IVAN FARIÑAS Y VIENTO SOLAR: ¿EL ABUELO “IMPRESENTABLE” DEL ROCK CUBANO? ¿UNA BANDA SIN MAS MÉRITO QUE LA PERSISTENCIA…O UNA CONSPIRACION GREMIAL DEL SILENCIO?
Tú, joven rockero made in Cuba, 200% “en la onda” y que en tu radicalismo visceral solo aceptas el metal más extremo, mejor todavía si es cantado en inglés, estilo Teufel, Combat Noise, Cry Out For, Mephisto, Agonizer, Congregation y por el estilo.
Tú, friki 200% que sueñas con algún día tener tu propio grupo, que aún lloras el ya mítico y nunca bien ponderado Patio de María y que eres punto fijo en G y 23. Tú que no has perdido ese ímpetu juvenil imprescindible para preparar la mochila e irte de buenas a primeras de guerrilla a un Festival de Rock Metal organizado en Pinar del Río por Kiko el de Tendencia, que ¡cosas de estos tiempos que a más de uno habrían sorprendido allá por los 70! es en esa provincia nada menos que presidente de la AHS.
Tú, en fin, que te crees bien informado porque tienes socios extranjeros o con contactos, acceso aunque sea ocasional a Internet y compras El Punto G, Scriptorium y otros fanzines, que no solo sabes siempre quién toca cada jueves por la noche en el Salón Rosado de La Tropical sino también cuál es el último grupo de rock internacional que dijo que quería venir a Cuba este año…
A ver tú, tú mismo, dime: ¿te suena el nombre de la banda Viento Solar? ¿y el de su líder, un personaje llamado Iván Fariñas, alias El Terrible o El Loco?
Si tu respuesta es positiva, apuesto a que también dirás riendo que al individuo en cuestión lo mejor es no tomárselo muy en serio, porque es un viejo loco, testarudo y cascarrabias, falto de swing y anacrónico, que ni canta ni toca bien la guitarra pero aún así tiene hace mil años un ¿grupo de rock? que suena tan a luzbrillante que dan pena.
Pero ¿sabes quién es de veras ese viejito gritón y cabeciduro? Y, sobre todo ¿has oído la clase de música que él y su “ridícula banda” hacen?
En todo movimiento cultural hay algunos afortunados advenedizos que entran en la historia solo por conocer a la persona justa o estar en el lugar adecuado en el momento preciso. Pero, como contrapartida, existen también los eternos olvidados, quienes, no obstante su antigüedad, su calidad artística o su simple tesón, son sistemáticamente ignorados o relegados por la crítica, el público y hasta sus colegas.
Y bueno, el rock cubano no iba a ser la excepción de esta regla ¿no?
Lo primero, aclarar desde ahora que no se trata de que Iván Flavio Fariñas de Armas sea un total desconocido de la más bien anémica crítica rockera nacional, que nunca haya aparecido en TV, o tocado en festivales ni grabado jamás un disco.
Sin que por eso vayan tampoco al otro extremo y se hagan la idea de que la suya es una banda “oficialista” de esas que tienen todas las facilidades y recursos a su disposición. Fariñas, no faltaba más, carga con el mismo incómodo expediente de “músico maldito” que tantos otros de sus colegas rockeros de la isla.
Y no es este tampoco el espacio idóneo para discutir la curiosa paradoja de cómo, aunque el género nunca estuvo oficialmente prohibido en Cuba, siempre fue y para muchos aún sigue siendo una música foránea, impresentable y estridente, y sobre todo culpable del imperdonable pecado capital de diversionismo ideológico.
Por H o por B, el caso es que mucha incomprensión y censura oficiales han tenido que sufrir Iván Fariñas y su Viento Solar: les han clausurado conciertos ya anunciados, y no uno ni dos, sino muchos. Les han incluso saboteado su hasta hoy único disco Memorias de Iván Fariñas y, curiosa ironía, tras haber sido en 1994 el primer grupo de rock admitido en mucho tiempo en una empresa musical estatal, entre el 2001 y el 2005 fueron expulsados de la Adolfo Guzmán por la entonces responsable del departamento técnico Susana Junco “porque el rock no es del interés de una institución dedicada a promover música cubana”. En lo que va de siglo XXI raro ha sido el año en que la banda ha logrado presentarse en público más de dos o tres veces, aunque Iván El Cabezón sigue ensayando religiosamente con sus siempre nuevos integrantes.
Y tampoco es solo en algún indefinible pasado remoto lleno de errores ya subsanados que Iván ha sido discriminado: todavía más recientemente, en el 2006, cuando se presentaba con su banda en el Club Atelier, los propios empleados del lugar lo boicotearon desfachatadamente diciendo a todo el que llegaba que no había ningún grupo tocando, por lo que tuvo que suspender las actuaciones tras una única semana.
Aunque todavía eso resultaría casi comprensible, lógico, natural. Como decía la letra de aquel tema de los inmortales heavys españoles Barón Rojo: ¡rockeros al infierno! Se supone que a ninguna institución oficial les interese promoverlos ¿no?
Pero cuando se considera que tampoco nunca los han invitado a ningún Festival de Rock en provincias y que incluso en el rockeramente sacrosanto Patio de María los Viento Solar solo pudieron tocar una vez, en el 98, la conclusión evidente a la que se llega es que el pobre Iván y su grupo enfrentan un tipo de rechazo incluso peor que el de los demás rockeros cubanos. Porque hasta los de su propio gremio los critican, los discriminan y los niegan en una extraña especie de conspiración de silencio.
¿Por qué?
¿Será por vergüenza? ¿Por miedo a que piensen que todos los rockeros son unos locos tan faltos de swing como él?
Es cierto que Fariñas carga a sus espaldas con toda una leyenda de excesos, si bien más ridículos que impresionantes. El mal genio y la falta de sentido del humor con los que reacciona ante cualquier crítica a su banda son famosos. Digamos que a veces es un tipo excesivamente susceptible, para ser diplomáticos.
Y sus atuendos… bueno, pues punto y aparte. Es como si nunca hubiera sabido muy bien por dónde iba la cosa de la extravagancia rockera. Se le recuerda en 1986 en el anfiteatro de Alamar ¡con una corbata! atada alrededor de las sienes, en desangelada imitación de badana. O, nervioso, enredando en pleno solo el cable de su guitarra en unos coloridos e incongruentes tirantes con los que sostenía su pantalón, en un Festival de Rock en la misma localidad, a principios de los 90. Y sus combinaciones de anchos bermudas y tenis blancos con sombrero borsalino de ala ancha son igualmente antológicas, incluso en fecha tan reciente como el 2000, durante la presentación de su disco Memorias de… en el cine Acapulco.
Tiene además el dudoso mérito de haber sido el único rockero que, para rivalizar con los excesos escénicos de Alice Cooper o Kiss, se ha comido en plena actuación ¡la suela de un zapato!. O de, a finales de los 70, cuando actuaban en La Zorra y El Cuervo, haber puesto casi involuntariamente a todo el público a buscar por el suelo a cuatro patas ¡su uña de rasguear la guitarra! que se le había caído, deteniendo la actuación por casi veinte largos minutos para reanudarla cuando fue encontrado el adminículo, como si nada hubiera pasado.
Son también tristemente famosas ciertas declaraciones suyas, sobre todo aquella de “Cuando yo me muera, me enterrarán con la guitarra en una mano, y en la otra… bueno, en una mano la guitarra, y en la otra, ustedes saben ¿no?” o el que ¿seria irónicamente? dice que aspira a que sea su epitafio, en clara alusión a lo duro e idealista de su lucha contra tantos obstáculos: “Aquí yace un comemierda”
Pero se diría que todo eso no basta para explicar el ostracismo al que parece haberlo condenado el gremio de los músicos rockeros en pleno. A fin de cuentas, el rock nunca ha sido un género lo que se dice sobrio, ni sus cultivadores se han distinguido por lo conservador o coherente de sus atuendos, ni por lo ortodoxo de sus costumbres u opiniones.
¿Será entonces porque es mal músico?
Hay que escuchar atentamente su disco, o acudir a alguna de sus esporádicas actuaciones en vivo. Lo primero que se advierte es lo heterogéneo del repertorio de Viento Solar, que va del rhytm and blues y la psicodelia hard rock más ácida hasta registros mucho más contemporáneos como el trash, el nu metal y fusiones con el hip hop. Iván se atreve con todo, y si bien no todo le queda igual de bien, la verdad es que conserva siempre un timbre característico, un “sonido garage” teñido de punk que se percibe tanto en lo elemental de los ritmos de su batería como en su ecualización.
¿Fariñas como cantante? Su voz es estridente y nada excepcional en sus registros, pero sí, paradójicamente, convincente y camaleónica en sus múltiples desdoblamientos. No canta con estilo, pero sí con oficio y con sinceras ganas.
En cuanto a su talento guitarrístico, como compositor recuerda lejanamente a Keith Richards:sin aspirar a emular la vertiginosa digitación de virtuosos de las seis cuerdas como Joe Satriani, Steve Vai, Eddy Van Halen o Ingwie Malsteem, ni tampoco el timbre pesado y seguro de un Eric Clapton, pocos negarán que Iván El Terrible tiene lo que podríamos definir como una envidiable habilidad para dar con riffs sorprendentemente pegajosos y eficaces, y tocarlos con un estilo a la vez tan inspirado y roñoso que es casi punk y mucho recuerda al de los Ramones, aprovechando hábilmente las posibilidades de los pedales clásicos, como el wah, el flanger, el fuzz, el distortion y el chorus.
Entonces, si no es tan malo como dicen, una sospecha surge:
¿Será acaso por envidia?
Y entonces ¿envidia de qué?
De su éxito económico no será; basta con visitar su apartamento de Centrohabana, con su juego de sala de muebles rotos y la batería del grupo que ocupa casi por completo uno de los cuartos con paredes descascaradas, para darse cuenta de que no es precisamente riqueza lo que le han reportado cuarenta años de rock a Iván El Loco. Cuenta él mismo que cuando Benito Zambrano, el director de Havana Blues visitó su casa buscando un grupo de “rockeros viejos”, no pudo contener una mueca al darse cuenta de las condiciones en las que vivía: él buscaba cierta pobreza pintoresca que podría lucir bien en una película… pero no tanta.
Ahora bien, démosle una repasadita a su currículum.
Y aunque este artículo no pretende ser un panegírico ni un detallado recuento al estilo de los que ya han dedicado a Fariñas y su banda firmas tan importantes como Humberto Manduley, Eduardo Del Llano, Joaquín Borges Triana, Ernesto Pérez Castillo o Carlos Fornés, resulta que la trayectoria del singular personaje es tan nutrida e impresionante que simplemente no se puede ignorar.
Intentaremos resumirla, al menos en el aspecto musical, porque más allá del rock, y como tantos buenos self-made-men, Iván Fariñas ha hecho de todo, desde reparar aviones hasta ser normador de una empresa gráfica, pasando por cortar caña, y solamente su vida ya merecería una película.
Hijo de una profesora de contrapunto y dirección coral a los doce, imitando a sus ídolos del rock and roll cuyos discos le traía su hermana Leda Astrid, 12 años mayor y entonces azafata de American Airlines, ya tocaba guitarra, piano, armónica y cantaba en Los Halcones (1961) una banda que por la semejanza ideológicamente peligrosa de su logotipo con el águila imperial norteamericana, pasó a ser Cuarteto Negro en el 65 y Quinteto Negro en el 66.
En el 67 le tocó el Servicio Militar, en la Fuerza Aérea Revolucionaria, como ¡mecánico de helicópteros! Antes de volver a la vida civil participaría en la agotadora y fallida Zafra de los 10 millones, llegaría a ser técnico de vuelos y miembro de la formación original de un grupo de rock mítico, Los Gafas.
Entre el 70 y el 74, la época dorada de las guitarras eléctricas que electrocutaban de verdad cuando alguien las tocaba descalzo y las fiestas de 15 con combos tocando en vivo, Fariñas hizo covers en inglés en Musical Power Men, que luego se dividiría en otros dos conjuntos “imitadores” inolvidables: Sesiones Ocultas y Nuevas Generaciones. En 1974 junto con Enrique Illa, un baterista ranqueado entonces entre los mejores de Cuba, funda el efímero Illambaby, que naufraga ¡por la cantidad de músicos que iban a los ensayos a tocar y “meter la cuchareta”! y finalmente en 1975 crea el conjunto al que hasta hoy dedica todos sus esfuerzos: Viento Solar.
Viento Solar no se caracteriza ciertamente por la estabilidad de su formación. Tanto es así que casi podría decirse que ha sido una especie de escuela para los cientos de músicos de rock cubanos que por sus filas han pasado, de los que luego muchos se destacarían en otras agrupaciones.
Pero se equivocan de medio a medio los que dicen que nunca fueron populares ni buenos. En el 78, aún siendo aficionados, tocaron durante un año entero en el hoy club de jazz La Zorra y El Cuervo, con lleno total, éxito a raíz del que los contrató el Poder Popular de Granma para que actuaran en Manzanillo y Bayamo, en cuya emisora provincial grabaron el antológico Soul in blue. Volvieron a la capital y los acogió el hoy derruido Rumba Palace, tocaron en una fiesta del MININT, fueron a Varadero y actuaron sistemáticamente en varios Círculos Sociales de Marianao…
Fariñas es y ha sido siempre un animal adaptable: aunque en sus inicios fuertemente marcado por el rock and roll, el rockabily y el rhytm and blues, registros en los que todavía da lo mejor de sí, ha sabido reinventarse a sí mismo y a su grupo cada vez que ha hecho falta. Durante los tempranos 80, surfeando en la ola del heavy metal en español y los covers de Barón Rojo, Angeles del Infierno, Banzai y compañía, Viento Solar tocó sistemáticamente, y ya no en inglés sino en el idioma de Cervantes, en el Anfiteatro de Alamar, junto a grupos tan importantes como Venus, Gens, OVNI, Takson, Géiser, Red X y Metal Oscuro. Luego asimiló las influencias trash en los 90, probó el crossover con el hip hop, y hoy por hoy todas estas etapas se perciben en su repertorio, verdadero muestrario de la historia del rock nacional.
Pero más allá de su asombrosa “hoja de servicios” nos atreveríamos a decir que hay algo todavía más de envidiar en la carrera de Fariñas: su notable capacidad para hacerse notar, lo mismo ante músicos y críticos extranjeros, vengan o no a Cuba, que ante los especialistas nacionales… como para refutar aquello de que nadie es profeta en su tierra.
Para empezar, aunque no cronológicamente, el cariñoso apodo de abuelo del rock cubano que Iván ostenta con tanto orgullo se lo adjudicaron nada más y nada menos que los músicos del supergrupo pop inglés Manic Street Preachers, que también le obsequiaran un bajo eléctrico nuevo a través de Michael White, consejero cultural de la embajada británica.
Y hay otros ejemplos. Ya mucho antes su tema Gato había sido incluido entre las 500 canciones más representativas del rock hispano en la lista californiana de la Billboard en español. Y otra de sus composiciones, Viejas Canciones, durante 11 meses estuvo en la lista Latinenergy de la SGAE en España, y llegó incluso a ser número 1. Un videoclip facturado por Geosvany Daniel sobre su tema Amo la Vida se presentó en el XXI Festival de Cine Latinoamericano con gran éxito de crítica y público. Tocaron junto al grupo punk alemán Die Toten Hosen cuando vinieron a La Habana.
Y, last but not least, gracias a que Fariñas, a despecho del conservadurismo y el recelo por el soporte informático que sería lógico esperar en alguien de su edad, es un habitual de Internet, sus artículos y comentarios aparecen con regularidad lo mismo en publicaciones virtuales nacionales como La Jiribilla y Revolución y Cultura que en sitios como Indyrock, aunque el incansable rockero de Centrohabana percibe bien poco por tales colaboraciones, lo mismo que por sus temas en concepto de derecho de autor por su disco, en venta en los sitios de Rolling Stone. com y Rhapsody.com
¿Entonces?
Resulta que ni es tan mal músico, ni tan desconocido fuera de Cuba. Más bien una especie de Quijote rockero, que ha encanecido luchando por reivindicar su inalienable derecho a tocar la música que le gusta.
¿Será acaso precisamente eso lo que les molesta a sus colegas con menos años? Que con su existencia demuestre día a día que alguien puede luchar y luchar durante décadas y no rendirse aunque tampoco logre el añorado éxito, en vez de optar por los caminos que tantos mucho más jóvenes que él han ya elegido y eligen cada día: ya sea abandonar el rock por otros géneros musicales más comerciales y menos conflictivos para poder vivir de sus talentos como músicos, o bien dejar la música radicalmente.
En todo caso ¿es acaso responsable Iván de tales concesiones o deserciones? El solo pide que no lo nieguen, discriminen, aparten ni condenen más al ostracismo. Que acaben de aceptarlo como y dejarlo ser lo que es: un dinosaurio que aún camina sobre esta tierra de guitarras distorsionadas y voces rasgadas. Que reconozcan su esfuerzo, su dedicación, su trayectoria, su visceral condición rockera.
Mil veces ha demostrado su tolerancia y amplitud de criterio no solo incorporando a su música las influencias rockeras del momento, sino también invitando a otras bandas a tocar con su irredento Viento Solar, sin importarle lo mestizo o lo extremo del metal que cultiven. Pocas han aceptado. ¿Por miedo a contaminarse… o a quedar malparadas en la comparación con el grupo del abuelo del rock cubano?
¿Por qué no le conceden al menos el beneficio de la duda, y aceptan su desafío musical? Ahora y no en un futuro próximo. Hoy mismo, antes de que pasen los años y sea demasiado tarde, y haya que escuchar a alguien decir con nostalgia: “¿Se acuerdan de Iván Fariñas, el de Viento Solar? Qué lástima que ya no esté… el viejito estaba loco, pero era bueno en lo suyo, la verdad…
3 de abril de 2007
La formación actual de la banda, tras cientos de cambios es: Fariñas, guitarra prima y voz, Josué Calás Soler en la batería; en los teclados, Marco Antonio Alvarez. En el bajo, Victor Jesús Hernández ; y guitarra acompañante, Yasser Luis Torres. Ah; el viento solar, para los que se preguntan si es una metáfora extraña o puro invento, es el flujo de energías y partículas cargadas que despide el astro rey. Un concepto astrofísicamente muy respetable. La idea de ese nombre fue de Silvio del Valle, un amigo de Fariñas desde los 70.
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