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Cuentos por y para rockeros: El Establo Imprimir E-Mail
escrito por Raúl Aguiar & Yoss   

5. Cuentos por y para rockeros: El Establo

En el año 1987, con el propósito de hacer un taller literario verdaderamente abierto, se reúnen un grupo de jóvenes: algunos desconocidos entre sí y otros más o menos relacionados desde su iniciación en el nivel más elemental de los talleres literarios de las casas de Cultura. Después de una extensa lectura de cuento y poesía, los autores Raúl Aguiar y Ronaldo Menéndez proponen formar un grupo literario juvenil. De esta idea al vuelo surge un poco más tarde El Establo. El nombre es tomado de la novela Itzam na del guatemalteco Arturo Arias, ya citada.

El Establo no fue una secta culterana, sino un grupo abierto e independiente, un lugar ambulante donde jóvenes escritores, trovadores, pintores o simplemente ansiosos, acudían a voluntad y dejaban correr libremente sus proyecciones personales, sus deseos de escucharse unos a otros y de sentirse parte de algo. Con el tiempo y la estabilidad de algunos de sus fundadores, lecturas comunes y discusiones interminables sobre temas diversos, se va formando el gusto por cierto tipo de escritura, por cierta concepción ideoestética, ligada a lo testimonial, lo marginal y lo sociológico; y más que esto, va tomando cuerpo esa tendencia moderna según la cual el creador se asume como elemento activo de su entorno, capaz de ofrecer un discurso insertable en la dinámica de su tiempo. Ya para entonces los muchachos (así son llamados con un ambiguo paternalismo por algunos funcionarios de las Casas de Cultura) se hacen omnipresentes en talleres literarios, lecturas programadas y concursos municipales, conquistando sus primeros premios y provocando el choque de un tipo de literatura hasta entonces inédita en estos medios: aparecen los primeros héroes, más que personajes, de pelo largo. Aparecen consumiendo psicofármacos, escuchando una música estridente y denunciando con su marginalidad e inadaptación, que los jóvenes no son tan inocentes, ni componen una masa indiferenciable dentro de una sociedad monolítica, ni sus problemáticas se reducen, como parecía ser en los textos de la generación anterior, a los avatares del sistema educativo y la iniciación erótica.

no fue una secta culterana, sino un grupo abierto e independiente, un lugar ambulante donde jóvenes escritores, trovadores, pintores o simplemente ansiosos, acudían a voluntad y dejaban correr libremente sus proyecciones personales, sus deseos de escucharse unos a otros y de sentirse parte de algo. Con el tiempo y la estabilidad de algunos de sus fundadores, lecturas comunes y discusiones interminables sobre temas diversos, se va formando el gusto por cierto tipo de escritura, por cierta concepción ideoestética, ligada a lo testimonial, lo marginal y lo sociológico; y más que esto, va tomando cuerpo esa tendencia moderna según la cual el creador se asume como elemento activo de su entorno, capaz de ofrecer un discurso insertable en la dinámica de su tiempo. Ya para entonces los muchachos (así son llamados con un ambiguo paternalismo por algunos funcionarios de las Casas de Cultura) se hacen omnipresentes en talleres literarios, lecturas programadas y concursos municipales, conquistando sus primeros premios y provocando el choque de un tipo de literatura hasta entonces inédita en estos medios: aparecen los primeros héroes, más que personajes, de pelo largo. Aparecen consumiendo psicofármacos, escuchando una música estridente y denunciando con su marginalidad e inadaptación, que los jóvenes no son tan inocentes, ni componen una masa indiferenciable dentro de una sociedad monolítica, ni sus problemáticas se reducen, como parecía ser en los textos de la generación anterior, a los avatares del sistema educativo y la iniciación erótica.

Estos nuevos personajes no son símbolos ni estereotipos, sino partículas vivientes y sobre todo crítico-pensantes de una realidad contradictoria, que al ser llevadas a un tratamiento literario son sensibilizadas y mostradas en toda su dimensión.

A partir de ese año el Premio David permanece en El Establo: En 1988 con los libros Adolesciendo (cuento), de Verónica Pérez Kónina y Timshel (narrativa de ciencia ficción), de José Miguel Sánchez (Yoss). En 1989 con el libro La hora fantasma de cada cual (cuentinovela), de Raúl Aguiar Álvarez… que solo sería publicada en 1995, por siniestros avatares editoriales. En 1990 con el libro Alguien se va lamiendo todo (cuento), obra conjunta de Ricardo Arrieta y Ronaldo Menéndez Plasencia.

Estos premios sucesivos - y otros muchos de menor envergadura - que son obtenidos por los integrantes del grupo, legitiman un tipo de literatura que comienza a ser definida por la crítica como Cuento - testimonio, cuento freakie o violento. Si algo queda claro desde un primer momento es que esta literatura opera como un sistema ideoestético abierto y en resonancia con su realidad más inmediata. La mal llamada literatura freakie o literatura de los freakies, marca la emergencia de un sujeto colectivo que más que mostrar exhibe desenfadada, casi provocativamente lo diferente de sus modos de vida. Sus prácticas grupales constituyen toda una subcultura del límite, del margen. Cultura signada por la no identificación con aquellas concepciones que conforman el espacio discursivo reconocido, y cuyo principal elemento nucleante es la música rock.

Estos autores se erigen en portavoces del grupo minoritario al cual pertenecen. Los escritores-rockeros escriben y hablan de la vida de los rockeros sin voz, también su vida, e insisten además en que forma parte, y con pleno derecho, de esa realidad cubana que debe reflejar la literatura.

Esta relación de pertenencia - pertenencia muchas veces construida ficcionalmente a través del hecho literario - entre escritor y grupo social, parodia, cuestiona y deconstruye el concepto de compromiso asimilado hasta entonces de manera reductivista por los críticos y escritores de generaciones anteriores.

Las múltiples fuerzas que atraviesan a los escritores freakies: En un primera etapa, cierta voz autoral de un marcado carácter lúdico, que dice ser el reflejo del modus vivendi de sus personajes. Con la evolución de las poéticas individuales –y la influencia de otras zonas emergentes en la narrativa- comienza a desarrollarse una escritura autoconsciente de sus mecanismos de producción y a la vez cuestionadora de los mismos.

Esta zona de nuestra escritura, insertada como parte significativa del fenómeno que se ha dado en llamar los novísimos narradores cubanos, anuncian a finales de los ochenta la resonancia de un verdadero boom en la narrativa cubana, homologable, evidentemente, a la eclosión en la plástica que le es contemporánea. El derrumbe repentino del campo socialista y sus nefastas consecuencias para la economía cubana, sumergen este boom en un silencio editorial del cual escapan en un último lance los libros ganadores del Premio David de 1988, de Verónica y "Yoss".

El Establo subsiste como grupo hasta el año 1990. A pesar de su carácter abierto, estuvo integrado fundamentalmente, en su parte literaria, por Verónica Pérez Kónina (Adolesciendo, Premio David 1988); Raúl Aguiar Álvarez (La hora fantasma de cada cual, Premio David 1989; Mata, Premio Pinos Nuevos 1995; Daleth, 1995 y La estrella bocarriba, 2001), Ricardo Arrieta Pardo (Alguien se va lamiendo todo, Premio David 1990); José Miguel Sánchez, "Yoss", (Timshel, Premio David 1988, W, Premio Pinos Nuevos 1995, Los pecios y los náufragos, Premio Luis Rogelio Nogueras 1998) Ronaldo Menéndez Plasencia, (Alguien se va lamiendo todo, Premio David 1990, El derecho al pataleo de los ahorcados, Premio Casa de las Américas 1997, La piel de Inesa, Premio Lengua de Trapo 1999) y Daniel Díaz Mantilla (Las palmeras domésticas,1996, en.trance, Premio Abril 1997). También lo frecuentaron en distintos períodos Sergio Cevedo (La noche de un día difícil, Premio David 1987; Anglóstica, Premio del concurso internacional "Fernando González"); Ena Lucía Portela (El pájaro: pincel y tinta china, Premio UNEAC de novela 1997, Una extraña entre las piedras, 1999, La sombra del caminante, 2001); Karina Mendoza Quevedo y María Cristina Fernández.

subsiste como grupo hasta el año 1990. A pesar de su carácter abierto, estuvo integrado fundamentalmente, en su parte literaria, por Verónica Pérez Kónina (Adolesciendo, Premio David 1988); Raúl Aguiar Álvarez (La hora fantasma de cada cual, Premio David 1989; Mata, Premio Pinos Nuevos 1995; Daleth, 1995 y La estrella bocarriba, 2001), Ricardo Arrieta Pardo (Alguien se va lamiendo todo, Premio David 1990); José Miguel Sánchez, "Yoss", (Timshel, Premio David 1988, W, Premio Pinos Nuevos 1995, Los pecios y los náufragos, Premio Luis Rogelio Nogueras 1998) Ronaldo Menéndez Plasencia, (Alguien se va lamiendo todo, Premio David 1990, El derecho al pataleo de los ahorcados, Premio Casa de las Américas 1997, La piel de Inesa, Premio Lengua de Trapo 1999) y Daniel Díaz Mantilla (Las palmeras domésticas,1996, en.trance, Premio Abril 1997). También lo frecuentaron en distintos períodos Sergio Cevedo (La noche de un día difícil, Premio David 1987; Anglóstica, Premio del concurso internacional "Fernando González"); Ena Lucía Portela (El pájaro: pincel y tinta china, Premio UNEAC de novela 1997, Una extraña entre las piedras, 1999, La sombra del caminante, 2001); Karina Mendoza Quevedo y María Cristina Fernández.

Desacralizados los temas tabués del rock, la droga y la marginalidad juvenil en la narrativa cubana, estos empiezan a ser tratados en alguna que otra ocasión por otros novísimos como Amir Valle, Atilio Caballero, Alberto Garrido, Diana Fernández, Juan Ramón de la Portilla (En el techo, cuento aparecido en el Anuario de la UNEAC, 1994, de narrativa) o Alberto Guerra, (Giros, en su cuaderno titulado Disparos en el aula, Premio Luis Rogelio Nogueras 1992), y casi de inmediato se produce un efecto de feed back con escritores de promociones anteriores como Eduardo Heras León, Leonardo Padura y Ana Luz García Calzada (Minimal son, Heavy rock), entre otros, que deciden también probar armas en este terreno.

Hacer cuentos de freakies pronto se convierte en una moda más, como las del gay, el balsero y la jinetera, y las nuevas historias que comienzan a aparecer en los encuentros de talleres literarios no aportan más elementos sustanciales a esta temática. Se hace necesario otro enfoque, más allá de la visión puramente anecdótica o representativa de una subcultura.

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