El Hacedor De Bajos
(The Song Remains The Same)
Reinaldo Montero
La puerta del pasillo no se cierra nunca. ¿Y si la habían trancado? A darle al gancho con la barra. Eso, Chen, me dije. Y salté. Pero la barra de hierro quedó del otro lado. Metí la mano. No pude alcanzarla por un tin. Y vi un trozo de madera cerca. Me acordé del chimpancé acercando el plátano. Chispa que a veces tengo, mi hermano. Así que con el pedazo recortado de madera, atajé el pedazo largo de hierro. Y Chen escucha una música de otra época, muy queda, que vuelve una y otra vez sobre la misma frase, y luego salta ocho compases para atacar la parte del vals, y el vals sí se deja oír muy claro bien adentro. Total, no me hizo falta la barra, la puerta estaba abierta. Y el pasillo, lleno de trastos, casi completa la vieja máquina de Enrique El Italiano, porque Era no bota nada, y donde manda jefa… Tuve que hacer equilibrio, caminé como por cuerda floja. Medio resbalón, y armaba una bulla… Me dieron ganas de virar. No se me achicopale, Chen, como dicen los charros, me dije. La culpa es de las claves. La gente de Tato, Tato y sus Cometas de guaracha en guaracha. Y Chen, un niño de cinco años acompañando al conjunto sonoro con las claves. Después de un poco de murumacas, ya pude caminar como Pedro por su casa. Y fue en quien pensé, en Pedro, el estibador, y en la bronca que tuvo con El Mota el día que cogieron a un camionero con las manos en la masa, cuando el accidente de Kiqui. ¿Y si me agarraban en el brinco? Me dije, si te ven, nada, Chen, dices aquí-aquí, como si tal cosa, y si después de aquí-aquí, ¿aquí-aquí de qué?, pues lo que se te ocurra, y si no se te ocurre nicomedes, o no se cuadra la caja, a joderse toca. Y entonces sentí miedo, aunque los músicos de sangre tienen un resguardo más fuerte que un tanque de guerra. Pero no era miedo a que me cogieran. Fue un miedo… Fueron varios miedos juntos. Y yo seguía con la barra en la mano, sin atinar a nada. ¿En qué estaba pensando?, tenía que botarla, ya no me hacía falta. Y la barra hizo ruido cuando la solté. Rápido la recogí del piso, nada, boberías que no hay quién explique. Total, para volver a dejarla caer, porque no la puse suave. Estaba salao, la segunda vez la barra no hizo casi ruido, pero cayó de punta, me dio en el pie jodido. Tenía una legión de chinos atrás, y no me daba cuenta. Una de las peores cosas que se han hecho en el mundo es su pie derecho, el que siempre joroba. Por culpa de ese pie tuvo que dejar la batería, tan cacharrosa, tan atractiva. Chen desincronizaba, no con el pie estropeado, sino con el otro. El pie malo para el bombo, y le prestaba tanta atención, que los platillos hacían con el bueno lo que les daba la gana. Por eso cambió para el bajo, y no solo por eso. La batería es muy difícil de resolver. Chen la tocaba en el tecnológico, cuando el Servicio Militar, ¿pero en la calle qué podía hacer sin batería? Claro, cualquiera piensa, madera prensada finita y engómala, y a poner otra capa más apoyándola en unos cilindros que se conseguían, sin problema. Y así los ton, los ton-ton, hasta el bombo. ¿Pero y la caja? Tiene que ser de fábrica. Y con los platillos no hay invento posible. Los parches, de acetatos de libros o de placas de Rayos X. Bien, ¿pero cómo resolver los aros y las llaves, y además que afine? Sin contar los pedales, que es cosa igual de imposible. La mayoría de las partes tenían, tienen que ser de fábrica. En el grupo que formó con Mandy y Nuno después que salieron del Servicio Militar, no hubo percusión hasta que no encontraron baterista con batería. Y el bajo le acabó de llegar por otro problema. Mandy era el mejor, le tocaba ser prima. Nuno sabía de música, no de papel, no tanto, pero llevaba más tiempo en el giro, se había vuelto un maestro arreglista, así que fue por derecho propio el guitarra acompañante. Para Chen no quedó más que el bajo. Y también arribó al grave instrumento de cuerdas pulsadas porque ese señor canta junto a la batería, no es solo un apoyo rítmico. El bombo y el bajo coinciden muchas veces, y en los puentes, bajo y batería fraguan a la par combinando redobles, pasajes, ponches, frases. Si ella y él se mal llevan, no hay quien siga. Conclusión. Todos los caminos conducían al bajo, y a Chen no le resultó difícil, y el bajo le fue agradecido. Traté de controlarme yo mismo. Llegué hasta el fondo del pasillo y entré al taller. Sentí alivio. Respiré hondo. Tenía necesidad de sentarme, aunque no fuera para tanto. ¿Quién hubiera imaginado que la fiebre combera volvería? De animal, porque solo a una bestia se le ocurre, cambió su bajo y el amplificador por un juego de sala. Miró al muchacho que ofrecía el trueque. El juego de sala estaba bien. Llamó al camionero, a El Mota, tipo buena gente aunque por ahí digan lo que quieran. ¿Qué te parece? El camionero aconsejó sin titubeos, mete mano. Arrancaron con el juego de sala, rápido, antes de que el muchacho se arrepintiera o llegara la familia. Sentado en un mueble del juego de sala, encima de la cama del camión, Chen se preguntó, ¿y si el mundo recurva? Menos mal que no se ha deshecho del baffle que pasó por tres generaciones. Primero tuvo guata de colchón, después espuma de goma, y a lo último poliespuma. Primero sonaba con una bocina de victrola de doble enrollado, luego con dos bocinas de campo que no eran de imán permanente, sino que en el centro tenían un núcleo de acero que se magnetizaba, y mucho ojo con la diferencia de voltaje, pero la potencia resultó el doble. A lo último, la remodelación del cine Gloria fue La Gloria, le trajo las bocinas que conserva, porque las de campo fueron cambalacheadas por las del cine poniendo arriba la trusa roja y el pulóver de mangas negras. ¿A quién se le ocurre deshacerse en estos días de un bajo? Y más si era un bajo como aquel. En cuanto se puso de pie para empezar a bajar los muebles, le llegó la idea. No importa que lo hayas cambiado por un triste juego de sala, harás tu propio instrumento, de nuevo. No es capricho, su duende de músico lo dicta, y Chen acata. Hará otro bajo violín, tipo McCartney, idéntico al ido. Total, ya lleva vida y media sudando bajos. El primero que hizo, lo trabajó con Mandy, que también sabía de dibujo. Una raya bien al centro para placer de la simetría, y a delinear la plantilla a mano alzada, sin planos, por supuesto. Pegaron la plantilla a un tablón de dos pulgadas. Recortaron con cuidado, y calaron para que pesara menos. El tablón era de pino blanco, o quizás de cedrín. Pero el brazo salió demasiado ancho y el bajo demasiado pesado. Hizo otro, y otro más, y otros, pero siempre fueron anchos de brazos y pesados en general. Marca de fábrica. Lo que ocurría y lo que ocurrirá, las clavijas tienen que ser de contrabajo, y si los brazos no son anchos, las llaves no caben. Ah, pero el último, a pesar de los pesares, quedó que ni un Fender, y Chen le dijo adiós por culpa de un juego de sala. Lo sufrirá media vida. Cosa tan estúpida, murmuró después de despedir a El Mota. Vi las varillas de soldar. Agarré ocho, o diez. Fue lo primero. Porque las varillas de cobre se incrustan en el brazo para los trastes. Dieciocho trastes. Y el otro artefacto importante es el micrófono, pero ya Chen tiene de su lado los cuatro imanes. Los vio doblando hacia la derecha y seguir recto. Pensó, los muchachos acaban rápido con los juguetes. Y la concretera chocó con el sofá del juego de sala, dio marcha atrás, y siguió, y al séptimo día descansó. Su hijo abrió los ojos de este tamaño. ¿A ver qué tiene por dentro? y hacerla pulpa fue lo mismo. Chen se guardó los cuatro imanes del motorcito. Perdí un poco de tiempo buscando la bobina. Alguien me la había cambiado de lugar. Hasta que la vi. ¿Qué hacía en la pezrubia? De pronto no atinaba. ¿La cargo tal cual, o le quito el forro? ¿Qué pasa, Chen?, tranquilo, no hay apuro, me dije. Y sí, lo había. Mejor limpiaba la bobina de estorbos y llegaba hasta el alambre 44. Rápido comencé a desvalijarla. En su casa, con calma, bien sentado en el butacón del juego de sala, colocará los cuatro imanes de forma tal que se repelan para que aumenten el campo, y los asegurará bien para que queden lisos y fijos. Estaba nervioso, torpe. Sangre fría, Chen, todo se andará aunque se rompa el palo, lo que no tiene que partirse es el alambre, así que calma calmosa, me dije, que el duende del músico te mira y sopla. Y hacía calor, me acuerdo. ¿O sudaba por sudar? Luego pondrá en un papel ciento veinte ceros. Cada cero, cien vueltas, que hacen doce mil. Se sentará con la bobina a sus pies para que el alambre 44, que es del grueso de un cabello, no haga cuca. Se cuidará del papel aislante, principal enemigo del músico que enrolla imanes para micrófonos. Lo quitará suave para que el alambre no se parta. Vaselina para los dedos, temperancia para el alma, lápiz a mano para ir tachando ceros, y a enrollar y a enrollar y a enrollar. Si a pesar de los cuidados el cabrón alambre se partiera, da capo. Tiré el forro de la bobina junto a las quemadas que estaban por venir a buscar en aquellos días. Y algo como una preocupación me empezó a dar vueltas, casi un aviso, o quizás eran los muchos miedos juntos. Sentía deseos de irme, dejarlo todo, salir. Nunca cayó en el robo, y menos en el de micrófonos de teléfonos, que por fin no servían, agarraban conversaciones, ruidos parásitos, el mundo colorao, y lo sacaban por los baffles. Un desastre. Además, a los cajones comunicantes había que estarles agradecidos, daban el La-440 con el tono de discar. Hasta tuvo bronca con Nuno por lo de los teléfonos, y por vago. Ni amarrado Nuno se ponía a trabajar las seis mil vueltas que tocaban para armar el micrófono de guitarra. Nada más que seis mil, la mitad de lo que lleva un bajo, una bobería. El grupo al borde de la crisis. O halaban parejo, o se acabó. Y Nuno dijo, no me rejodas, Chen. Y el bajo, recostado a la pared, hizo de pronto guuuummmm, y se cerró. El exceso de tensión fue la causa. No hay brazo que resista si no tiene soporte como los de fábrica, o el clavijero inclinado. No hay vida que aguante si no tiene respiro. Nuno era tristeza, más que Chen, casi lloran a dúo. Las cuerdas son Satán en persona. La escasez es El Diablo Mismo. Creo que en parte me llegó ese antojo de fuga porque había escondido una jaba de yute detrás de un banco, y tampoco aparecía. Por fin es que mi duende de músico andaba roncando. Pero no me largué, no salí corriendo, aguanté como un caballo, si no, no estaría haciendo este cuento. Y lo que hice fue quedarme como indiferente. Yo mismo no entiendo, pero uno cambia de ánimo en menos de lo que cambia de idea. Y lo mío era un desánimo cayendo, aunque me puse a registrar por los alrededores, sin deseo, a ver si daba con la jaba, y revolcaba cosas. No hagas bulla, Socotroco, me dije, como dice Papichuli. Hasta que revisé en la caja que está al lado del pañol, era una corazonada. Y creo que entonces me empezó a doler la cabeza. Rauli, el cantante, la última adquisición del grupo, saltaba en la tarima, hacía girar el micrófono como si fuera un hondero en tiempos de Goliat. Y el sonido del aire entraba por el receptor, pasaba por el Metto chino, el amplificador que no servía para los instrumentos, solo para la voz, trasto sin control de tono, latoso, y el Metto lanzaba hacia las bocinas vibraciones concéntricas, y el ciclón se disparaba por el espacio a más y más intensidad, y Rauli se preparó, iba a lanzar el micrófono, era inminente, pero Nuno colocó la guitarra frente al baffle para terminar aquel número con un formidable efecto de retroalimentación que reventó la bocina, aunque evitó que Rauli hiciera leña el micrófono. Pues sí, como dice El Zambo, encontré la jaba. Y me quedé parado un rato, socotroqueando. El rollo de cables de intercomunicadores, ese sí estaba donde lo había puesto. No me puse a revisarlo. Aburrido estoy de saber que dentro esperan un pelo de cobre y cuatro primas, que pueden hacer falta al punteo o al acompañante. Las puyas parten como loco. La locura. Para cuerdas de bajo no me hacía falta ese cable. ¿Qué estaba haciendo? Me dije, todavía no ha aparecido ni punteo ni acompañante, Chen, pero la fiebre combera vuelve, ¿o no vuelve? Observé el rollo en mi mano. Quise soltarlo. Pero no. Acomodé el alambre en la jaba. Porque Mandy le ayudó a él, como él ayudó a Mandy. Tomaron una guitarra de cajón y le cortaron la mitad de la caja. Un asesinato, comentó el carpintero mientras daba sierra. Un acto de justicia, rectificó Mandy. Como iba a ser guitarra punteo, los trastes fueron veintidós, no dieciocho, y le hicieron un buen sacabocado por abajo para que en los momentos cruciales, Mandy llegara hasta el fondo más agudo. Ya me estaba preparando para salir, al fin salir, pero sentí ruido. Me puse como una estatua. Aunque quizás al instinto le dio por hacer muy brusco el movimiento de no moverme. Y tanto día y tanta noche de dedicación y angustia, porque no paraban los ajustes, los parches no duraban tres números, el cajón de los repuestos era más grande que el bombo. Y qué odisea la de las cuerdas, porque con las de seda, el micrófono no se da por enterado. Cuerdas de nervios de acero, esas sí que sí. La sexta se ponía en el sitio de la quinta, la quinta pasaba a ser cuarta, la cuarta cantaba como tercera, la tercera se convertía en segunda, la segunda era una prima, y la prima, otra prima, y a dejarlas flojas, y a ligar y sostener en el mismo traste para que el sonido fuera pureza. Y en los amplificadores, los 5-U-4 que rectificaban el voltaje, un dolor, hasta que entraron los silicones, par de silicones y bota, apachurra los viejos rectificadores. Y los C-L-6 fueron destronados por los E-L-34 que daban más wataje. Y de esa forma las bartavias de amplificación con sus chasis marchitos, con su anhelo de bulla, sonrieron a una nueva era. Y la vi, a la jefa del taller en persona. Sí. Era Era. Pero dichas trajeron dolores, porque arribaron los Whawha, que se llamaron Gua, y los Fuzz, que se llamaron Fu, y aumentaron la potencia de salida, distorsionaron, sostuvieron las notas, e hicieron extraviarse a los batecitos de las pizarras telefónicas, a los transistores y a los transformadores de radios, y en agradecimiento recibieron patadas, más que pedalazos por tanto falso contacto y desajuste. Y aquellas guitarras con circuitos mal distribuidos, convirtiéndose en antenas, trayendo de improviso La Onda De La Alegría o cualquier otra estación de radio para sacarla en el momento más inoportuno. Y el carnaval de colores y formas. Cada baffle distinto, en la batería ni dos tarecos semejantes. Y aquellos ensayos con guitarras de cajón, porque no había vecino que resistiera. Y sin transporte, sin paga. Tocando por amor a tocar, con el furor de tocar, por la cajita si era una buena fiesta. Casi ninguna fue fiesta de la buena. Y los comberos dueños de combos, porque eran dueños de los instrumentos, negociando Quinces, botando y entrando gente. Y los músicos libres, dueños de su instrumento y de su amplificación, librados del repertorio de los dueños de combos que idolatraban las Evas Marías, los Fórmulas V y tanta otra musiquería mapianga. Era surgió de la sombra, como en la canción. Acompáñeme, dijo, como si ella y yo no nos tratáramos de tú. Está bien, la acompañas, Chen, qué tanta intriga, y no se te ocurra dar coba, si te ha cogido, cogido te quedas, me dije, pero no sueltes ni medio aquí-aquí, no rindas. Y empecé a caminar lento, y ella dijo algo así como que me apurara. No sé qué bobería le contesté. Qué brava se puso. Sígame, volvió a decirme, para que me quedara claro que con ella no podía haber ningún tipo de ajuste. Total, mi cabeza no estaba para tratar de arreglar aquel potaje, sino para doler. Seguí a Era sin abrir la boca, pero con la cabeza de este tamaño. Me preguntaba, ¿de verdad que la fiebre combera regresa? Nada, que el duende del músico se puso para esa bobería. Y cuando vi la garita, me dio vergüenza, no miedo. Y haciendo la guardia en la garita, para que tú veas que la vida se parece a las baladas, estaba Pedro. Qué coño bajo, ni fiebre combera, ¿uno no está muy viejo, con casa, mujer, hijo…? Fue lo que me empezó a dar vueltas. Y el dolor de cabeza en su punto, resonando por allá adentro. Y el vals regresa de lejos para volver una y otra vez sobre la misma frase, aquella en que el bajo volaba frondoso, y esa frase le da vueltas y vueltas, hasta que Chen se atreve a tararearla, pero ni el tono, ni los intervalos, ni la altura del sonido, ni el aire fueron como antes. Mi hermano, no lloré de milagro.
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