EL TEMA PROHIBIDO (O CASI):El rock: su reflejo en la narrativa cubana y mundial (Tercera parte)
Literatura y rock en Hispanoamérica. Por Raúl Aguiar & Yoss
Oye cómo va, mi ritmo, bueno pá´ gozar, mulata... (Carlos Santana) En México, el escritor José Agustín Ramírez publica La tumba en 1964, novela precoz que inaugura una literatura llamada de La Onda, movimiento que surge con el culto a los estupefacientes y la devoción por las grandes figuras del rock. A esta le sigue De perfil, publicada en 1966. El lenguaje utilizado se alimenta de las jergas de los ambientes marginales, reflejando nuevas experiencias y aires de renovación en la narrativa mexicana, junto con Gustavo Sáinz (Gazapo, novela de 1965 y Obsesivos días circulares, de 1969); René Avilés Fabila (Los juegos, 1967, El gran solitario del palacio, 1970); Parménides García Saldaña; y las divertidas y caóticas novelizaciones autobiográficas de Fernando Arana (como Las jiras, 1973), entre otros. En España la literatura con temática rock comienza en 1972, cuando recibe el Premio Nadal una novela titulada Groovy, de José María Carrascal. Esta novela, ambientada totalmente en Estados Unidos, describe las aventuras de una muchacha llamada Pat que huye de su casa y se sumerge en el submundo hippie de Nueva York. Se caracteriza por romper los moldes de la narrativa tradicional en aras de una experimentación formal en el uso de los tiempos y los puntos de vista. Otro español, Mariano Antolín Rato, inicia su obra narrativa en 1974 con Cuando 900 mil Mach aprox (1973) y la prosigue en De vulgari Zyklon B manifestante (1975) y Entre espacios intermedios: whamml (1978). Su mundo literario bebe del arte pop, la cultura de masas, el cómic, el rock y los límites de la aventura vivencial, intelectual y onírica. Su óptica es irónica y hasta cáustica, en especial cuando presenta al ser humano perdido en la búsqueda de algún paraíso artificial y encontrándose tan solo con una vulgar mediocridad. Ya en los 80, aparte de los narradores ya mencionados, aparecen nuevos autores que se interesan por el tema. En 1981, el escritor guatemalteco Arturo Arias gana el Premio de Casa de las Américas con Itzam na, novela que cuenta la historia de un grupo de hippies (denominado El Establo) que realizan una peregrinación por el país en busca de sus raíces gloriosas precolombinas. También de Guatemala es Jorge Godínez, músico y compositor de rock y jazz, quien en 1996 publicó su novela Rockstalgia donde se funden la ciencia ficción, la realidad virtual y la alucinación con LSD. En Brasil Caio Fernando Abreu ofrece en su obra un estilo fragmentario, narrativo y poético, formado de retratos sentimentales del Brasil urbano. Entre sus libros destacan Morangos Mofados (Fresas mohosas, 1982), Os dragöes não conhecem o paraíso (Los dragones no conocen el paraíso, 1988) y Onde andará Dulce Vega, de 1990. Caio consiguió expresar las inquietudes existenciales y las situaciones límites de su generación, marcada por el movimiento hippie, el comunismo, la música rock y el punk, aunque siempre envueltas en un aura de espiritualidad. Otro escritor importante surgido en los 80 es el español Eduardo Haro Ibars, que relacionó estrechamente la ciencia ficción, el rock y la escritura en El libro de los héroes (con un capítulo dedicado enteramente a Lou Reed) , El polvo azul (1985), una especie de homenaje temático y estilístico a W. Burroughs, e Intersecciones, su obra póstuma. También en España, el prolífico catalán Jordi Sierra i Fabra destaca como historiador de la música rock, aunque ha cultivado todos los géneros, desde la ciencia-ficción, la novela negra o la realista, hasta la narrativa infantil y juvenil. En 1991, el joven escritor chileno Alberto Fuguet publica su ya clásica novela Mala onda, que lo consagra como uno de los escritores más leídos de su país y da inicio al fenómeno literario y editorial conocido como “la nueva narrativa chilena”. El texto trata sobre Matías Vicuña, un adolescente que narra en primera persona sus experiencias con las drogas, el alcohol y las carreras en auto a medianoche, y que intuye bajo su escepticismo que el verdadero sentido reside en la autenticidad de los afectos. Pero la historia transcurre en septiembre de 1980, en plena dictadura y en vísperas del plebiscito sobre Pinochet, y su aventura, que no excluye el dolor, se convierte poco a poco en la búsqueda desesperada de su propia identidad. Algo similar al fenómeno de Fuguet ocurre en España con la llegada de una nueva generación de escritores en los 90 (llamada neorrealista o generación Kronen) iniciada por Ray Loriga (Lo peor de todo, 1992; Héroes, 1993), Roger Wolfe (El índice de Dios, 1993) y José Angel Mañas (Historias del Kronen, 1994; Mensaka, 1995), y que hacen emerger otras propuestas originales como las de Lucía Etxebarría (Beatriz y los cuerpos celestes, 1996, Amor, curiosidad, proxac y dudas, 1997), Care Santos (La muerte de Kurt Cobain, 1997), y un largo etc., en los que hacen tema común la música pop, las discotecas, la cultura callejera, la droga y la marginalidad juvenil.
En 1996 surge la Generación del Crack en México. Su consigna: abandonar la literatura «bananera», escribir para el «lector inteligente» y romper la tendencia del mercado editorial que encumbra «la literatura de papilla-embauca-ingenuos, la novela cínicamente superficial y deshonesta». El Manifiesto del Crack, que les dio su nombre, tuvo fuertes repercusiones en los medios de comunicación y puso en escena a los seis escritores firmantes de la proclama, todos menores de cuarenta años: Jorge Volpi, Ignacio Padilla, Eloy Urroz, Ricardo Chávez, Vicente Herrasti y Pedro Ángel Palou, cuyas primeras obras tuvieron muy pocas críticas y lectores.
La producción del grupo del Crack ha sido abundante, sus dos autores más destacados son Ignacio Padilla y Jorge Volpi, ambos nacidos en Ciudad de México. Para la crítica, el denominador común de los escritores del Crack es el riesgo que toman al experimentar con la forma y el lenguaje en su deseo de renovar la novela y su lucha por cuidar al «lector inteligente», aquél que debe esforzarse en leer lo que se narra. Estos nuevos escritores mexicanos, a los que se suman al menos una veintena de autoras y autores menores de cuarenta años, buscan distanciarse del boom latinoamericano en temática y lenguaje. Sus historias transcurren en el entorno urbano, abordan las tragedias de la postmodernidad, la incomunicación, las drogas, y su lenguaje se nutre con las jergas callejeras, el inglés de su vecino del norte y el spanglish.
Y en la convulsa y ultraviolenta Colombia contemporánea, otra voz juvenil (o ya no tanto), llena de un irónico, desenfrenado, ácido (pero curiosamente tierno) cinismo, que también escoge el rock como leit-motiv para sus reflexiones. Es Efraim Medina Santana (que protege su identidad de sus coterráneos gatilloalegres al no poner nunca su foto en las contraportadas de sus libros), con títulos como Erase una vez el amor pero tuve que matarlo (con música de Sex Pistols y Nirvana) y Técnicas de mastubación entre Batman y Robin, novelas ambas donde el rock casi se convierte en una muy generacional banda sonora de la desesperación y el desengaño.
|