AQUELLA DURA NOCHEJosé Ramón Fajardo“Quiero escuchar el gritode la mariposa”Jim Morrison No estás en un palacio. Nada de cariátides adustas ni orlados capiteles. Basta con retorcerse; con que te retuerzas hasta soltar el alma. Sólo un frontón calcáreo a cuatro pisos de la calle, reflejando en los charcos de asfalto un escudo de visos tiznados por el humo de los ómnibus que asciende entre silbidos y frenazos y baja luego par de metros apenas y llega a la ventana de venecianas abiertas sobre ti.El vestido de la madre de Anita es color persiana y la cara de Ana tiene un tinte crema que les extienden fría en vasos diminutos y sudados, porque llegaron rápido, primero, qué temprano muchachos, a pesar de la llovizna y el hollín de los ómnibus que los hace estornudar echándoles la culpa cuando la bebida roza la garganta y desciende flamígera estómago abajo hacia la calle por la escalera estrecha de mármol reluciente que subieron preguntándose la hora y tocaron apenados en la puerta olorosa a barniz, con tallados primorosos que tocan más alto cerca del escándalo y les abren despacio los brazos lánguidos pálidos de Anita con pañuelo de cabeza y la saya de la escuela todavía.Ya está oscuro. La llovizna se esfuma y los postes del teléfono están húmedos; sus hilos negros y tensos gotean atravesando las luces de la calle que comienzan a encenderse. Desde el balcón puedes palparlos con sólo estirar la mano mientras Octavio y Gil entresacan discos del montón y Rubén elogia a la madre de Ana unos horribles platos de pared, además del vestido, el espacio en la sala, la posición de la casa y abre a cada momento, no se moleste señora, también son del aula, a Mayra, Nubia, Orlando, Darío, que llegan sonriendo, estampándose besitos ruidosos, si un poco tarde se hizo por la lluvia, no importa.Ana sabe que esperas a Antonieta a quizás lo ignora en absoluto. Pero te agrada pensar que lo conoce, que también ella es un poco cómplice de armar este tinglado, como lo son Octavio, Gil, Rubén y por supuesto tú, ¿yo?, sí, tú, es la primera vez que vienes. Ana sonríe a tu lado. Con un dedo barres el agua depositada en la baranda. Te observa con su nariz afilada, entrecerrando los ojillos azules. Somos vecinos casi, finge lamentarse, y nunca habías subido. Bueno, la consuelas, nunca hiciste una fiesta. Ahora voy a hacer muchas, señala a la madre de reojo, se ha dado cuenta que no son terribles. Se ríe. Llegan Lilian y un grupo que parece demoler la sala. Ana se zambulle entre ellos; luego emerge y te mira. Bueno Franco sale del balcón, dicen que bailarás, vaya acontecimiento.Si un mosaico de simétricas florituras, calculo rápido, tiene veinte por veinte, es claro, repito por lo bajo, cuatrocientos de área, cuatrocientos centímetros cuadrados. ¡No es nada! Entre ellos hay que sembrar un zapato y remover los cartílagos. No se puede contar más con ese pie, con el otro, apremia Gil, sigue el ritmo del bajo, es lo más importante. Trato de seguirlo pero el ritmo me esquiva, escamotea su fluido monocorde y vuelvo a abandonarme entre los mosaicos. Un elefante, me grita Rubén en la cara, baila mejor que tú. Es que ahora sí empiezo. Gil ladea la cabeza, sigue el ritmo del bajo, todo consiste en retorcer el cuerpo, basta con eso. Y de nuevo el disco lanza los gritos de costumbre, los que hasta ahora oía acomodado en el asiento. Puedes pasarte la vida sin bailar. Levanto la aguja, alzo los hombros y me tiendo en el piso. Ustedes tienen que enseñarme. Puedes no bailar nunca pero tampoco imagines que vas a conseguirte una mujer, y menos la que le gusta a él, agrega Gil sigue el ritmo del bajo. Los miro nuevamente y reparo que hablan de mí, que reprochan la carencia de estilo. Se hace demasiado tarde para estar en el piso olvidando y casi comprendiendo que hablan acerca de como no acierto un cabrón paso que me levanta decidido a buscarlo entre los cuatrocientos centímetros cuadrados del mosaico. Gil tuerce los dedos de su mano derecha. Juanito, Tico, Pepe, todos bailan como les da la gana, no es problema de reglas, míranos. Rubén vira, se agacha, agita los brazos, suda, míralo Franco, mírame, no te puedes cansar, tienes que colocarte un motor en el estómago y seguir el ritmo del bajo, eso es, pero más rápido, con esa pierna quieta, moviendo todo el lado, sincroniza los movimientos, imprímeles fuerza, vas aprendiendo que es fácil, verdad, voy aprendiendo que es terriblemente difícil, pero sigo machacando las filigranas del piso, zafándome las articulaciones, porque cuando Antonieta me vea no va a resistirse.Llegamos tarde, se lamenta Diosdado, y en efecto, la cola se convierte en un gentío espeso que huye del calor agrupándose bajo los portales polvorientos. Son más de las diez y opino que es mejor regresar. Todavía, me dice Luis, voy de excursión, y se pierde entre las bolsas playeras y los pañuelos multicolores. Una vieja cerca de nosotros masculla palabrotas contra los choferes. Luis regresa, nos llama desde la otra acera.Ya tenemos puesto: toda la escuela está delante. Vamos y es un grupo grande. Conozco a cinco o seis. Avanzamos media calle. Luis opina que nos salvamos y Diosdado le pone cara de gratitud a los tipos. Ahora estamos cerca del ómnibus y no son las once. Qué va, las diez y cuarto. ¿Qué hora tienen? La voz es conocida. Antonieta por poco te quedas. Mucho sueño de ayer, estoy rendida. El rubio y el flaco del collar le hacen espacio en la pared mugrienta. Nos vamos en la otra. Ella asiente y sonríe. Está abanicándose con un periódico. Se lo pido y así tal vez me salude. En efecto, ¿es de hoy?, eh miren a Franco, se está poniendo buena la playa, me dice y no sé qué decirle. Creo que los demás sonríen con disimulo. Estoy molesto, pero Antonieta me deja sin palabras. No puedo hablar como ella, hilvanando frases con la misma seguridad burlona que utiliza conmigo. No tengo más opción que enrojecer y repito que me preste el periódico. Enseguida compruebo que no puedo leer, las letras se arremolinan indóciles. Ella me trata así porque no fumo como el rubio, ni bailo como el flaco del collar, ni hablo como saben sus amigos. Apenas logro a veces un que hay si no me interrumpe antes con un chiste. Intento decirle algo agradable y llega Omar el fuerte. Antonieta se aparta y conversan. Me quedo, no voy, hasta luego. Tengo la impresión de que hablaban de mí, de como se divertirán en la playa con mis torpezas. Dice Luis que me quede. Diosdado trata de aguantarme, vamos anda, venimos temprano. Inútil, temprano voy para casa y el resto del domingo pensaré en Antonieta. Quiero figurarla como si hablara en serio, o mejor, besándonos. Cómo que se va Franco, no me hagan eso. Vuelvo a sonrojarme a distancia. Me llaman, me llama, Franco, Franco. No vuelvo la cabeza y camino más rápido.Prefiero la otra cara del disco. En la estridencia logro encontrar reposo. No recuerdo el inicio, pero ahora desarrollo más velocidad. Tengo los músculos torcidos. Rubén y Gil observan satisfechos mi desvencijamiento. Lo haces muy bien, pero no te arrepientas y sigue. Gil baila un poco para hacerme compañía. Parece cansado y se retuerce despacio. Rubén trepa por un butacón, cambia la música, pone algo lento. Gil me abraza. Ya la conquisté. Rubén suspira. Se acabó, no puedo más. Se ríen. Te falta por lo menos una hora. Hoy no bailo más. Es casi de noche y era de mediodía cuando comenzamos. Pienso en los vecinos y en mi hermana que llega de la escuela. El piso está sucio y frío. Restriego el pelo contra los mosaicos. Gil apaga el tocadiscos. Se despiden. Mañana es el último ensayo, sabes más que nosotros. No me levanto. Las botas de Rubén repercuten en mis oídos. Entra mi hermana. Adiós, ahí te lo dejamos medio muerto.Permaneces sentado en un extremo de la sala. Las piezas cada vez te resultan más largas porque ella no aparece y en su lugar observas como la gente se revuelve brincando, como se entremezclan los perfumes, como se demora. Un rato antes la fiesta había adquirido un sentido distinto al que tú esperabas. Te llevaron hasta el centro del baile, todos reían y Octavio te guiñaba un ojo y señalaba un disco manoseado. Bailaste. Restriegas los zapatos contra el piso y bailas, bailaste con Cecilia, con Norma, con Lucrecia y ya, terminas molesto por la broma y el claro expectante abierto alrededor y sales al balcón donde nadie pueda circundar tu pena y el enfado se disipa al fresco de la noche. Si no lo hiciste mal, murmura Anita y su madre dice mira que son estos muchachos; cuando adquieres conciencia de haber hecho algo grande, te sientes aferrado a la sala, obtienes una paridad desconocida y quieres entonces agradecerle a Rubén las lecciones, a Gil sigue el ritmo del bajo el impulso reciente que recorre tu cuerpo y endurece tu cuello para cuando ella entre partir a su encuentro sin rodeos. Pero aún no aparece y entras al baile donde nadie se ríe de ti ahora, ni te aplauden ni te ven más que abriéndote paso fugaz entre el grupo que salta y pone cara de angustia aparejada a la cintura que desciende espasmódica hasta el suelo y se incorporan lentos, triturando el aire con las manos que suben y bajan y suben y se quedan arriba, todas en alto, hasta que alzas las tuyas, se acaba la canción y llegas a un extremo donde esperarás que la puerta deje de abrirse en vano y Antonieta entre para demostrarle en el tumulto que aprendiste bien las florituras del piso de tu casa a cada contracción en que ella deje de reírse y al fin te mire seria, envuelta por el susto que le has proporcionado de repente como el beso que sueñas poder darle quizás en la escalera, tal vez en el balcón todavía húmedo.La música retumba, resuena, se estira reptando, evade los pies que atisbas con fijeza y entre ellos Antonieta llega y no puedes continuar sentado tomándote el ponche tan tranquilo como un momento atrás. La buscas y se asombra de verse arrastrada repentinamente por ti hacia uno de los márgenes desprovistos de muebles. No dice mira a Franco, no se ríe; tiene un vestido negro y muy corto y la cara sudada, roja de creyón. Huele bien. Así la has imaginado siempre, menos alta, sin esos tacones que martillean constantes, lanzados a cada flexión de las rodillas contra el espacio que tus pies ocupan solapadamente rápidos. Se limita a bailar, no hace comentarios, responde a tu reclamo sin preguntar con quien has aprendido, se interesa sólo por electrizar aún más la constricción que recorre su cuerpo por instantes y transmite a tus piernas la energía de los pequeños saltos que das en el lugar como se debe y ahora sí sonríe, pero es para decirte que lo haces muy bien y arreciar el ritmo que devora dos, tres, cuatro canciones hasta que descansan al fresco y ella mira a la calle con aire preocupado y tú en silencio atinas preguntar si espera a alguien para recibir un vaho de tristeza junto a la negativa. No sabes que decirle porque nunca la has visto retraída, absteniéndose de prenderte una carcajada en las mejillas. Ya Gil te lo decía, bailando bien todo se arregla y además de Pepe, de Lino, de Vicente, también manejas a tu antojo, como quieres, los resortes de la noche, pero no sabes empezar y la ves silenciosa y crees que has comenzado a doblegarla suavemente como esa melodía lenta que los lleva de nuevo hacia la sala. Tienes las manos en sus hombros, giran moviéndose apenas y aprietas su cintura; la atraes y suspira; basta con una palabra en el oído, una frase pequeña, susurrante, que habrá de continuar al ¿qué te pasa? Sin respuesta y otro suspiro breve, entrecortado. La miras y sus ojos se pierden encima de tu cabeza. No tengo nada. Pero sigue mirando hacia otro sitio, deja de suspirar y sólo mira para congelarte la palabra que falta, la única, la que no le dirás al menos esta noche y seguro que nunca, porque sus ojos no caminan hacia ti que te apartas un poco y vuelves las manos a sus hombros mientras su vista acaricia el afiche que se alza en la pared únicamente para reflejar el destello de sus pupilas con la fulguración metálica de la guitarra que Eric Clapton empuña furibundo.
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