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LA MONEDA, LA BÓVEDA, YO SÓLO TRATO DE ALCANZAR Imprimir E-Mail
escrito por Ronaldo Menéndez   

Fermín llena el cuarto con todos sus deseos insatisfechos y comienza a rumiarlos a la velocidad con que el reloj despertador deja correr sus manecillas un cuarto de hora. El reloj le mira fijamente al pecho y Fermín lo sabe, entonces levanta los ojos carmelitas dejando su cara a merced del tiempo. Después de diez minutos es imposible seguir hundido en el sofá a causa del reloj que le ha metido en el estómago todo el tiempo del cuarto. Se levanta, enciende un cigarro y pasea ocho veces la distancia entre el sofá y la pared, que es de tres metros; después con el cabo enciende otro. Hubiera repetido esta operación hasta el agotamiento de no ser por el sonido del teléfono que lo hace orientarse hacia la mesita de noche. Lo descuelga y del otro lado está La Rosa con la voz llena de alcohol:

¿Fermín? (...) Ya encontré al tipo con el Sida (...) Sí, sí, la cosa es mañana (...) An-já (...) Doce de la noche. Donde tú sabes (...) Sí, claro... a quien tú puedas, claro (...) El Chino es el que anda perdido con la flaca esa (...) O.K. O.K. No te preocupes... Chao.

Permanece alrededor de medio minuto con el oído abierto al auricular que tiene dentro un sonido infinito.

Sabe donde hallar al Chino.

Apaga la luz y cierra la puerta dejando el cuarto vacío. Calle abajo tropieza con Julio que tiene un par de audífonos por donde sale un estruendo seco. Le da un cigarro y siguen juntos hasta la Bóveda que es donde el Chino mira los murciélagos, compartiéndolos con una flaca de pelo dormido y dedos rectos como cigarros. Los murciélagos se echan a volar desde la prehistoria del tendido eléctrico para dibujar miles de círculos en el negro de la Bóveda, donde el Chino cree adivinar pasadizos de vitalidad que duran lo que un ascenso entre Desedrina y Desedrina.

La flaca es azul, aunque bella, y no soporta las pastillas, prefiere la hierba que le llega gratis —¿Quieren?— y se achica entre las piernas del Chino que sigue adivinando rarezas por encima de sus seis pies. Julio recibe medio cigarro y absorbe sin quitarse los audífonos. Si suelto el humo por las orejas ahogo a Robert Plant. Dice dejándolo escapar mientras habla, después, famélico; olfatea la humareda que hace anillos lentos. Entonces fuma por la nariz y le pasa el cigarro a Fermín.

La cosa es mañana.

El Chino desocupa sus ojos por un momento y arruga el entrecejo: ¡De pinga! Y aprieta a la flaca entre sus piernas. ¡Al fin! Julio queda pensando.

Oye, oye — Fermín le pone el dedo en el hombro —, ¡Qué carajo te pasa, no te vayas a rajar!

Julio se quita los audífonos y vuelve a fumar. Para no matar a Robert Plant, y la humareda se esconde en el aire de la Bóveda. Absorbe tres veces seguidas y se entierra el humo en los pulmones mientras tiñe los ojos. ¿Rajarme yo? Entonces se coloca los audífonos llenando el cuerpo de contorsiones aparentemente arrítmicas. Mientras da una segunda vuelta toma el alfiler que pendía del pulóver y se pone a improvisar con voz disfónica:

Un pinchacito-ito un pinchazote-ote y ya

un pinchacito ito ito

con la muerte en una aguja bruja

ya llegó la bruja

ya llegó la bruja quién lo iba a decir

ya llegó ya llegó

Se detiene de repente.

—¿Dónde hallaron la Bruja, eh? — y mira a Fermín con ojos de animal en acecho.

—¿Al tipo?... No sé bien, fue La Rosa... Seguro que se lo encontró por ahí y se lo templó...

Ja... Dos pájaros de un tiro...

—Un pájaro y una bruja dirás tú... "El que muere por su gusto, la muerte le sabe a helado de chocolate". —Hizo un espacio y miró al Chino que seguía en la prehistoria —. Mañana a las doce, donde ustedes saben.

El Chino bajó la vista: Dicen que hay un polvo mágico por ahí. La flaca asiente con la mitad de una sonrisa. Cien pesos y mañana cogemos tremenda carga.

Fermín mira con una mueca de duda: ¿Cien pesos?... Está duro...

—Qué carajo... coca de la buena.

—De la buena — apoya la flaca con la mano en el coraón.

La conversación reduce la cara de Fermín a un par de ojos redondos como balines: — Oigan... mañana es la cosa, hay que avisar a la gente — después fuma un cabo largamente — Me voy. Muévanse.

 

Mejor a las once, yo sé por qué lo digo. Espero que el Chino lo sepa ya — dijo La Rosa mientras yo miraba que el reloj despertador no había sonado aún pero volvía a caerme conj su tiempo en el cuarto que ahora era todo azul, con una grieta enorme en la pared donde entraban y salían los ojos de La Rosa con expresión de mueble viejo. Yo sólo trato de alcanzar, ¿tú me entiendes, Rosa? Y ella embarra el azul sobre su piel azul para dejarse olvidada en el sofá sin fondo.

Cuando me lavé la cara el espejo me devolvió una mirada carmelita que me hizo notar que a mis espaldas todo estaba en orden. Entonces ordené el día: Lo primero era correr la bola del adelanto de la hora: —Yo sé por qué te lo digo —dijo La Rosa mientras yo miraba el despertador —. Esta gente se las sabe todas y a lo mejor nos joden —Después vería al Chino para saber lo del polvo y de paso coger una buena carga, no vaya a ser que pensemos demasiado y nos apendejemos. Aunque yo ya estoy decidido, Julio es el que me asusta un poco... Comemierda... Lo más inmediato era templarme a La Rosa, ella no me busca en mi casa a no ser que quiera que la coja. Lo último, antes de ir al parque, va a ser caminar por ahí, dejando que la gente me vea con una buena carga y con el Chino.

Fermín se desnudó para salir del baño y se dejó caer entre el sofá y La Rosa. Inventaba que era algo místico y hacía que el pelo de La Rosa fuera el de Caterine y el de Mirta y por qué no, el de la Flaca que era un apéndice del Chino. Para entonces notar que no cabían tantos en el sofá. Yo sólo trato de alcanzar, ¿tú me entiendes, no? Y el tiempo echó a correr hasta detenerse en el hambre de las doce. La última cena dijo haciendo un hilo de risa en la cara de La Rosa. Después el tiempo se fue hasta las doce de la noche.

Falta Julio, yo sabía. Maricón. La Rosa saca un frasco rojo y una jeringa. Sin ceremonias, esto es rápido que la cosa me huele mal.l Y el primero en pincharse fue el Chino, ahora voy a acabar con medio mundo. Y la segunda fue la flaca que colgaba del Chino, después Fermín. Fermín tú no, él y yo por la mañana nos acostamos y ya se jodió. El Chino llena la cara con la incredulidad del resto: no jodan, como todo el mundo, y tú también por si acaso. La Rosa enciende los ojos pero Fermín dice está bien y ya tiene clavada la jeringa con un émbolo lento y seguro. Aplausos y la flaca hace un fondo de risa oscura abriendo sus piernas de flamenco.

Comentarios (1)Add Comment
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escrito por Guillermo Alvarez, 06/27/08
Es como un suicidio.
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