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       APUNTES DE LA MIRADA

Pedro Luis Marqués de Armas

 

(Acerca de: La Unidad Paradójica: ensayos sobre las poéticas de Ponce, Girona y Zarza. Carmen Paula Bermúdez, Premio UNEAC de Ensayo 1999. Ediciones UNIÓN, 2000. 130 pp.)

   En breve nota al lector de su libro, Carmen Paula Bermúdez escribe: "no he querido reconstruir grandes mapas sino hacer como el gusanito: escoger un punto y, desde ahí, ir atravesando poco a poco la guayaba"; por otra parte el título de la obra, La Unidad Paradójica, es ya un concepto. Se trata de agrupar fuera de cualquier método estándar opiniones y puntos de vista diversos sobre tres pintores cubanos muy distintos: Fidelio Ponce, Julio Girona y Rafael Zarza.

   Otro crítico de arte habría optado, supongo, por una continuidad de fondo, por cierta "grandeza" ya bajo el rótulo arte-estilo recurrente, ya bajo el emblema pintura-nación. Por suerte, aquí encontramos diferencias; y si asoma alguna unidad es precisamente la unidad paradojal de lo moderno, sostenida en una mirada mínima y atenta a la dinámica de lo ambiguo más que al rango de exclusiones propio de la crítica tradicional.

   Estos ensayos se apartan de la oposición vanguardia/academia, y no se limitan, por otra parte, a lo cubano como medida de todo; muestran, al contrario, el problema de la representación y sus límites, partiendo de los desvíos trazados por cada poética en particular; revelan singularidades del proceso creador al margen de esquemas sociocríticos, culturológicos, etc., tan de moda en la actualidad.

   Ensayos bien escritos, se resuelven entre el dato de rigor y la idea precisa, relecturas de Bajtín, Foucault y Gombrich, por citar algunos, y los riesgos de una experiencia y sensibilidad "privadas". La Unidad Paradójica se reconoce con placer, como comentario más que como análisis; prosa libre de ese estercolero abstruso que caracteriza a la crítica teórica actual, se la lee sin tropiezos, plena de sugerencias y de súbitas afirmaciones en modo alguno impuestas. Por vez primera Ponce es visto en su excelente y contrapastoral modernidad, lejos, así, de los dos graves topoi que más le persiguieran: el de mensajero de cierta pobreza social.

   El juego sacralización/desacralización, así como el uso intencional de modelos extemporáneos, principalmente de la escuela española, condujo a Fidelio no tanto a una oposición respecto a los temas tratados por la vanguardia cubana, como sí a un tratamiento distinto, no menos moderno; a la vez su trazo, cierta pulsión erótico-conceptual y el "vaciamiento" de todo énfasis figurativo muestran su proximidad al abstraccionismo, límite que no traspasó, como se encarga de aclarar la autora. Carmen expone algunas ideas de Lezama, que en un ensayo califica al pintor de romántico; pero alerta sobre la particular ironía en ese rasgo.

   Por su parte Girona es percibido como dibujante viajero, que en el París de la Guerra sostiene un tono todavía risueño, como de último relator de la alegría de vivir. Pintor humanista, americano de vuelta, algo tardío, dibuja aquello que otros ya no pueden ver: el color de la vida, cierta psicografía y otros flujos sociales que el desastre va a interrumpir; aunque, en efecto, esos flujos ya habían sido desplazados por la alegoría expresionista de fin-de-mundo, todo un arte que, como se sabe, ahora el estado alemán calificaba de degenerado. Este contraste entre las búsquedas de Girona y los tiempos que entonces corrían aparece sin duda como otra singular paradoja.

   La Unidad Paradójica concluye con un extenso ensayo sobre Rafael Zarza, versátil artista que renovara el grabado y la pintura cubana de los años sesenta y setenta. Escrito a modo de cronología, este texto registra peripecias de una obra (y de un autor) que se ha movido siempre entre censura y protesta, parodia e irreverencias, fiel testimonio de otro desastre acaso no interrumpido. Contribuye al descongelamiento de este artista, cuya obra no ha recibido de la crítica la atención que merece.

   Carmen Paula estudia la calidad de lo carnavalesco en Zarza, en un espectro que va desde la recepción de la cultura taurina como agenciamiento micropolítico hasta el pop en tanto dispositivo que apunta polémica e irónicamente hacia su entorno. "Un imaginario capaz de dialogar con Goya y cazuelas de palomonte, con reglas mexicanas para torear y antiguos sacrificios, con «las primas» de Zuloaga y las vaquitas rosa amarillas de Warhol superstar".

   Creo que este libro debe ser leído como mismo fue escrito: escogiendo un punto y luego atravesándolo. Es la mejor manera de no perderse en el mapa que traza, mínimo y diverso: tres puntos de fuga que abogan por la diferencia y precisan por tanto de un recorrido tan atento como azaroso.


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