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El tema prohibido Imprimir E-Mail
escrito por Raúl Aguiar y Yoss   

 EL TEMA PROHIBIDO (O CASI):El rock: su reflejo en la narrativa cubana y mundial (primera parte)                                    Por Raúl Aguiar & Yoss 
El tema prohibido (1) The answer, my friend, is blowing in the wind (BobDylan)O brevísima historia del origen de la histeria. El rock como fenómeno socio-musical: sus albores.La sombra del precedente puede rastrearse hasta  la primera postguerra. Los EE UU intervienen en la Primera Guerra Mundial, enviando a sus hijos al frente casi al final de la contienda. Jóvenes haciendo el trabajo de adultos. Madurando en los campos de muerte. Oficiales de 20 años. Toda guerra, de algún modo, es injusta. Miles de muertos. Los sobrevivientes, de vuelta de casa, se niegan rotundamente a meterse de nuevo bajo el ala protectora del Gran Padre… o del Buen Tío Sam, su versión norteamericana. Trabajan por su cuenta. Son intocables, son héroes. Adultos con intereses de jóvenes. No hay quien les diga que deben entregar su sueldo en casa y luego pedir las migajas. Llegan The Roaring Twenties. Corte de pelo femenino a lo garçon, minifaldas, desenfreno… quizás habría nacido una auténtica cultura juvenil, pero primero la Ley Seca y luego la Depresión retrasaron el fenómeno hasta  la segunda postguerra.Así que la verdadera génesis se pospone hasta la segunda mitad de los 40s, según los sociólogos. Como en la Primera, los EEUU esperan hasta bien entrada esta conflagración para tomar partido. Es esencial ser parte de los vencedores para luego repartirse el botín del mundo con plenos derechos. Objetivo alcanzado. Euforia victoriosa. Una innovación militar se convierte en un nuevo medio de comunicación: la radio instaura una especie de democracia electrónica. Y los triunfantes EEUU se lanzan al bombardeo, de la galaxia Consumidores. Ahora pacífico, en lugar de bombas repletas de TNT, ofrecen toda clase de objetos atractivos, nuevo software creador-disipador de tiempo. Su blanco, la juventud con flamante poder adquisitivo, feliz de no haber muerto en el frente, y festivamente abocada a la vieja consigna del goce como objetivo supremo. Dos caras tiene la moneda. Hedonismo, vivir al día. Pero también Jean Paul Sarte, existencialismo. Andy Warhol, cultura pop y arte masivo para las masas. Ricken Backer, una voz electrónica para el descontento. Nam June Paik y Pierre Schaeffer, gurús comunicacionales, sentando las bases del Nuevo Malestar (eléctrico) de la Cultura, pautada ahora por los dioses del intercambio social, del intercambio simbólico: Los Medios, regulando encuentros y desencuentros, la era de los servicios clamando siempre por más profesionales, tiempo social, educación, y como consecuencia directa la diferencia de edades, de roles, marcando fronteras insalvables. La masa trabajadora de pronto deja de ser informe e indiferenciada porque se hace necesario discriminar. Un producto para cada consumidor, un consumidor para cada producto. Ya hay tiempo para ser joven, profesional o al menos estudiante, y también se libera el espacio de los deseos, en él hace eclosión un nuevo imaginario: por fin el mundo deja de ser propiedad absoluta de los adultos, llega con bombo y platillo (pero también, aunque más tímidamente, con guitarra eléctrica) la esperadísima Cultura Juvenil.De la inocencia de la masa antes homogénea emerge un nuevo esquema sensorial, nuevos ritos, mitos y lenguaje simbólico: también se balcaniza la juventud. Ya hay tiempo para elegir a qué tribu quieres pertenecer. Cowboys o Motoristas, Teddy Boys o Rockers. En los 50 llega el Rock & Roll, para una adolescencia pidiendo emociones fuertes y escape de la dura realidad de interminables jornadas de trabajo. La senda, probada desde tiempos inmemoriales. Además de música fuerte, sexo y drogas… aunque con estas el coqueteo es aún bastante tímido: sí, ya Huxley y sus experimentos abrieron las puertas de la percepción y la yerba, el polvo o la jeriguilla son la transgresión definitiva, pero están demasiado ligadas al jazz y el blues, todavía cosas de negros. Y bastante trabajo ha costado a los ejecutivos WASP de las emisoras de radio blanquear ese sonido heredero del blues que ya popularizan entre los teenagers de esos días Elvis Presley y Jerry Lee Lewis (los auténticos precursores como Little Richard y Chuck Berry serían grandes músicos, sí,  pero también inaceptablemente morenos). Entonces, abolida la Ley Seca, queda libre la senda del único psicotrópico culturalmente aceptado desde siempre por Occidente: alcohol a mares. La alternativa etílica.En los 60 aún sube más la presión. Inconformidad. Los padres ya no son el perfecto modelo de lo que quieren ser sus hijos cuando grandes. En el vórtice giran The Beatles, los movimientos de liberación nacional, la liberación sexual, las protestas estudiantiles, el Che, los hippies y la guerra de Vietnam. También, como era de esperar, reaparecen erizados ante la posibilidad del cambio y la liberación juvenil, los nuevos-antiguos enemigos: el dinero, las fuerzas represivas, la doble moral judeocristiana, la reacción pura y dura. Sus formas: el asesinato de los Kennedy, los brotes de racismo en el sur norteamericano bajo el gobernador Wallace, la Primavera de Praga abortada por los tanques rusos, la noche de Tlatelolco bañando de sangre las Olimpiadas de México 68. Todo en nombre de la sacrosanta propiedad privada… todos dulces angelitos de Dios que pretenden que nada cambie para que el sistema no naufrague definitivamente.No confíes en nadie mayor de treinta años. Haz el amor y no la guerra. Mayo francés, las consignas de los libros se vuelven callejeras. Sean realistas, pidan lo imposible. Quedan, para los que prefieren ser parte de la solución y no ser parte del problema, al menos como utopías, las alternativas: Guerrillas, la Revolución cubana, de las que toma el rock su rebelde largo pelo púb(l)ico. Protestas estudiantiles, los violentos Panteras Negras y las comunas hippies como germen de una nueva sociedad libre de fantasmas tecnológicos consumistas. Y claro, otra vez drogas y sexo libre, Atraviesa al otro lado, William Burruoghs y Timothy Leary, como antes Aldous Huxley, gurús de la heroína y el LSD, alucinando psicodelias generadoras de futuras muertes ideológicas, gravitando en la explosión de opciones con el canto de cisne utópico de Woodstock o las barricadas en las universidades de París y Estados Unidos. Más tarde, inevitable como la muerte, arribará la A-Dicción, fin de la épica. El sistema absorbe todo. Todo tiene que cambiar, pero solo para que todo siga siendo lo mismo. Salvo raras excepciones, el sistema demuestra que la Utopía es capaz de ser empaquetada, el imaginario – no sólo juvenil - se convierte en la mejor arcilla para la industria. Rebeldía, sí, pero la que ofrezcan los estudios de cine y las envasadores de sueños de la Sony, la Capitol Records y la Geffen. Circuito cerrado, aleatorio, las ideas terminan transformándose en bacanal masivo, en superficie predecible. Para entonces lo importante ya no es más la utilidad social, la meta o su sentido final, si acaso la implosión de signos. glam rock, Heavy me(n)tal, rock sinfónico… sofisticación cada vez más alejada del grito popular. ¿Habría sido Beethoven un cantante de folk-rock de nacer en nuestros días, o habría elegido la senda electroacústica de Alan Parson y Rick Wakeman? Una muy pequeñita discontinuidad en los 70, con los viscerales No Future (léase punks) exhibiendo sus jeans ripiados y sus púas, sacando la lengua al público, cantándole a su Graciosa Majestad Elizabeth II Anarchy in the UK, aborreciendo la elegancia sonora que les ha robado el rock, y escarceos así.Proceso indetenible. Mientras mayor es la masa, en más minorías se fragmenta. La balcanización social se vuelve sociomusical. Los géneros y subgéneros, himnos de tribus. Los Hell´s Angels sobre sus Harleys Davidsons nomadean por el país al ritmo de Born to be wild de Steppen Wolf. Dime cuál banda de rock escuchas y te diré quién eres… El nuevo enfoque utiliza la moda y la música como banderas, como mensaje exclusivo, en ellas se expresa toda la ideología sintetizada en códigos resumidos, solo para la tribu. Y habrá también el outsider. El genio musical-líder de opinión popular recalcitrante, que lanzará molestas diatribas contra el sistema, pero siempre útil, una vez cómodamente asimilado, vuelto manipulable y silencioso mártir de mármol, para que el índice de ventas se mantenga o se dispare según el caso. Muerte joven, cadáver bonito… larga lista. Parece que es peligroso ser estrella de rock: Buddy Holly, Ritchie Valens, John Lennon, John Bonham, Bonnie Scott, Janis Joplin, Jinmy Hendrix, Jim Morrison, Freddy Mercury, Sid Vicious, Cliff Burton, Kurt Cobain… y  ¿quién será el próximo que caiga?. El establishment, como siempre, logra seguir siendo químicamente puro a base de asimilarlo todo. Fin de la improvisación, surge la industria rock. Llega la hora de las bellas caras y las voces dobladas, las estrellas fabricadas en serie en los laboratorios. Llegan la apropiación, las versiones, la retroalimentación y el cómodo desenfado. Adiós creatividad. Vértigo de novedad cada vez más efímera, de supuestas rupturas y anecdotarios escandalosos supliendo carencias de talento. Todo es actitud, todo es atuendo, todo es peinado. Ya no más sonidos ni mensajes originales, todo es remixado, redigerido, surgen una revolución y su respectivo gurú a cada segundo. Podemos ser héroes solo por un día, canta cínicamente David Bowie. Todos seremos mundialmente famosos… durante cinco minutos, sentencia Andy Warhol. Autofagia. La serpiente Ouroboros, dragón de las mil cabezas mediáticas, mordiéndose eternamente la cola. Caleidoscopio. Deambular sin rumbo, operatividad sin fronteras (Bueno sí, el tiempo ¿Circular?, ¿Espiral?) o como diría un economista: actividad productiva sin mercancía, o lo mismo pero sin ser igual: todo es mercancía. Música y mensaje desintegrados por las explosiones de la luz-flash del acontecer, el rock emitiéndose apenas como huella, como cicatriz, juego infinito.Síndrome capitalista de la época: vivir al día. No Future. El mañana no existe. No hay causas en un mañana vacío. Lo importante pasa a ser entonces la misma acción, la operación sin producto, sin realización en consecuencia. No vale la pena esforzarse, nada va a cambiar. Hedonismo. Epicureísmo. O sea: beber. Fumar… y no solo tabaco. Hacer el sexo. Oír música. Hablar. Drogarse. Bailar. Asistir a conciertos. Semióticamente: terrorismo, muchachos rebeldes sin saber contra qué, nihilismo generacional. Peludos y sucios con sandalias y botas, piel pintada, collares de cuentas, muñequeras de púas, crestas teñidas, collares de perro y demás imaginativos aditamentos de adecuación tribal– primero serán apenas un disfraz temporal, más o menos removibles... pero los tatuajes y el piercing vendrán inevitablemente después. Cuando la desesperada reacción de negarse a convertirse en otro asqueroso “ser normal” y su otra cara, la semimasturbatoria reafirmación de la propia diversidad, sean ya suficientemente populares como para que algunos jóvenes asuman gozosos su autosegregación de la galaxia adulta como una senda definitiva y sin retorno. Eso en el centro, Megalópolis USA, Gran Patrón del Universo Consumo, en el rico ojo del huracán. Y en la periferia, patrones imitativos difusos gracias a la magia de las comunicaciones y la aldea global: tal como en la metrópoli, reuniones tribales, atuendos identificativos, cuerpos en oscilación neolítica con la desastrosa música nacional (neonacional) de algún grupo underground haciendo malabares entre la desconfianza de funcionarios de Cultura de perfil (y mente) estrechos y la falta de equipos adecuados para sobrevivir y de paso encontrar su propio modo de hacer el rock (forever marcado made in USA), quizás incluyendo códigos autóctonos (como, por ejemplo, en Cuba: cantar en español y adaptar al ritmo rockero temas de los mucho más respetables trovadores) en el imaginario compartido e internacional de las guitarras distorsionadas. Y paralelo a todo esto, alimentándose del proceso de crisis y reflejándolo,  la expresión en blanco y negro del grito distorsionado de desesperación generacional, la literatura con temática de rock. Narrativa de una subcultura y de una rebelión sin objetivos definidos, de gentes que no siempre saben qué quieren, pero que sí parecen saber perfectamente lo que no quieren. A veces casi elemental, visceral, su estilo inquietantemente cercano a esas letras convertidas en himnos de rebelión adolescente sobre fondo de guitarras aullantes. Otras, pretendiendo legitimar en códigos verbalmente sofisticados, aceptables por el establishment culterano, el alarido primario, la sensación difusa en desgarrados acordes y el sístole-diástole del bajo marcando el tiempo fugaz de la juventud. 

(Continúa en el próximo boletín)


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