SECUENCIAVerónica Pérez Kónina a) Conocer al Ruso. La casa de Silvia, Led Zeppelin y su mirada, directo a los ojos. Decir cosas, en silencio, como a solas. Es él, el Ruso, y Lis. Hablarse y acompañarla hasta la cuadra y ella, recordar que Silvia llamó varias veces al Ruso cuando se iban.Silvia llegó a la escuela cuando tenía nueve años. Estábamos en cuarto grado, creo. Me contó que su padre estaba en el Combinado,era muy malo, le pegó a la madre hasta prducirle un aborto y ella ingresó por mucho tiempo en el hospital. Silvia vivía con unos parientes.Era delgadita, pómulos de monja. Se parecía a la Madonna de Rafael. Una tarde, sentadas en el parque del Metro, me contó que había ido a ver a una vidente.Una hechicera, me aseguró en su lenguaje estrafalario (siempre supuse que Silvia y la madre provenían de algún lugar desconocido). La mujer era joven, adornada de joyas, y habitaba un castillo encantado que, en el relato de Silvia, figuraba como una casa llena de muebles antiguos y cuadros. El hada, pues no podría dársele otro calificativo, le pronosticó una vida difícil, con muchos sufrimientos. Además, le aseguró mala fortuna en asuntos amorosos y una tragedia que tendría lugar en su juventud.No sé lo que ocurrió en ese momento, pero sentí que todo era cierto, que así mismo sería la vida de Silvia. b) Buscar pretextos para verlo, todos los días. Dar vueltas en rombo, como dentro de una jaula.O sea, faltar a clases, o sea, mentir. Mi madre en el despacho de la directora, lágrimas. ¿Elisabet? No puedo creerlo... Ella siempre tan aplicada... Llegar tarde a casa. Entrar con cuidado, los suspiros en el cuarto grande, sin atreverse a regañar otra vez. Atrasar y adelantar los relojes. Silvia tenía mala fama en el pre. Fue una época cuando no nos entendíamos mucho, aunque seguimos siendo amigas. Ella aparecía en el aula de vez en cuando, siempre pintada y con una mochila vieja al hombro. Le decían la friqui, unos tipos raros la esperaban después de las clases.La presidenta de la FEEM me aconsejó, muy convencida, que no anduviera mucho con Silvia. Es un elemento ajeno a nosotros, desviado, dijo.De todas formas Silvia dejó la escuela y yo seguí no sé ni cómo. Tenía muchas ausencias y luego me quedaba botada en los turnos de química y de álgebra. Terminé el pre con un promedio bajísimo y me quedé sin carrera, como era de esperar.Estar junto al Ruso. Mirarlo, solamente eso. Caminar junto a él. Esperar su llegada.Miedo al gesto brusco. No asustar lo que eran sus ojos. No hablar de nada importante.El Ruso era Robert Plant. Silvia endiosaba a ambos de igual modo. También los posters, que guardaba dentro de una Bohemia vieja.Silvia lo observaba todo. El caminar juntos, el hablar con los ojos. Tampoco decía nada.A través de Silvia me metí en el grupo. Ahora íbamos a fiestas de San Agustín, lejísimo, donde estaban los rockeros viejos. Nunca llegué a encontrarme. Se necesitaba un grado mayor de indiferencia. La música hacía contorsiones de miles de cuerpos en un espacio breve, empujándolos, tirando unos sobre otros. El aire cargado de ruidos, una oleada de calor que volvía todo espeso. No había quien aguantara más de una canción.El Ruso casi no bailaba. Tenía que ser algo así como Escaleras al Cielo, para despegarlo de los bafles. Entonces agarraba cualquier chiquita y la gente se ponía en círculo para verlos.Silvia bailaba muy bien, sobre todo champion. También le metía al underground, el pelo regado al estilo Robert Plant.Primero noté cierto silencio: se cuidaban de mí. Pero el Ruso era una sombra y Silvia tragó en seco muchas veces, me di cuenta.Comprendí también el interés del Yuma y de Ernesto. Éramos ahora dos hembras en el grupo. Los demás que andaban con nosotros no eran fijos, gente del barrio que no tenía donde gastar un sábado.Silvia trató de ponerme una piedra con el Yuma. No me gusta, le dije, tiene más de veinte años y en esta fricandá, me parece raro.No hubo cuadre, pero lo tomé en cuenta. Tampoco me fajé con Silvia. Era mi amiga. El Ruso no decidía nada, tal vez esperaba algo de mí.Eso sí, nunca me gustaron las pastillas. Las veces que las probé, me sentí bastante mal.Un chofer de la 30, socio mío, me vio con el grupo. Andábamos por Buena Vista; Ernesto hablando como un ganso y los demás revolcándonos de la risa.Ten cuidado, me dijo. Yo conozco a esos. Allí hay un tipo de la Seguridad.No me quiso decir el nombre. Ahorita aparece, no cojas lucha – aseguró.Dejar el grupo. No ver más al Ruso. Robert Plant murió. Huir. Silvia reconoció mi gesto. Fuimos más amigas que nunca. Llegó a contarme su relación con el Ruso, quien estuvo con ella un par de veces, y volvería a estar si se le antojaba.Silvia no lo reprochaba. El Ruso era un dios. Ella se limitaba a adorarlo.La madre de Silvia, con su carita de vieja, abuso de pinturas y polvos, me ponía siempre como ejemplo en sus broncas eternas con la hija. No podía entender por qué Silvia dejó el pre. Las griterías constantes y chillidos: -¡Deja eso!- a los hermanos pequeños, de otro padre.Era una casa de locos. Un día la madre se puso a describirme lo saludable que era pasar hambre. Eso limpia el estómago, mantiene un peso normal. Tú también deberías hacerlo, exhortabaa a Silvia, quien engordaba por días –pareces una vaca.De todas maneras la madre lucía vieja. A pesar de los trapos de la Diplo.Buscar a alguien. Entonces, por qué no Abram, su ropaje blanco de sábado, bigotico lisado. Una labia tonta, da lo mismo, el beso en el pasillo y no hallar al Ruso pero olvidar, olvidar.Silvia estuvo perdida por un tiempo. Después me contó que fueron de guerrilla, todo el grupo. Su mamá la había botado de la casa: la cogió apretando con el Yuma. Decidieron entonces el viaje a Pinar, pensado hace mucho tiempo. Tenían dinero solamente para el pasaje y pasaron bastante frío, durmiendo en parques y portales. El hambre los hizo comer sobras y pedir medios para comprar pan.Al Yuma y a Ernesto los metieron presos, al parecer robaron algo, enseguida se descubrió. Fue de madre. Dicen que va haber juicio. A los demás los soltaron.La madre de Silvia se ablandó un poco. Ya no gritaba tanto, pero amenazó con botarla otra vez si salía en estado.El grupo se perdió. Ya no existe. Silvia estaba sola.Ahora íbamos a fiestas de aquí, de Buena Vista. Una pila de cofiqueis, chamaquitos nuevos. Música comercial y disco.Abram nos enseñó a bailar disco y los tres tachábamos el sábado de una fiesta a otra.Yo trataba de no pensar. Fue entonces cuando vi al Ruso. Estaba pelado bajito.Me cogió el verde – dijo.¿A ti? ¿Tú no eras baja?Estoy en una unidad especial – fue la respuesta que me hizo abrir bien los ojos y preguntarle para mayor seguridad: ¿No has visto a nadie del grupo?No, - contestó – a nadie.Estaba sola, esperando la guagua. El Ruso me miraba igual que aquella primera noche.Estoy escribiendo – afirmó.No me atreví a pensarlo. Existía Abram.Llegó la 30. El Ruso me dio un beso en la mejilla, agregando a la habitual forma de despedida “Te quiero y me quedo corto”, un significado especial.Te quiero mucho, - me dijo, para hacerme delirar con sus ojos azules y reprocharme tanto, tanto...
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