Admito que el título no es más que un mal remedo de Juan Ramón Jiménez. En la escuelita rural de Cuba donde hice mis primeros estudios, la lectura de Platero y yo, era un tema más que recurrente. Como si el viejo poeta español, hondo e intenso –que ya para entonces había fallecido en el exilio-, no hubiese hablado más que con su asno.
A poco de terminar aquellas escuelas, recién llegado a la ciudad –no una gran ciudad, pero sí mi ciudad-, postulé para un curso de escritores de radio y televisión. Ahora me leía a Isaac Babel; su Caballería roja se había convertido en mi paradigma de escritura; recuerdo que entonces –y aún hoy, inadvertidamente- escribía largos párrafos casi sin puntuación, acabando con los pulmones de los presuntos lectores. Un conocido artista de la televisión fue mi entrevistador para dictaminar mi admisión o no al curso. Viejo pícaro, cuando le expresé, orgulloso, mi admiración por el judío Babel me espetó: ¿Tú no sabes que Babel fue fusilado por traicionar a la revolución rusa? Eso, en la Cuba de los años 70, significaba una orientación peligrosa, ciertos gérmenes de lo que entonces se llamaba –y llama- diversionismo ideológico. Fue un cubo de agua fría. Salí del trance lo mejor que pude, pero tan anodina resultó mi actuación a partir de ese instante fatal, que el divertido artista-escritor-juez me endilgó una categorización de B. No sé exactamente –nunca he podido entender las categorías establecidas para nada- a qué se refería, pero yo hubiese querido la A.
De regreso del realismo socialista y de mi pueril dedicación a intentar escribir una rabiosa antipoesía plagada de indios, fusiles, obreros explotados, etc, vine a conocer algunas ovejas negras del rebaño (por cierto, Silvio Rodríguez tenía una canción referida a esa oveja, pero no la canta desde que contrajo el síndrome de Estocolmo), entre ellas un ruso –me decían que renegado- llamado Joseph Brodsky. De él es este párrafo:
Por alguna extraña razón, la expresión muerte de un poeta suena siempre de manera algo más concreta que vida de un poeta, quizás porque vida y poeta como palabras, son casi sinónimas en su positiva vaguedad, en tanto que muerte –incluso como palabra- es aproximadamente tan definida como la propia producción de un poeta, es decir, un poema, el rasgo principal del cual es su último verso (…) Así pues, cuando leemos a un poeta, participamos en su muerte o en la muerte de sus obras…
Las lecturas de Brodsky, como ustedes saben sancionado por conducta antisocial en la entonces Unión Soviética y posteriormente exiliado y Premio Nobel, me llevaron a escribir ciertos versos –aunque ortodoxos- no ajustados a la política cultural que, sin tapujos, el gobierno declara promover en la isla. Aunque los envié a amigos en otros lugares del mundo, dichos versos nunca fueron publicados… Pero un día, inesperada y misteriosamente, fui llamado a capítulo por la policía política. Al entrar al recinto, como aplicación práctica de los versos del Dante a las puertas del infierno, me despojaron de mi cinturón (quizás creyeron que, poeta al fin, podría suicidarme) y del documento de identidad (sin ese carnet simplemente no existes). Allí, en el confesionario, ante el nuevo sacerdote con grados de teniente, me acordé de Brodsky…
Me preguntó: ¿Eres miembro de la UNEAC (Unión de Escritores y Artistas de Cuba, diz que ONG)? No… ¿Perteneces a la Asociación Hermanos Saíz? No… Entonces, ¿quién te autorizó a escribir? No tuve otra alternativa que, literalmente temblando de pies a cabezas y copiando a Brodsky, responderle: Nadie, como tampoco nadie me autorizó a respirar o caminar… Terminó, luego de una larga plática plagada de amenazas veladas, pero en apariencia amigable, aconsejándome que no escribiera más versos a determinados caudillos. Por eso, tiempos después, escribí a mi vez algo sobre los poetas y la muerte:
Hay muchas formas de matar a un poeta –dice Alexander Solshenitsin- sin llevarlo a la tumba, a la muerte física. Para el poeta lo primero es la poesía y ésta necesita indispensablemente de su público. Cualquier presión excesiva sobre alguno de estos tres elementos –poeta, poesía, público- influye en los otros deshaciendo la empatía, el milagro. Las entidades conservadoras (“ortodoxias” las llama Octavio Paz) no admiten opiniones heréticas, ni apenas divergentes. El poder político, religioso o económico tiende a la inmovilidad en razón de su subsistencia. Una vez asumido el control del poder, la dinámica propia que de él emana impele a su mantenimiento supeditándolo todo, incluyendo al arte, a esa fuerza centrípeta. Es por ello que históricamente, luego de la eclosión inicial, los grandes imperios de poder, sabiduría o religiosidad se anquilosan y empantanan.
Quizás en algún otro momento, mostremos acá mismo el poema en cuestión que si no me costó la vida, al menos me causó un susto de muerte. Mientras tanto, tomo en préstamo los versos de otro poeta cubano para terminar mi tardía confesión acerca de la relación entre Juan Ramón, Babel, Josep Brodsky y yo:
Yo me retiro un tiempo, no me muero.
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