo estoy desconsolado.
Dios ya no me lleva de compras.
María Antonia Miranda.
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