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Mi prima Amanda |
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escrito por Miguel Mejides
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MI PRIMA AMANDA
Miguel Mejides
Mi madre, mujer nerviosa y con manos de río, me vestía en las tardes y me decía un vaya mijo a donde su prima Amanda. La casa de la prima distaba menos de dos cuadras, y era un caserón lacustre que levitaba en un mar que trasmitía la impronta de un lugar hecho para los ensueños.Al llegar allí, bamboleaban los postigos de mar rotos por los vientos y se descubría la saleta de tabloncillos con cuatro muchachas sentadas en sillas de extensión, frente a un tocadiscos RCA VICTOR que auguraba una feliz y genial ocasión para transportarse por la música de ese yanqui de mota de caracol y una guitarra disparatada como una ametralladora de guerra.Al escuchar la placa del americano, las muchachas se ponían a bailar y marcaban los pasillos como cenicientas enloquecidas, en un juego, previsible o no, pero juego. Era un baile de miedo, y a la vez de exorcismo y liberación. Se levantaban por los aires, las faldas daban vueltas de trapecio y dejaban en libertad unos muslos de suaves pelambres rubias y pantaloncitos de encajes de amapolas.Creo que mi madre me mandaba a la casa de mi prima Amanda, para descansar de mí y a la vez yo iba solícito con la idea de gozar con el espectáculo de hembras felices. Pero pensándolo bien la palabra feliz no es justa. Ellas hubieran querido bailar con muchachos de su edad, ellas hubieran querido sentir el primer brote de barba, la crudeza de unos jeans almidonados.¡Nos gastamos unas a otras! —decía mi prima Amanda.Sus madres no las dejaban juntar con varones por eso de que ya tendrán edad para cuitas del corazón. Todas andaban entre los quince y los dieciséis, estudiaban en distintos cursos de Las Salecianas, y aprendían mucho de historia sagrada, bordado, y de cuanto existe para hacer más esclava a la mujer.¡Un día conoceré a Elvis! —decía una.¡Si logro verlo le voy arriba y me trago los botones de ojo de camello de su gabardina! —decía otra.¡El mío es Pedrito Rico, con sus cejas de escapulario y sus labios de muchacha bonita! —decía mi prima Amanda.A medida que fue pasando el tiempo, las fiestas tomaron otro vuelo, fumaban con apuro y las botellas de ginebra bajaban en una marea de despedida. Las muchachas venían con refajos tan transparentes que uno podía adivinar las cumbres de frutas, los pozos de azogue que me daban la sensación de viajar al infinito.Cuando la ginebra estallaba con su armadura de flor, decían que Elvis Presley se paraba con su guitarra de ametralladora encima del RCA VICTOR y las mataba con sus canciones. Tanto lo repitieron, que ya yo lo veía con su mota de caracol y con sus manos de hoja de planta prohibida.El bailoteo, que había tenido aroma de miedo y hasta de misterio, ahora era un tren corriendo por carriles levantados sobre olas. Elvis se bajaba del RCA VICTOR y compartía con ellas. Las apretaba como un juego de ábaco y se llevaba sus néctares. Luego venía Pedrito Rico al cuarto de Amanda, y no regresaban hasta después de un buen rato, con los vestidos deshechos por los relámpagos del amor triste. A mí sólo me tocaba callar, porque me habían amenazado de que si mi lengua andaba con apuros, se lo dirían a Elvis y éste me llevaría para siempre dentro del estuche marrón de su guitarra en un viaje sin regreso.Aquellas fiestas tuvieron su fin en un septiembre bullicioso en que partieron la mayoría de las muchachas a Puerto Real, al terminar en San Fernando la Superior y no tener escuelas para seguir. Mi prima Amanda no las imitó por aparecer en el grupo dos gemelas que habían venido de Antillas y le habían quitado su autoridad, por ese desenfado que tenían para conquistar un novio hoy y otro mañana.Amanda aún intentó mantener las fiestas de los atardeceres e invitó a nuevas amigas y a mi propia hermana. Yo seguía visitándola pero no como antes. Mi prima Amanda se mortificaba porque ya no lograba sacar del RCA VICTOR a Elvis y Pedrito Rico. Aquellas amigas ocasionales comenzaron a dejar de ir, y mi hermana, al regreso de una de aquellas ilusorias fiestas, habló en secreto con mi madre. Mi madre puso su grito en el cielo y sus manos de cuello de río se levantaron en forma de plegaria. Desde entonces, me prohibieron ir a casa de mi prima Amanda.Pasaron dos años hasta volverla a encontrar. Después de mil avatares me iba a estudiar a la capital. Un día antes de mi partida, decidí ir a verla. Toqué a su puerta y ella me abrió cubierta por un batín de seda de la China. La casa se apreciaba completamente regada y sobre las mesas había cajetillas de cigarros vacías, botellas a medio tomar, y cajas de bombones con ridículas estampas de La Habana colonial.¿Qué te trae? —me dijo.Nada, verte, saludarte.La observé detenidamente y vi que engordaba con un desparpajo desconsolador.Estoy hecha una marrana —volvió a hablarme.Fue hasta el RCA VICTOR y puso un vals vienés. Dijo algo así como que el Danubio era el río de la verdad. Los violines parecían acompañados por ángeles que daban conformidad al alma. La melodía se elevaba, tanto, que levantaba la casa en una tromba melodiosa.Ya no logro ver a Elvis ni a Pedrito Rico —me dijo.Al terminar el vals y quedar en el tocadiscos un sonido de envoltorio, un sonido de pico de garza, decidí despedirme. No podía resistir aquel salón hermético, aquellas botellas a medio tomar, las cajetillas deshechas, aquel batín que más que adornar desfiguraba el cuerpo de mi prima Amanda.Me voy —dije.Regresa alguna vez, aunque sea a peinar mis canas —me respondió.Estando en la Universidad recibía cartas de mi familia y nunca me nombraban a mi prima Amanda. Por eso, y por las muchas cosas que a uno lo ocupan a esa edad, la fui olvidando. Aunque no por completo, porque a veces, cuando escuchaba canciones de los Beatles me daba por recordarla. No sabía explicarme por qué los Beatles me traían tan frescos recuerdos de las fiestas de los atardeceres en casa de mi prima Amanda.Después estuve varias veces de visitas en San Fernando, visitas ocasionales, rápidas, a lo sumo de un día o dos. Jamás me dio la idea de preguntar por Amanda. Quizás todo radicaba que como en un pacto de familia dejó de nombrársele. Luego, en una carta a mi hermana, se me ocurrió preguntarle y sólo me respondió: “Tu prima con las mismas manías.” Me percaté de la certeza del pacto. Me decía Tu Prima, como si no fuera también Su Prima, o La Sobrina de mis padres.En unas vacaciones decidí pasarme una semana en mi antiguo pueblo. Lo encontré distinto, lo encontré como una moneda que se tira al aire y cae por su cara más brillante. No así a mi gente. Estaban marcados por el tiempo. Mi padre peleaba por sus espejuelos que se le habían perdido y los tenía puestos; mi madre cargada por los recuerdos; mi hermana con várices que parecían pimientos.—¡Un poco de aire fresco hace falta aquí! —dije al soltar las maletas en el portalón de roble de mi casa. Después de los besos y caricias y hasta el llanto, mis padres parecían más jóvenes, jugueteaban con mi hijo que con los ojos muy abiertos empezaba a descubrir la vida. Mi mujer, con su menuda cintura y ojos de clavel, ayudaba en la cocina en ese pollo del domingo que se come en los pueblos del interior.—¡A comer! —dijo mi hermana al rato, con su voz de mujer abandonada por su hombre.Al terminar de almorzar, decidí ir a ese encuentro dilatado en años. No había preguntado por mi prima Amanda porque temía que delante de mi mujer soltasen eso: “con las mismas manías”. A ella yo le había hablado de mi prima como una muchacha alegre, tierna, con vestidos de poplín que la hacían una princesa y con una mirada invencible. De las fiestas también le había contado a mi mujer, de cómo se divertían aquellas muchachas, con un niño en el medio liado con una marinera y unas botas tan blancas que parecían de fieltro. No, por eso no hablé. No quería romper el hechizo que sólo la niñez puede darle a lo vivido. ¿Por qué manchar a mi prima Amanda? ¿Por qué maltratarla con historias tristes? ¡Qué siguiera viva la prima Amanda, la loca prima amiga de fiestas!Toqué a la puerta y no recibí respuesta. Del interior venía el ritmo de un rock, la voz sajona de Elvis a dúo con la voz castiza de Pedrito Rico. Volví a insistir con fuerza, apuñalando la madera. Y oí un adelante, dele al pestillo que no está cerrado.Al cruzar la puerta n vi nada del interior. Los antiguos postigos de mar rotos por los vientos estaban cerrados. Me detuve a esperar a que mis ojos se llenaran de aquellas tinieblas. Finalmente, fui adivinando las mesas con las mismas cajetillas abiertas, las cajas de bombones rotas, las botellas a medio llenar como una quimera inaccesible. Y al final, junto a ese viejo RCA VÏCTOR, vi a mi prima Amanda, sentada en una poltrona tan grande como la bodega de un bajel, tejida con cáñamos de océano, tierra, aire y querubines que la semejaban a un coche celestial.¡Mi prima, vengo a peinarte las canas! – le dije.Ella me miró con ojos tardíos, con ojos revolcados en charcos de olvidos. A un lado, junto a la poltrona tenía a Elvis con su mota de caracol y la gabardina con botones de ojo de camello; en el otro, a Pedrito Rico con sus cejas de escapulario y sus labios de muchacha bonita, y enfrente, de espaldas a mí, en un balancito de azúcar, se mecía un niño con una marinera y unas botas tan blancas que parecían de fieltro.¡Mi prima, vengo a peinarte las canas! – repetí.Volvió a mirarme con sus ojos tardíos, con sus ojos revolcados en la tristeza, y me dijo:¡Al fin los tengo!
Luego, como cuando se tiran las aguas floridas a los difuntos, acomodó aún más su cuerpo de marrana abeja reina en la poltrona, y el dúo de Elvis y Pedrito Rico subió de tono su canción, y el niño se levantó de su balancito de azúcar y abrió los postigos de mar rotos por los vientos y se columpió al cielo.
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